Mes: diciembre 2017

Feliz cumpleaños, amigo

Feliz cumpleaños, amigo. Coincidimos poco, pero vivimos grandes momentos. Algunas de las mejores noches de mi vida las pasé contigo. Ciertamente que no fueron muchas, pero seguro que suficientes.

El día que te conocí fue en la barrio de Salamanca, de noche, en un bar. Todavía estabas en ese momento. Recuerdo cristalinamente que me dijiste que yo sufría habituales dolores de espalda. Acertaste a medias. Me quedé extrañado, pero también me quedé hipnotizado. Recuerdo que aquella noche no la pasé muy bien. Carlos y tú no me hablabais, os pasasteis la noche cantando, me aburristeis muchísimo, hasta tal punto de sentirme solo. No entré en vuestro juego de vida, no entré en ese mundo especial. Y hoy seguro que lo haría, pero esa noche era demasiado pronto para mí: acababa de conocerte.

La segunda vez que te vi fue en la calle Alcalá, a la salida de un concierto de Enrique Bunbury en Las Ventas. Fui a buscaros a ti y a mi hermano al Rincón de Jaén. Recuerdo que allí hiciste una de las tuyas. Todavía estabas en ese momento.

La tercera vez que te vi fue una de las mejores noches de mi vida. Me sucedieron varias cosas. Lo primero que recuerdo al llegar a Fuenlabrada fue darme cuenta de que eras humano. Recuerdo como si fuera ayer cómo fue verte desde lejos, metido en el coche mientras intentaba aparcar. Eran las fiestas de Fuenlabrada y tuve que irme lejísimos para poder dejar el coche. Y descubrí que eras humano: aquel día te vi por primera vez la barriga que con tanta maestría escondías. Iba a ser una noche muy especial. Ibas a cantar con mi hermano. También estaba por ahí La Frontera, Tennessie y Amistades Peligrosas entre otros. Pero te vetaron, Manolo; no quisieron que cantaras con ellos. Te pagaron por no cantar. Nos dieron toda clase de razones peregrinas y justificaciones estrafalarias. Incluso nos rogaron que te sacáramos de ahí. Estabas bien, pero todavía estabas en ese momento

Así que fuimos a donde estaba mi coche y nos fuimos de Fuenlabrada. Nos echaron, Manolo, nos echaron. Nos invitaron a abandonar Fuenlabrada, como el sheriff a John Rambo cuando volvió de Vietnam, Manolo. Nos fuimos.

Carlos, tú y yo estuvimos cantando en mi coche todo el trayecto desde Fuenlabrada hasta Madrid. Cantamos, Manolo, cantamos juntos. Nos desgallitamos los tres dentro de mi coche mientras llegábamos a Madrid. Aquel momento me enseñó que no hace falta alcohol ni otra substancia para embriagarse. Nos emborrachamos de cantar, Manolo. Y creo que de vivir.

No terminamos ahí de vivir ni de cantar. Canté contigo a Antonio Vega sobre un escenario, ¡maldita sea¡ De nieve, huracán y abismos…

La cuarta vez que te vi tenías sueño. Fue de nuevo en un bar, y tú y yo tuvimos que mediar en una cuasi-pelea entre un hombre pequeñito llamado Tomi y mi hermano. Todavía estabas en ese momento.

La quinta y última vez que te vi era por la tarde. Creo que por aquel entonces ya empezabas a querer cambiar el chip. Si, creo que ya empezabas a rehuir a aquellos que te llevaban a los bares y a la noche. Creo que nos tomamos un café en el centro de la calle Juan Bravo.

Después de eso no volví a verte, Manolo. Escuché mucho de ti; a veces muy poco. La siguiente vez que me acerqué a ti ya no estabas entre nosotros, pero si vivo, completamente vivo. Cuando moriste me hiciste pensar mucho sobre la vida y la muerte. Me hiciste pensar mucho sobre el lugar en el que estarías exactamente. Me alegré al comprobar que no moriste solo, que se te quiso en vida, tras la vida… y que se te reconoció.

Hoy es tu cumpleaños. Todavía vives. Y seguirás viviendo cuando ninguno de nosotros lo haga. Me hubiera gustado mucho haber tenido la oportunidad de haberte conocido más, mejor y durante más tiempo… pero cambiaste tu momento. Apostaste por ti. No pude hacerte ninguna foto, yo tampoco estaba en ese momento.

Aquí hay muchos que te echamos de menos.

¡Feliz cumpleaños, Manolo!

Reportaje: Fiesta en Alcaraz

Cada vez que alguien quiere ir por carretera desde Madrid a Ciudad Real o Albacete, o incluso a Granada o a Almeria, siempre tiene dos opciones: la carretera de Andalucía o la carretera de Valencia usando la variante que se dirige a Alicante y Murcia.

En nuestro anterior viaje a Campo de Criptana hicimos el viaje de ida por la A-4 y el de vuelta por la A-3, sin embargo, en esta ocasión, hicimos tanto la ida como la vuelta por la carretera de Valencia, que es, en cierto modo, nuestra carretera, ya que allí está Rivas.

Avituallamiento en La Roda – ©JMPhotographia

Salimos el mismo viernes del evento a las 12 de la mañana, ya que teníamos que llegar a Alcaraz sobre las 3 de la tarde. El camino fue muy bien, con menos coches de los esperados, -es lo que tiene que fuera puente-, por lo que avanzamos con bastante celeridad. Llevábamos como viandas una empanada de atún, una tortilla de patatas y bebidas. Poco después de las 2 de la tarde hicimos un alto en el camino en La Roda, una localidad que conocemos bien -nocturnamente, pero bien- porque ya hemos tocado allí en una ocasión.

No tardamos mucho en retomar el camino. Precisamente en La Roda dejamos la autopista y tomamos el resto del camino en carreteras convencionales. En Castilla-La Mancha hay carreteras convencionales buenas y otras que están en un estado bastante malo. En la ida tuvimos suerte respecto a esto. Lo cierto es que el paisaje siempre había sido bonito, con una gran multitud de molinos modernos que nos acompañaron en el último tramo de la autovía y en los primeros de la CM-3106.

Molinos en Munera – ©JMPhotographia

Tras dejar Munera atrás y justo en la entrada de El Bonillo una pareja de la Guardia Civil nos dio el alto. En ese momento pasaban por ahí muy poquitos coches, por lo que todos eran detenidos para pedir documentanción y supongo que para ver si podían ser multados por alguna infracción. Los Guardías Civiles nos detuvieron y estuvimos parados unos 20 minutos. Nosotros nos lo tomamos con humor, ya que, a fin de cuentas, estábamos sólo a unos 40 kilómetros de Alcaraz.

Cuando pudimos reemprender la marcha, cruzamos el pueblo y cambiamos a otra carretera que nos llevó a Alcaraz pasando por El Ballestero y Robledo. Llegamos a Alcaraz más o menos una hora más tarde de lo planeado.

Enseguida pude notar la fisonomía del pueblo: cuestas. Muchos que me conocen saben que necesito un GPS para poder salir de un pueblo, ya que muchos son para mí laberintos. Si a esto le añadimos cuestas… lo mejor es no mover el coche y pasear, que es la mejor manera de ver un pueblo, por cierto. Pero, en cuaquier caso, la visita turística sería el día siguiente.

La ermita – ©JMPhotographia

Encontramos el sitio al que nos dirigíamos. No sabría decir si es una ermita con una hospedería al lado o una hospedería con una antigua ermita junto a ella. Sea lo que sea, todo estaba junto y eso es algo muy útil cuando uno va a participar en una fiesta que tiene hora de comienzo pero no de final.

Un pequeño piscolabis para reponer fuerzas y nos pusimos a montar. Yo tuve alguna que otra dificultad debido a mi torpeza, ya que gracias al aceite caliente y a una sartén, era portador de una bonita quemadura y sus consiguientes ampollas -aún las tengo al escribir estas líneas- por lo que también llevaba un guante de teñir el pelo en la mano izquierda. Estrafalario, pero soy yo.

En una ermita el sonido nunca es bueno salvo si se trata de un órgano de 100 tubos y la música es de Bach. El efecto de la reverberación -la palabra significa algo así como “devolver un golpe”, “reflejar los rayos del sol” o “hacer rebotar- es exagerado en esta clase de sitios debido a los altos techos y la multitud de obstáculos como columnas, arcos, etc.

El recital – ©JMPhotographia

Después de que se terminara la comida, -la celebración era un bautizo de una niña-, comenzó el concierto. La gente estaba muy animada, y el inicio del recital coincidió con el momento en el que más se anima la gente en un evento como éste: cuando desaparece la comida y aparecen los combinados. El repertorio funcionó, ya que son canciones muy conocidas y cantadas en el idioma que todos entienden. Con el trascurso de las canciones fueron subiendo a decir unas palabras varias personas.

Después de un pequeño descanso, se reanudó el concierto mientras la gente se iba y venía y los niños jugaban por aquí y por allá. Sabíamos que la tarde iba a ser larga, y así fue.

Tras el concierto se prendió el Karaoke Mágico de David Hurtado, y se prendió con fuerza. El Karaoke es una cosa emocionante y que siempre apetece en un ambiente festivo y despreocupado, además el repertorio en este tema también está muy bien escogido y funciona de maravilla. Así estuvimos sin parar hasta por lo menos las 12 de la noche, hora en la que este fototógrafo que conduce se retiró a dormir.

La Plaza Mayor de Alcaraz – ©JMPhotographia

Mi intención era levantarme pronto y hacer la visita turística de rigor que tanto me gusta hacer cámara en mano. Mi destino eran las cuestas que había visto al llegar, dos torres que destacaban entre todos los demás tejados y unas ruinas que me llamaron bastante la atención. Aquellas ruinas eran restos de un acueducto del siglo XV o XVI, las torres estaban en la Plaza Mayor y las cuestas me hicieron andar como un anciano al bajarlas debido a que estaban mojadas y seguramente heladas. Alcaraz cuenta también con las ruinas de un castillo construido por lo árabes en un cerro que quedaba demasiado alejado y empinado para poder visitarlo.

No pensaba levantarme tan pronto, pero a las 6.30 me desperté y ya no pude conciliar el sueño, así que a las 7.20 de la mañana estaba saliendo por la puerta de la habitación y bajando a ver los restos de la fiesta de la noche anterior. Recogí un poco las partes del equipo que no habían sido recogidas y me dirigí a recorrer el pueblo.

En poco más de una hora regresé a la hospedería y a la habitación. Necesitaba un desayuno y tuve que conformarme con Nescafé y unas tostadas con aceite. Suficiente para mí. Carlos fue el más perezoso de todos y no pudimos emprender el camino de regreso hasta pasadas las 12.45 en medio de una preocupante niebla que, felizmente, desapareció a los pocos kilómetros. En Munera el GPS nos indicó -caprichoso él- otro camino distinto al de ida para volver y nos metimos en una carretera estrecha y en muy mal estado que nos llevó hasta Villarrobledo, donde ya pudimos tener autovía hasta Rivas.

Llegamos a Rivas poco después de las 4 de la tarde, descargamos y nos fuimos a compartir una pizza en Covibar. Después de eso nos separamos. Pronto volveremos a salir a la carretera, aunque, según parece, a destinos más cercanos.

Amaneciendo en Alcaraz – ©JMPhotographia

Un paseo por el centro de Madrid

Me gusta el centro de Madrid, pero no me gusta el tráfico y coincidir con tanta gente. Este martes tuve la oportunidad de bajar al centro -yo vivo en el norte- con mi padre en autobús para hacer unas compras navideñas. Cogimos el 147 en Plaza de Castilla y nos bajamos en Jacometrezo, al final del trayecto, junto a la plaza de Callao.

Calle Preciados – ©JMPhotographia

Callao estaba repleta, no de gente pasando por allí, sino de gente congregada por algún motivo -luego supimos que había un acto de la alcaldesa- frente a los Cines Callao. La plaza de Callao es el Times Square madrileño, no llega a tanto, pero es lo más parecido que tenemos en Madrid a un sitio donde el neón, el led y el capitalismo van de la mano en pro del consumismo.

La calle Preciados nos conduciría a Sol. No estaba operativa la famosa y muy actual unidireccionalidad de la calle, ya que esa controvertida medida se activa únicamente sábados y domingos, según tengo entendido.

Como siempre, en esta calle, a uno le asalta una legión de jovencitos papel y boli en mano para que firmes y dones dinero a alguna causa benéfica. Siempre hay gente merodeando los escaparates y yendo de un lado para otro -repito que no pude experimentar eso de ir todos en la misma dirección, pero a buen seguro que es algo cómodo y satisfactorio-, aglomeraciones en la puerta de El Corte Inglés y gente al fondo, ya en la Puerta del Sol.

Allí teníamos la misión de comprar lotería de Navidad y, como era previsible, nos encontramos con colas en todos los puestos de venta oficiales. Hay que decir que no era algo excesivo, al contrario de lo que habíamos podido ver en Preciados al pasar a la altura de Doña Manolita: una auténtica locura que sólo he visto igual en alguna famosa pizzería de Napoles.

Árbol de Navidad de Sol – ©JMPhotographia

La Puerta del Sol también es un poco Times Square, o eso al menos diría mi hermano Patxi al ver la cada vez mayor cantidad de personas vestidas de superhéroes, de soldados de asalto imperiales de la Guerra de las Galaxias o de personajes de los Simpsons. Tras superar la cola y comprar los décimos de lotería, pusimos rumbo a la calle Mayor, concretamente a una tienda de carteras, cinturones y maletas donde mi padre quería comprar precisamente unas carteras de Protección Civil, especialmente preparadas para el carnet y la placa y todo lo que se necesita.

La tienda se llama Mayorpiel, tiene dos plantas y un personal que te atiende presta y exquisitamente, y perfectamente uniformado. Los productos de cuero de buena calidad son caros, pero merecen la pena. Los productos chinos sólo superan a los buenos productos en el precio de adquisición.

Calle Mayor, calle Esparteros y calle de Postas – ©JMPhotographia

Tras dejar la tienda nos dirigimos a la Plaza Mayor en busca de una tienda de sombreros. Si, mi padre quiere un sombrero para la cabeza, muy original su uso. Cruzamos la calle Mayor y tomamos la calle de Postas hasta llegar a la calle de la Sal, donde se abre uno de los famosos arcos que van a dar a la Plaza Mayor.

La tienda de sombreros se encontraba precisamente en la esquina que estaba más cerca de nuestro punto de entrada a la plaza. La tienda resultó ser carísima, con sombreros que iban desde los 80 hasta los 150 euros -entre los que vi, no descarto que los hubiera otros todavía más caros- y también tenía varios pisos y personal especialmente preparado para el trato con el cliente.

En un principio yo me dirigí cámara en mano a reconocer la plaza y sus famosos puestos navideños. Lo primero que advertí fue que había una abundante presencia policial, algunos de estos policías portaban voluminosas armas de repetición. Este año no vi la decoración de cubos de años anteriores, y no reparé en la instalación de ningún tiovivo, aunque no puedo asegurar que no estuviera allí, ya que mis movimientos por la plaza fueron algo limitados.

Arco de entrada a la Plaza Mayor en la calle de la Sal – ©JMPhotographia

Tras mi pequeño paseo reconocí la tienda de sombreros y no pude encontrar a mi padre en ninguna de las dos plantas que tuve a bien revisar. Salí a la puerta de la tienda y allí me encontré enseguida con él. Evidentemente, con esos precios, llevaría la cabeza despejada, y yo pensé inmediatamente en la nave industrial que tienen los chinos en Rivas, allí habrá algún sombrero de invierno que le guste.

Volvimos a la calle Mayor en busca de tiendas donde vendieran material del ejército o similar, ya que buscábamos una insignia de Protección Civil para una de las carteras afines que habíamos comprado. Tampoco tuvimos éxito en esta tarea, por lo que decidimos dirigirnos de nuevo rumbo a la puerta del Sol para subir por la calle Montera, por si allí pudiéramos encontrar sombreros o insignias.

Fundación Telefónica – ©JMPhotographia

Ni una cosa ni otra. Llegamos a la Gran Vía y nos topamos, como es normal siguiendo esa ruta, con el edificio de la Fundación Telefónica.

Nuestra siguiente parada era exactamente eso: la parada del autobús. Volvimos por Gran Vía hasta Callao y la calle Jacometrezo. Allí nos esperaba el 147. Llegamos, como casi siempre en estos casos, con una premisa: si hay sitios para sentarse lo cogemos; si está lleno nos esperamos al siguiente.

Había sitios.

Y así terminó nuestro breve viaje relámpago por el centro de Madrid. Aquí os dejo alguna foto más que no he podido incluir en el texto. Madrid siempre se disfruta, de una forma o de otra. Por lo menos esta vez ningún travestí me ha ofrecido sus servicios sexuales. Supongo que eso debe ser costumbre más de por la noche.

Edificio Carrión con el famoso neón de Schweppes – ©JMPhotographia
Galería norte de la Plaza Mayor, junto a Casa Yustas, la tienda de sombreros – ©JMPhotographia
Fachada del edificio situado en la esquina de las calle Postas y San Cristobal – ©JMPhotographia
Farola-banco de la Plaza Mayor, trufada de candados siguiendo modas italianas – ©JMPhotographia

El país de la luz

Nunca antes había asistido a un musical. Este pasado sábado cambié eso asistiendo a uno. Fue mi primera experiencia con este género. José María Guzmán nos invito a Carlos y a mí al estreno de un musical llamado “El país de la luz” que se vertebra alrededor de sus canciones.

El pais de la luz

Había quedado en encontrarme con Carlos en Conde de Casal, como hacemos habitualmente, pero una serie de circunstancias me llevó a Rivas-Vaciamadrid, por lo que al final quedamos allí. Después nos dirigimos a Alcobendas y todavía sin bajar del coche ya vimos a mucha gente haciendo cola para entrar a La Esfera. Aparcamos lo más cerca que pudimos y nos dirigimos andando hacia el lugar. Teníamos que recoger unas entradas en taquilla que José María Guzmán nos había dejado.

De entrada nos llevamos una sorpresa: no había butacas, sino un espacio atestado de sillas plegables. Muy juntas, demasiado juntas. Con el paso del tiempo descubriríamos que no eran los asientos más cómodos del mundo, ni mucho menos. Tras unos pequeños problemas para encontrar nuestros sitios correctos nos sentamos y las luces se apagaron.

Músicos tras la pantalla – ©JMPhotographia

Comenzó a sonar la música. Los ejecutantes estaban escondidos detrás de una especie de pantalla traslúcida que dejaba ver sus siluetas. La música era un popurrí de canciones de Guzmán, breves segundos de cada canción que se iban sucediendo uno detrás de otro y que me costaron identificar en su mayoría, pero la música era, claro está, de Guzmán. Eso no se podía dudar.

Y salieron los actores, un chico y una chica, y rompían porque el chico estaba siempre pensando en un antiguo amor que perdió. También perdió a esta otra chica. Toda la historia del musical giraba en torno a este hecho, el protagonista y su obsesión por ese antiguo amor que debe superar con ayuda de su tío y de sus amigos si quiere progresar en su propia vida. Y si, llegó el momento en el que se pusieron a cantar. Primero el amigo del protagonista, luego el protagonista, luego el tío del protagonista.

El protagonista – ©JMPhotographia

Algunas canciones entraban mejor dentro de la historia y quedaban, por tanto, mejor justificadas dentro del hilo conductor de la trama; otras encajaban más duramente. Sonaron canciones como “Perdí mi oportunidad”, “Somos”,  “Hay días”, “Dile al mundo que te trata mal” o “Muévete, diviértete”. Es mi primer musical así que no tengo otros con los que lo pueda comparar. En cuanto a las voces, eran muy mejorables. Supongo que en los musicales priman los actores que cantan sobre los cantantes que actúan y que esto es así salvo en algunas contadas ocasiones. Encontrar el equilibrio a esta cuestión no debe ser nada fácil y seguramente, para un musical, es mejor alguien que sepa actuar bien -aunque su técnica vocal sea muy mejorable-, que alguien que cante estupendamente pero sea rematadamente malo a la hora de actuar.

La primera parte del espectáculo se me hizo amena -al contrario que a Carlos, que se le hizo más pesada que la segunda-, pero tras el descanso lo que siguió, que creo que fue más largo que la primera parte, se me hizo algo más tedioso.

En general, no estuvo mal como primer acercamiento a un género teatral desconocido para mí. Cada vez había más gente en el escenario y las canciones me iban siendo más cercanas y más conocidas. Se dieron momentos intensos y otros más cómicos. También momentos coreográficos más extraños, como cierto baile en el que unas muchachas estaban tiradas literalmente por el suelo y no muy coordinadas. Nada que no sea propio del mundo del espectáculo en directo.

Número de baile colectivo – ©JMPhotographia

Cuando terminó la obra y se presentó el elenco para los consecuentes aplausos, apareció Luis Pérez Lara en representación del Centro Cultural Blas de Otero, que dio las gracias a todos los que habían hecho posible el espectáculo e invitó a subir al escenario a José María Guzman que, subido al escenario, nos dio una lección de como estar en él.

Guzmán cantando “El país de la luz” – ©JMPhotographia

No pudo irse sin cantar la canción que da nombre a la obra, “El país de la luz”, únicamente acompañado por una guitarra. Tras la interpretación, le fue entregado un muy merecido disco de oro y se tomó la foto de familia de rigor.

 

Y Carlos y yo, viendo que nos sería imposible en un período razonable poder saludar a Guzmán y a Elaine antes de irnos, decidimos salir del recinto hacia el coche a través de una noche que cada vez se había hecho más gélida.

Conde de Casal nos esperaba, ahora si, y el autobús 332 que lleva a Rivas-Vaciamadrid.

Así terminó nuestra primera experiencia con el género musical. Quizá todavía no estábamos preparados para acudir a un estreno de postín en la Gran Vía, pero estuvo bien. Fue una buena inversión de tiempo. Y siempre está bien arropar a un amigo como José María Guzmán, un músico que nos resulta especial, cercano, experimientado y un gran compositor del que hay muchas cosas que aprender. No se hacen musicales con las canciones de todo el mundo. Esto es algo especial.

La foto final – ©JMPhotographia