Año: 2017

Feliz cumpleaños, amigo

Feliz cumpleaños, amigo. Coincidimos poco, pero vivimos grandes momentos. Algunas de las mejores noches de mi vida las pasé contigo. Ciertamente que no fueron muchas, pero seguro que suficientes.

El día que te conocí fue en la barrio de Salamanca, de noche, en un bar. Todavía estabas en ese momento. Recuerdo cristalinamente que me dijiste que yo sufría habituales dolores de espalda. Acertaste a medias. Me quedé extrañado, pero también me quedé hipnotizado. Recuerdo que aquella noche no la pasé muy bien. Carlos y tú no me hablabais, os pasasteis la noche cantando, me aburristeis muchísimo, hasta tal punto de sentirme solo. No entré en vuestro juego de vida, no entré en ese mundo especial. Y hoy seguro que lo haría, pero esa noche era demasiado pronto para mí: acababa de conocerte.

La segunda vez que te vi fue en la calle Alcalá, a la salida de un concierto de Enrique Bunbury en Las Ventas. Fui a buscaros a ti y a mi hermano al Rincón de Jaén. Recuerdo que allí hiciste una de las tuyas. Todavía estabas en ese momento.

La tercera vez que te vi fue una de las mejores noches de mi vida. Me sucedieron varias cosas. Lo primero que recuerdo al llegar a Fuenlabrada fue darme cuenta de que eras humano. Recuerdo como si fuera ayer cómo fue verte desde lejos, metido en el coche mientras intentaba aparcar. Eran las fiestas de Fuenlabrada y tuve que irme lejísimos para poder dejar el coche. Y descubrí que eras humano: aquel día te vi por primera vez la barriga que con tanta maestría escondías. Iba a ser una noche muy especial. Ibas a cantar con mi hermano. También estaba por ahí La Frontera, Tennessie y Amistades Peligrosas entre otros. Pero te vetaron, Manolo; no quisieron que cantaras con ellos. Te pagaron por no cantar. Nos dieron toda clase de razones peregrinas y justificaciones estrafalarias. Incluso nos rogaron que te sacáramos de ahí. Estabas bien, pero todavía estabas en ese momento

Así que fuimos a donde estaba mi coche y nos fuimos de Fuenlabrada. Nos echaron, Manolo, nos echaron. Nos invitaron a abandonar Fuenlabrada, como el sheriff a John Rambo cuando volvió de Vietnam, Manolo. Nos fuimos.

Carlos, tú y yo estuvimos cantando en mi coche todo el trayecto desde Fuenlabrada hasta Madrid. Cantamos, Manolo, cantamos juntos. Nos desgallitamos los tres dentro de mi coche mientras llegábamos a Madrid. Aquel momento me enseñó que no hace falta alcohol ni otra substancia para embriagarse. Nos emborrachamos de cantar, Manolo. Y creo que de vivir.

No terminamos ahí de vivir ni de cantar. Canté contigo a Antonio Vega sobre un escenario, ¡maldita sea¡ De nieve, huracán y abismos…

La cuarta vez que te vi tenías sueño. Fue de nuevo en un bar, y tú y yo tuvimos que mediar en una cuasi-pelea entre un hombre pequeñito llamado Tomi y mi hermano. Todavía estabas en ese momento.

La quinta y última vez que te vi era por la tarde. Creo que por aquel entonces ya empezabas a querer cambiar el chip. Si, creo que ya empezabas a rehuir a aquellos que te llevaban a los bares y a la noche. Creo que nos tomamos un café en el centro de la calle Juan Bravo.

Después de eso no volví a verte, Manolo. Escuché mucho de ti; a veces muy poco. La siguiente vez que me acerqué a ti ya no estabas entre nosotros, pero si vivo, completamente vivo. Cuando moriste me hiciste pensar mucho sobre la vida y la muerte. Me hiciste pensar mucho sobre el lugar en el que estarías exactamente. Me alegré al comprobar que no moriste solo, que se te quiso en vida, tras la vida… y que se te reconoció.

Hoy es tu cumpleaños. Todavía vives. Y seguirás viviendo cuando ninguno de nosotros lo haga. Me hubiera gustado mucho haber tenido la oportunidad de haberte conocido más, mejor y durante más tiempo… pero cambiaste tu momento. Apostaste por ti. No pude hacerte ninguna foto, yo tampoco estaba en ese momento.

Aquí hay muchos que te echamos de menos.

¡Feliz cumpleaños, Manolo!

Reportaje: Fiesta en Alcaraz

Cada vez que alguien quiere ir por carretera desde Madrid a Ciudad Real o Albacete, o incluso a Granada o a Almeria, siempre tiene dos opciones: la carretera de Andalucía o la carretera de Valencia usando la variante que se dirige a Alicante y Murcia.

En nuestro anterior viaje a Campo de Criptana hicimos el viaje de ida por la A-4 y el de vuelta por la A-3, sin embargo, en esta ocasión, hicimos tanto la ida como la vuelta por la carretera de Valencia, que es, en cierto modo, nuestra carretera, ya que allí está Rivas.

Avituallamiento en La Roda – ©JMPhotographia

Salimos el mismo viernes del evento a las 12 de la mañana, ya que teníamos que llegar a Alcaraz sobre las 3 de la tarde. El camino fue muy bien, con menos coches de los esperados, -es lo que tiene que fuera puente-, por lo que avanzamos con bastante celeridad. Llevábamos como viandas una empanada de atún, una tortilla de patatas y bebidas. Poco después de las 2 de la tarde hicimos un alto en el camino en La Roda, una localidad que conocemos bien -nocturnamente, pero bien- porque ya hemos tocado allí en una ocasión.

No tardamos mucho en retomar el camino. Precisamente en La Roda dejamos la autopista y tomamos el resto del camino en carreteras convencionales. En Castilla-La Mancha hay carreteras convencionales buenas y otras que están en un estado bastante malo. En la ida tuvimos suerte respecto a esto. Lo cierto es que el paisaje siempre había sido bonito, con una gran multitud de molinos modernos que nos acompañaron en el último tramo de la autovía y en los primeros de la CM-3106.

Molinos en Munera – ©JMPhotographia

Tras dejar Munera atrás y justo en la entrada de El Bonillo una pareja de la Guardia Civil nos dio el alto. En ese momento pasaban por ahí muy poquitos coches, por lo que todos eran detenidos para pedir documentanción y supongo que para ver si podían ser multados por alguna infracción. Los Guardías Civiles nos detuvieron y estuvimos parados unos 20 minutos. Nosotros nos lo tomamos con humor, ya que, a fin de cuentas, estábamos sólo a unos 40 kilómetros de Alcaraz.

Cuando pudimos reemprender la marcha, cruzamos el pueblo y cambiamos a otra carretera que nos llevó a Alcaraz pasando por El Ballestero y Robledo. Llegamos a Alcaraz más o menos una hora más tarde de lo planeado.

Enseguida pude notar la fisonomía del pueblo: cuestas. Muchos que me conocen saben que necesito un GPS para poder salir de un pueblo, ya que muchos son para mí laberintos. Si a esto le añadimos cuestas… lo mejor es no mover el coche y pasear, que es la mejor manera de ver un pueblo, por cierto. Pero, en cuaquier caso, la visita turística sería el día siguiente.

La ermita – ©JMPhotographia

Encontramos el sitio al que nos dirigíamos. No sabría decir si es una ermita con una hospedería al lado o una hospedería con una antigua ermita junto a ella. Sea lo que sea, todo estaba junto y eso es algo muy útil cuando uno va a participar en una fiesta que tiene hora de comienzo pero no de final.

Un pequeño piscolabis para reponer fuerzas y nos pusimos a montar. Yo tuve alguna que otra dificultad debido a mi torpeza, ya que gracias al aceite caliente y a una sartén, era portador de una bonita quemadura y sus consiguientes ampollas -aún las tengo al escribir estas líneas- por lo que también llevaba un guante de teñir el pelo en la mano izquierda. Estrafalario, pero soy yo.

En una ermita el sonido nunca es bueno salvo si se trata de un órgano de 100 tubos y la música es de Bach. El efecto de la reverberación -la palabra significa algo así como “devolver un golpe”, “reflejar los rayos del sol” o “hacer rebotar- es exagerado en esta clase de sitios debido a los altos techos y la multitud de obstáculos como columnas, arcos, etc.

El recital – ©JMPhotographia

Después de que se terminara la comida, -la celebración era un bautizo de una niña-, comenzó el concierto. La gente estaba muy animada, y el inicio del recital coincidió con el momento en el que más se anima la gente en un evento como éste: cuando desaparece la comida y aparecen los combinados. El repertorio funcionó, ya que son canciones muy conocidas y cantadas en el idioma que todos entienden. Con el trascurso de las canciones fueron subiendo a decir unas palabras varias personas.

Después de un pequeño descanso, se reanudó el concierto mientras la gente se iba y venía y los niños jugaban por aquí y por allá. Sabíamos que la tarde iba a ser larga, y así fue.

Tras el concierto se prendió el Karaoke Mágico de David Hurtado, y se prendió con fuerza. El Karaoke es una cosa emocionante y que siempre apetece en un ambiente festivo y despreocupado, además el repertorio en este tema también está muy bien escogido y funciona de maravilla. Así estuvimos sin parar hasta por lo menos las 12 de la noche, hora en la que este fototógrafo que conduce se retiró a dormir.

La Plaza Mayor de Alcaraz – ©JMPhotographia

Mi intención era levantarme pronto y hacer la visita turística de rigor que tanto me gusta hacer cámara en mano. Mi destino eran las cuestas que había visto al llegar, dos torres que destacaban entre todos los demás tejados y unas ruinas que me llamaron bastante la atención. Aquellas ruinas eran restos de un acueducto del siglo XV o XVI, las torres estaban en la Plaza Mayor y las cuestas me hicieron andar como un anciano al bajarlas debido a que estaban mojadas y seguramente heladas. Alcaraz cuenta también con las ruinas de un castillo construido por lo árabes en un cerro que quedaba demasiado alejado y empinado para poder visitarlo.

No pensaba levantarme tan pronto, pero a las 6.30 me desperté y ya no pude conciliar el sueño, así que a las 7.20 de la mañana estaba saliendo por la puerta de la habitación y bajando a ver los restos de la fiesta de la noche anterior. Recogí un poco las partes del equipo que no habían sido recogidas y me dirigí a recorrer el pueblo.

En poco más de una hora regresé a la hospedería y a la habitación. Necesitaba un desayuno y tuve que conformarme con Nescafé y unas tostadas con aceite. Suficiente para mí. Carlos fue el más perezoso de todos y no pudimos emprender el camino de regreso hasta pasadas las 12.45 en medio de una preocupante niebla que, felizmente, desapareció a los pocos kilómetros. En Munera el GPS nos indicó -caprichoso él- otro camino distinto al de ida para volver y nos metimos en una carretera estrecha y en muy mal estado que nos llevó hasta Villarrobledo, donde ya pudimos tener autovía hasta Rivas.

Llegamos a Rivas poco después de las 4 de la tarde, descargamos y nos fuimos a compartir una pizza en Covibar. Después de eso nos separamos. Pronto volveremos a salir a la carretera, aunque, según parece, a destinos más cercanos.

Amaneciendo en Alcaraz – ©JMPhotographia

Un paseo por el centro de Madrid

Me gusta el centro de Madrid, pero no me gusta el tráfico y coincidir con tanta gente. Este martes tuve la oportunidad de bajar al centro -yo vivo en el norte- con mi padre en autobús para hacer unas compras navideñas. Cogimos el 147 en Plaza de Castilla y nos bajamos en Jacometrezo, al final del trayecto, junto a la plaza de Callao.

Calle Preciados – ©JMPhotographia

Callao estaba repleta, no de gente pasando por allí, sino de gente congregada por algún motivo -luego supimos que había un acto de la alcaldesa- frente a los Cines Callao. La plaza de Callao es el Times Square madrileño, no llega a tanto, pero es lo más parecido que tenemos en Madrid a un sitio donde el neón, el led y el capitalismo van de la mano en pro del consumismo.

La calle Preciados nos conduciría a Sol. No estaba operativa la famosa y muy actual unidireccionalidad de la calle, ya que esa controvertida medida se activa únicamente sábados y domingos, según tengo entendido.

Como siempre, en esta calle, a uno le asalta una legión de jovencitos papel y boli en mano para que firmes y dones dinero a alguna causa benéfica. Siempre hay gente merodeando los escaparates y yendo de un lado para otro -repito que no pude experimentar eso de ir todos en la misma dirección, pero a buen seguro que es algo cómodo y satisfactorio-, aglomeraciones en la puerta de El Corte Inglés y gente al fondo, ya en la Puerta del Sol.

Allí teníamos la misión de comprar lotería de Navidad y, como era previsible, nos encontramos con colas en todos los puestos de venta oficiales. Hay que decir que no era algo excesivo, al contrario de lo que habíamos podido ver en Preciados al pasar a la altura de Doña Manolita: una auténtica locura que sólo he visto igual en alguna famosa pizzería de Napoles.

Árbol de Navidad de Sol – ©JMPhotographia

La Puerta del Sol también es un poco Times Square, o eso al menos diría mi hermano Patxi al ver la cada vez mayor cantidad de personas vestidas de superhéroes, de soldados de asalto imperiales de la Guerra de las Galaxias o de personajes de los Simpsons. Tras superar la cola y comprar los décimos de lotería, pusimos rumbo a la calle Mayor, concretamente a una tienda de carteras, cinturones y maletas donde mi padre quería comprar precisamente unas carteras de Protección Civil, especialmente preparadas para el carnet y la placa y todo lo que se necesita.

La tienda se llama Mayorpiel, tiene dos plantas y un personal que te atiende presta y exquisitamente, y perfectamente uniformado. Los productos de cuero de buena calidad son caros, pero merecen la pena. Los productos chinos sólo superan a los buenos productos en el precio de adquisición.

Calle Mayor, calle Esparteros y calle de Postas – ©JMPhotographia

Tras dejar la tienda nos dirigimos a la Plaza Mayor en busca de una tienda de sombreros. Si, mi padre quiere un sombrero para la cabeza, muy original su uso. Cruzamos la calle Mayor y tomamos la calle de Postas hasta llegar a la calle de la Sal, donde se abre uno de los famosos arcos que van a dar a la Plaza Mayor.

La tienda de sombreros se encontraba precisamente en la esquina que estaba más cerca de nuestro punto de entrada a la plaza. La tienda resultó ser carísima, con sombreros que iban desde los 80 hasta los 150 euros -entre los que vi, no descarto que los hubiera otros todavía más caros- y también tenía varios pisos y personal especialmente preparado para el trato con el cliente.

En un principio yo me dirigí cámara en mano a reconocer la plaza y sus famosos puestos navideños. Lo primero que advertí fue que había una abundante presencia policial, algunos de estos policías portaban voluminosas armas de repetición. Este año no vi la decoración de cubos de años anteriores, y no reparé en la instalación de ningún tiovivo, aunque no puedo asegurar que no estuviera allí, ya que mis movimientos por la plaza fueron algo limitados.

Arco de entrada a la Plaza Mayor en la calle de la Sal – ©JMPhotographia

Tras mi pequeño paseo reconocí la tienda de sombreros y no pude encontrar a mi padre en ninguna de las dos plantas que tuve a bien revisar. Salí a la puerta de la tienda y allí me encontré enseguida con él. Evidentemente, con esos precios, llevaría la cabeza despejada, y yo pensé inmediatamente en la nave industrial que tienen los chinos en Rivas, allí habrá algún sombrero de invierno que le guste.

Volvimos a la calle Mayor en busca de tiendas donde vendieran material del ejército o similar, ya que buscábamos una insignia de Protección Civil para una de las carteras afines que habíamos comprado. Tampoco tuvimos éxito en esta tarea, por lo que decidimos dirigirnos de nuevo rumbo a la puerta del Sol para subir por la calle Montera, por si allí pudiéramos encontrar sombreros o insignias.

Fundación Telefónica – ©JMPhotographia

Ni una cosa ni otra. Llegamos a la Gran Vía y nos topamos, como es normal siguiendo esa ruta, con el edificio de la Fundación Telefónica.

Nuestra siguiente parada era exactamente eso: la parada del autobús. Volvimos por Gran Vía hasta Callao y la calle Jacometrezo. Allí nos esperaba el 147. Llegamos, como casi siempre en estos casos, con una premisa: si hay sitios para sentarse lo cogemos; si está lleno nos esperamos al siguiente.

Había sitios.

Y así terminó nuestro breve viaje relámpago por el centro de Madrid. Aquí os dejo alguna foto más que no he podido incluir en el texto. Madrid siempre se disfruta, de una forma o de otra. Por lo menos esta vez ningún travestí me ha ofrecido sus servicios sexuales. Supongo que eso debe ser costumbre más de por la noche.

Edificio Carrión con el famoso neón de Schweppes – ©JMPhotographia
Galería norte de la Plaza Mayor, junto a Casa Yustas, la tienda de sombreros – ©JMPhotographia
Fachada del edificio situado en la esquina de las calle Postas y San Cristobal – ©JMPhotographia
Farola-banco de la Plaza Mayor, trufada de candados siguiendo modas italianas – ©JMPhotographia

El país de la luz

Nunca antes había asistido a un musical. Este pasado sábado cambié eso asistiendo a uno. Fue mi primera experiencia con este género. José María Guzmán nos invito a Carlos y a mí al estreno de un musical llamado “El país de la luz” que se vertebra alrededor de sus canciones.

El pais de la luz

Había quedado en encontrarme con Carlos en Conde de Casal, como hacemos habitualmente, pero una serie de circunstancias me llevó a Rivas-Vaciamadrid, por lo que al final quedamos allí. Después nos dirigimos a Alcobendas y todavía sin bajar del coche ya vimos a mucha gente haciendo cola para entrar a La Esfera. Aparcamos lo más cerca que pudimos y nos dirigimos andando hacia el lugar. Teníamos que recoger unas entradas en taquilla que José María Guzmán nos había dejado.

De entrada nos llevamos una sorpresa: no había butacas, sino un espacio atestado de sillas plegables. Muy juntas, demasiado juntas. Con el paso del tiempo descubriríamos que no eran los asientos más cómodos del mundo, ni mucho menos. Tras unos pequeños problemas para encontrar nuestros sitios correctos nos sentamos y las luces se apagaron.

Músicos tras la pantalla – ©JMPhotographia

Comenzó a sonar la música. Los ejecutantes estaban escondidos detrás de una especie de pantalla traslúcida que dejaba ver sus siluetas. La música era un popurrí de canciones de Guzmán, breves segundos de cada canción que se iban sucediendo uno detrás de otro y que me costaron identificar en su mayoría, pero la música era, claro está, de Guzmán. Eso no se podía dudar.

Y salieron los actores, un chico y una chica, y rompían porque el chico estaba siempre pensando en un antiguo amor que perdió. También perdió a esta otra chica. Toda la historia del musical giraba en torno a este hecho, el protagonista y su obsesión por ese antiguo amor que debe superar con ayuda de su tío y de sus amigos si quiere progresar en su propia vida. Y si, llegó el momento en el que se pusieron a cantar. Primero el amigo del protagonista, luego el protagonista, luego el tío del protagonista.

El protagonista – ©JMPhotographia

Algunas canciones entraban mejor dentro de la historia y quedaban, por tanto, mejor justificadas dentro del hilo conductor de la trama; otras encajaban más duramente. Sonaron canciones como “Perdí mi oportunidad”, “Somos”,  “Hay días”, “Dile al mundo que te trata mal” o “Muévete, diviértete”. Es mi primer musical así que no tengo otros con los que lo pueda comparar. En cuanto a las voces, eran muy mejorables. Supongo que en los musicales priman los actores que cantan sobre los cantantes que actúan y que esto es así salvo en algunas contadas ocasiones. Encontrar el equilibrio a esta cuestión no debe ser nada fácil y seguramente, para un musical, es mejor alguien que sepa actuar bien -aunque su técnica vocal sea muy mejorable-, que alguien que cante estupendamente pero sea rematadamente malo a la hora de actuar.

La primera parte del espectáculo se me hizo amena -al contrario que a Carlos, que se le hizo más pesada que la segunda-, pero tras el descanso lo que siguió, que creo que fue más largo que la primera parte, se me hizo algo más tedioso.

En general, no estuvo mal como primer acercamiento a un género teatral desconocido para mí. Cada vez había más gente en el escenario y las canciones me iban siendo más cercanas y más conocidas. Se dieron momentos intensos y otros más cómicos. También momentos coreográficos más extraños, como cierto baile en el que unas muchachas estaban tiradas literalmente por el suelo y no muy coordinadas. Nada que no sea propio del mundo del espectáculo en directo.

Número de baile colectivo – ©JMPhotographia

Cuando terminó la obra y se presentó el elenco para los consecuentes aplausos, apareció Luis Pérez Lara en representación del Centro Cultural Blas de Otero, que dio las gracias a todos los que habían hecho posible el espectáculo e invitó a subir al escenario a José María Guzman que, subido al escenario, nos dio una lección de como estar en él.

Guzmán cantando “El país de la luz” – ©JMPhotographia

No pudo irse sin cantar la canción que da nombre a la obra, “El país de la luz”, únicamente acompañado por una guitarra. Tras la interpretación, le fue entregado un muy merecido disco de oro y se tomó la foto de familia de rigor.

 

Y Carlos y yo, viendo que nos sería imposible en un período razonable poder saludar a Guzmán y a Elaine antes de irnos, decidimos salir del recinto hacia el coche a través de una noche que cada vez se había hecho más gélida.

Conde de Casal nos esperaba, ahora si, y el autobús 332 que lleva a Rivas-Vaciamadrid.

Así terminó nuestra primera experiencia con el género musical. Quizá todavía no estábamos preparados para acudir a un estreno de postín en la Gran Vía, pero estuvo bien. Fue una buena inversión de tiempo. Y siempre está bien arropar a un amigo como José María Guzmán, un músico que nos resulta especial, cercano, experimientado y un gran compositor del que hay muchas cosas que aprender. No se hacen musicales con las canciones de todo el mundo. Esto es algo especial.

La foto final – ©JMPhotographia

 

Reportaje: Molinos

De nuevo teníamos una salida a la carretera con El Jardín de María. En esta ocasión viajábamos a un lugar conocido, como anticipamos en una anterior publicación: Campo de Criptana. No pudimos llegar antes del anochecer por varias circuntancias, pero si se cambian los planes, por lo menos hay que cambiarlos bien.

Baloncesto – ©JMPhotographia

Antes de salir de Rivas tuve tiempo de dar una vueltecita, así que me puse a hacer lo que hago. Finalmente salimos de Rivas-Vaciamadrid sobre las 17.00 del viernes sabedores de que habría tráfico a la salida de Madrid. Es sorprendente cómo Google sabe estas cosas y uno no, y además uno se empecina en emendar la plana a Google y eso siempre acaba saliendo mal. No siempre, pero casi siempre. El caso es que Google me hacía unas rutas muy raras para salir de Madrid, por carreras secundarias entre Rivas y la A-4: tenía sus razones, obviamente.

Al llegar a la A-4 por la M-50 comprendí enseguida el porqué de esas extrañas rutas. Obviamente, ya era tarde. ¡Atasco! Mil coches -mil se queda muy corto- y cientos de camiones rodando a 15 km/h durante un buen rato. Y nosotros entre Pinto y Valdemoro. Mejoró la carretera un poquito después de esa localidad, aunque no llegamos a viajar a un ritmo adecuado en ningún momento, si hay que decir la verdad.

Cansado de ese ritmo de carretera con bastante tráfico decidí salirme de la autovía y coger carreteras más pequeñas (y tranquilas). Ya era de noche y se nos ocurrió ir a El Toboso a visitar a nuestro amigo Víctor, que sabíamos que estaba allí. Víctor es un tipo curioso, ya que es una de las pocas personas que conozco, si no la única, que no tiene teléfono móvil, así que no podíamos localizarle para decirle que íbamos a verle. Así pues, nuestro plan era plantarnos en su pueblo y preguntar. Allí casi todo el pueblo le tenía que conocer, estábamos seguros: es el hijo del peluquero.

Tras dejar la A-4 justo después de pasar Madridejos, cogimos la CM-400 y pasamos por Camuñas y Villafranca de los Caballeros. Allí nos desviamos y tomamos la CM-3130 dejando a nuestra izquierda las lagunas grande y chica y atravesamos Quero y Miguel Esteban mientras a Carlos y a mí la Naturaleza nos llamaba. En Miguel Esteban la nomenclatura de la carretera cambia y pasa a llamarse CM-3162 y El Toboso está ya a un paso. Me gustan las carreteras secundarias, no sé si se nota; y no sé si me gustan más las carreteras secundarias o conducir de noche.

Llegamos a El Toboso y tras mirar las caras de la gente de dos o tres bares desde fuera nos decidimos por entrar en uno llamado Marjal. Allí respondimos a la llamada de la Naturaleza y repusimos fuerzas con unos pichitos de tortilla. Carlos preguntó y ¡zas! a la primera dimos con un hombre llamado Carre que conocía a Víctor. A partir de ahí empezamos un tour por todo el pueblo buscándole: primero en un bar llamado “La Competencia” (no estaba allí); luego en su casa (tampoco estaba allí); finalmente en la peluquería de su padre (¡BINGO!).

Con Víctor y su padre – ©JMPhotographia

Y allí estaba Víctor, en manos de su padre recortándose el pelo. La peluquería era impresionante. Muy pequeña, eso si, pero todo en ella parecía de otro tiempo, clásico, tradicional, austero, casi espartano; con un encanto que sólo puede decirse “de pueblo”. Su padre lleva cortando y arreglando el pelo desde hace más de 60 años. No se sabe la cantidad de cabezas que habrán pasado por sus manos.

De la peluquería volvimos al Marjal, donde volvimos a hidratarnos y endulzarnos la vida. Y allí Carlos se encontró con otro antiguo amigo, Andrew. Un amigo que, curiosamente, estaba allí la primera vez que aparecimos en el Marjal, pero que Carlos no reconoció y Andrew tampoco a Carlos.

En el bar Marjal – ©JMPhotographia

Tras hacer las fotos de rigor volvimos al coche y a la carretera. Campo de Criptana estaba a sólo 14 kilómetros por la TO-2999, una carretera que pierde su buen asfalto y su nombre al entrar en la provincia de Ciudad Real, que media entre El Toboso y Campo de Criptana. Reducimos la velocidad y continuamos por la CR-1101 hasta llegar a la CM-420 que nos llevó en un par de kilómetros a Campo de Criptana.

Nuestro destino final era el Moet Criptana, en el polígono industrial Pozo Hondo. Y ya nos tocaba trabajar: descargar, montar y probar sonido. Volvíamos a ser músicos.

La experiencia que tienen Carlos y David les ayuda y las pruebas de sonido cada vez son más fáciles y más cortas. Tampoco necesitan más. Un ratito de montaje y trabajo y a cenar y descansar un poco hasta el comienzo de la actuación. Aprovechamos y nos fuimos a cenar -dentro del coche, eso si- a la zona en la que están los molinos de viento. Se puede subir allí con el coche. Hacía frío, era noche muy cerrada y las nubes tapaban cualquier Luna que quisiera asomarse.

La cena y los molinos – ©JMPhotographia

Tras descansar volvimos al Moet y Carlos y David se pusieron a tocar. Y yo a hacer fotos. El local es amplio, tiene un espacio para la barra, otro donde hay sillones con mesitas y otro pequeño sitio que es una especie de semiterraza o terraza techada con lona. El público estuvo mayoritariamente en la barra, cantando, bailado y acompañando con las palmas durante buena parte de la hora y tres cuartos que duró el concierto.

Tras él hubo un breve karaoke a cargo de David Hurtado, que se puso su traje de animador de cotarro por un momento. Su lista de reproducción es la adecuada y por eso siempre funciona.

Eran las 3 de la madrugada cuando tras cargar todo en el coche salimos camino hacia Madrid. Da mucha tranquilidad saber que te vas a enfrentar a la noche y no al tráfico de la autopista. Cambiamos de itinerario, ya que en lugar de regresar por la A-4 lo hicimos por la A-3 a través de Miguel Esteban, Quintanar de la Orden, Villanueva de Alcardete, Villamayor de Santiago, Pozorrubio, Horcajo de Santiago y Fuente de Pedro Naharro, hasta llegar a Tarancón.

La actuación – ©JMPhotographia

Llegamos a casa sobre las 4.45 de la madrugada. Pronto volveremos a las andadas por esas mismas carreteras o parecidas para tocar en Alcaraz, provincia de Albacete.

¡Nos vemos!

Revelado digital: La campana de la paz mundial

Hace dos fines de semana visité Alcobendas, un municipio muy cercano al norte de Madrid y, por tanto, muy cercano a mi casa. Salí con la cámara buscando fotos, sin mucha idea de qué quería conseguir. El único objetivo que me puse fue encontrar La Esfera, el teatro en el que se representará el día 25 de noviembre la obra “El país de la luz”, un musical zurzido con las canciones de José María Guzmán, un grande de la música española con el que hace muy poco estuvimos grabando un videoclip en el Parque Quinta de los Molinos de la calle Alcalá.

Eso resultó bastante fácil, ya que La Esfera está ubicada en una de las rotontas -por desgracia en casi todos las ciudades y pueblos las hay a cientos- situadas al norte del Parque Jardín de la Vega.

Tras pasar por un jardín árabe con fuentes dí con una especie de templo japonés con una campana. No lo había visto nunca ni sabía de su existencia, pero tenía posibilidades. Además había allí un fotógrafo haciendo fotos a una chica, si bien era ésta más bien la que dirigía al muchacho indicándole que quería planos contrapicados.

Al regresar a casa y hacer la investigación pude saber que ese monumento se llama “Campana de la paz mundial” y que es una reproducción de una campana tradicional japonesa que se instaló en la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, como homenaje a las víctimas de las II Guerra Mundial. El monumento original fue fundido con monedas recogidas por niños de más de sesenta países. En Alcobendas han construido la réplica alrededor de una pagoda japonesa con techo de madera de Valsaín y base de piedra de la sierra de Madrid. La pagoda está sobre un pequeño estanque de fondo empedrado y éste, a su vez, rodeado de césped y plantas ornamentales.

Llevaba en la cámara el Yongnuo 35mm, mi última y modesta adquisición, y me resultó de primeras un tanto complicado hallar la composición. El fondo estaba repleto de árboles y contaba además con el obstáculo de la modelo y el fotógrafo. Al final me sentí cómodo con la posición del sol, el fondo y todos los demás elementos, aunque reconozco que pude haber paseado un poco más, pero estaba en plena hora dorada y pensando en fotografíar otras cosas, por lo que no quise perder más tiempo. Siempre se puede volver allí y buscar otras composiciones.

La foto tal como salió de la cámara es esta:

Imagen RAW. Paso 0

Para comenzar el revelado digital con Lightroom tengo la costumbre adquiridada de subir la saturación del canal azul en la pestaña “Calibración de Cámara”. Subir la saturación del canal azul realmente actúa sobre todos los píxeles, sean azules o de otro color. Con esto conseguimos una saturación general en la imagen que a mí particularmente me gusta mucho, aunque a veces termino transformando el color en blanco y negro. En muchas ocasiones subir la saturación del canal azul exige bajar la saturación del color azul, ya que todo lo que es de este color queda demasiado saturado.

Lo siguiente que hago es mirar si el horizonte está recto. En este caso no lo está, por lo que uso la transformación de nivel en la pestaña”Transformación” y seguidamente activo la corrección de perfil y de color. Por último, antes de terminar este primer paso, realizado un enfoque usando la máscara de enfoque al nivel que más o menos me parece que está bien para esta fotografía.

Transformación, corrección de lente y de perfil y enfoque. Paso 1

Iniciamos el siguiente paso con los ajustes básicos que, como su propio nombre indica, son bastante importantes. Por regla general realizo la exposición en la parte con mayor claridad y en este caso fue el cielo y lo hice sobreexponiendo para poder tener más información en las sombras. Ahora, en el procesado, bajo las altas luces, en este caso en particular bajo todas las altas luces. Después subo las sombras 25 puntos y completo los ajustes subiendo muy levemente los blancos y bajando igual de levemente los negros.

Después paso al parámetro de contraste subiéndolo muy moderadamente, sólo 6 puntos, ya que complemento este parámetro con el de claridad, que subo, como casi siempre, 13 puntos. Para terminar subo la intensidad y bajo la saturación la mitad de lo que he subido la intensidad, más o menos.

Ajustes básicos. Paso 2

Tras hacer esto no estoy contento con la integración del objeto con el fondo y pruebo a pasar la fotografía a blanco y negro. Esto es algo que muchas veces hago: probar a pasar la imagen a blanco y negro y ver si me gusta o me podría gustar el futuro resultado. Y si, me agrada en este caso, ya que creo que la pagoda cobra un poco más de protagonismo. Tras ello trabajo en la direccionalidad de la luz usando un filtro degradado rectangular. La luz llegaba por la parte derecha, por lo que uso un filtro con mayor exposición por la derecha y otro filtro con menor exposición por la izquierda.

En este punto me di cuenta de que la luz del cielo era excesiva y la luz de la pagoda y de los árboles circundantes era mejorable, por lo que bajo la exposición general un poco y utilizo un pincel para subir la exposición en todo lo que no es el cielo.

Blanco y negro, direccionalidad de la luz y retoques de exposición. Paso 3

El siguiente paso, que es el penúltimo, es hacer dodge&burn, esto es, realzar el contraste entre luces y sombras de un modo mucho más local, también con un pincel de ajuste. Trabajo la pagoda, los reflejos del agua y los setos y alguna parte de los árboles. Por último, doy un poco de luz al hombre que pasea por ahí y que vemos de espaldas.

Dodge&Burn. Paso 4

El último paso es trabajar la curva de tonos. Como estamos trabajando en blanco y negro me gusta aumentar el contraste. Normalmente uso el contraste medio que ofrece Lightroom y que suele ser muy efectivo.

Curva de tonos. Paso 5. Resultado final

Y voilà, aquí está el revelado digital terminado en sus diferentes pasos:

 

Reportaje: Sin muros ni castillo, pero sigo siendo un señor

Los psicólogos infantiles, en ocasiones, tienen que tratar en los niños la frustración que a veces sienten cuando sus ilusiones se desvanecen delante de sus ojos. Es una parte dura de la infancia, muy formativa, pero dura para un niño. A los adultos nos ocurre lo mismo, pero contamos con la experiencia acumulada año tras año y, ¿por qué no decirlo?, frustración tras frustración.

El pasado jueves conduje a El Jardín de María a Béjar, a un concierto en el Gastrobar Martoni. Resultó ser un sitio acogedor, con buena comida y buena gente, y un refugio para ese frío que surge cuando el sol se va que, por estas fechas, comienza a reinar en nuestros quehaceres.

En un principio mi plan era visitar las murallas de Ávila, y una vez en Béjar, donde haríamos noche, visitar y fotografiar el Palacio Ducal y después tomar una foto de toda la ciudad desde una posición más alta al otro lado de la vieja carretera. Aquí es donde comenza el tema de la frustración con la que hemos iniciado esta publicación: las murallas de lejos, el palacio en la imaginación y la foto desde las alturas en el limbo. Por supuesto, de dormir alli nada de nada.

Son cosas que pasan cuando pasan. No siempre podemos cumplir nuestros planes al 100 por 100, y a veces ni siquiera podemos empezar a cumplirlos. Cosas de la vida: la frustración forma parte del tinglado.

Nuestro viaje comenzó a eso de las 15 horas en nuestra base de Rivas-Vaciamadrid. El plan era llegar a Béjar pasando por el Puerto de la Cruz Verde, -un lugar que tenemos ya bastante conocido-, evitando peajes y autopistas, si. La duración estimada era de unas 3 horas de ida y otras tantas de vuelta. El sol nos acompañó frontalmente buena parte del viaje, hasta que comenzó a bajar y las montañas fueron aliadas y hasta que luego, final y felizmente, desapareció.

El río Cofio desde el puente sobre la M-505 – ©JMPhotographia

Realizamos una primera parada en un puente que hay en la M-505 cerca de la frontera entre las provincias de Madrid y Ávila. El panorama no era tan impresionante como me había imaginado en pasos anteriores por aquel lugar, pero no pude aguantarme y tomé alguna que otra foto.

Proseguimos viaje y no mucho después pasamos por Navalperal de Pinares, ya en Ávila, localidad que ya conocemos y en la que hemos tocado un par de veces, en el Asador Galán, buena gente. Ya se iba haciendo de noche y las fotos al pie de las murallas medievales de Ávila se hacían imposibles: el contraluz dejaba poco a la visión y ningún flash llega tan lejos como para iluminar unas murallas tan imponentes. Ni pensé por un segundo acercarnos al punto que tenía designado, por lo que proceguimos carretera adelante hasta llegar a Béjar a las 19.30 h. en punto.

Hacía un puntito de frío cuando Carlos descubrió que su chaqueta no estaba en el coche. Enseguida determinamos, -era lo mejor-, que se había dejado la chaqueta en casa, sobre la cama (al final así fue), y pasamos a la prueba de sonido. Por suerte el coche lo pude aparcar en la puerta, en un sitio de carga y descarga que quedaba libre de multa a las 20 h.

Probando el sonido – ©JMPhotographia

El concierto comenzó sobre las 21 h. El Gastrobar Martoni estaba atestado, costaba ir al servicio, costaba pedir copas o un pincho de tortilla. Los allí congregados eran gente que rondaba los 50 o incluso más en su mayoría. Algún joven entró y se quedó junto a la puerta y al escenario mientras tomaba una cerveza y algún aperitivo. El concierto fue muy bien, la gente cantó, se divirtió y grabó videos para el recuerdo.

El Jardín de María – ©JMPhotographia

Tras el concierto nos prepararon una cena carnívora que nos supo de maravilla y poco más quedaba por vivir de aquella noche. Faltaban diez minutos para la medianoche cuando emprendimos camino nocturno hacia Madrid. Tres horas de carretera y noche. Por suerte, a mí me encanta conducir de noche, sin tráfico, sin camiones, sin gente que no circula a mi ritmo.

Cenando – ©JMPhotographia

En una paradita para hacer nuestras necesidades descubrimos un cielo estrellado que se presentaba magnífico. Era digno de ser inmortalizado, pero a veces no se puede lo que uno quiere (¿verdad?), así que tras presenciar una curiosa imagen con Carlos gritándole a los perros que labraban en una de las fincas de las inmediaciones, volvimos al coche y a la carretera. Y a la soledad, porque por fortuna el que no se duerme es el que conduce.

Llegamos a Rivas sobre las 3 de la madrugada, 12 horas después de haber salido de nuestra base. Otro día más superado. Pronto volveremos a viajar, concretamente a Campo de Criptana, donde ya hemos estado, ¿podré hacer alguna fotillo de los molinos que allí Don Quijote imaginó como amenazantes gigantes?

El Jardín de María en Campo de Criptana (21 de octubre de 2016) – ©JMPhotographia

JMPhotographia.es

Comienzo la aventura de una página web y de un negocio de fotografía, y con esto mismo que escribo comienzo también otra aventura que se llama blog y que pretendo llevar con constancia y entuisiasmo.

Estoy un poco hastiado del mercado laboral, del mundo de las ofertas de trabajo, de los sueldos precarios, de los jefes, de los horarios y de todo lo que estoy haciendo en general. Todo esto, en conjunto y sumado, me ha empujado a intentar una nueva empresa, ser mi propio jefe y dar un servicio de fotografía a los demás. Os presento JMPhotographia.es.

Logo de JMPhotographia

¿Por qué JMPhotographia? Por varios motivos. No vamos a engañarnos ni dulcificar la situación.

El primer motivo para iniciar esta aventura es el dinero que no tengo y que quiero poco a poco ir teniendo.

En segundo lugar, ocupando un sitio muy importante, porque quiero probarme a mí mismo alguna que otra cosa que no puedo probarme quedándome como estaba hasta ahora.

En tercer lugar porque me apetece, porque quiero salir de cierta zona de confort y adentrarme en lugares desconocidos que pueden producir un poco de miedo al principio.

En cuarto lugar porque necesito un medio de expresion para mis inquietudes. No olvidemos que la fotografía nunca ha sido sólo algo técnico, sino un arte que puede representar fielmente la realidad, calcándola; o distorsionándola un poco sin dejar de plasmar su misma esencia.

En cuanto al nombre, no me gusta poner las cosas en inglés estando en España, -me parece una falta de respeto a la gente que convive conmigo y habla mi mismo idioma; y si, en el fondo algo muy snob-, y JMFotografía ya estaba asignado, así que no dudé ni un instante en usar la palabra “photographia”, en latín, ya que el latín me sigue representando vitalmente dados mis estudios y la que todavia realmente o oficialmente es mi profesión: la filología.

Así pues he decidido usar el nombre de JMPhotographia, usando esta palabra en latín, que procede de dos palabras griegas que ningún hablante del griego antiguo ni del latín de la Antigüedad usaron jamás, paradójicamente, ya que -aún existiendo la luz y la escritura- ninguno de ellos pudo disfrutar de esta maravilla de la técnica que es la cámara fotográfica ni de esta maravilla de la humanidad que es la fotografía.

JMPhotographia.es

En mi logo está lo que yo he llegado a llamar el “signum“, -otra vez el latín- y que encontré cuasi involuntariamente en el tipo de letra Wingdings que está en todos los ordenadores, -o por lo menos en todos los ordenadores con Windows-, del mundo, concretamente en la letra V. A partir de ese diseño de cuatro cuadrados colocados en forma de rombos encontré el signum tiñendo las formas con los colores primarios RGB (rojo, verde, azul, por sus iniciales en inglés) a los que sumé, en el rombo superior, el blanco y el negro.

En estas entradas de blog, con una periodicidad al menos semanal, iré publicando cosas interesantes que encuentre allí y allá, sobre fotografía, pero también sobre cualquier otro tema de interés o de actualidad.

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