Mes: febrero 2018

[Cap. 6] Conociendo mi ciudad: Barrio de Cortes (Centro) 1ª parte

El barrio de Embajadores ha sido impresionante, pero no me voy a parar aquí, ni mucho menos. Vamos a seguir con el tercer barrio del distrito de Centro: el barrio de Cortes, donde vamos a encontrarnos de todo.

El barrio de Cortes está delimitado por las calles de Alcalá y Gran Vía por el norte, por las calles de Sevilla y de la Cruz por el oeste, por el Paseo del Prado por el oeste y por la calle de Atocha por el sur. Está habitado por un poco más de 10 mil personas. Recibe su nombre del hecho de que alberga dentro de sí el Congreso de los Diputados o Cámara Baja, si bien, también suele recibir el nombre popular de Huertas debido a la importancia de la calle de las Huertas, que a su vez recibe su denominación de las antiguas huertas que en el siglo XVII se encontraban junto al actual Paseo del Prado.

Fachada del Teatro Monumental – ©JMPhotographia

El recorrido comenzó en la Estación de Chamartín. Desde allí me desplacé, gracias a la Linea 1 de Metro, a la estación de Antón Martín, donde empieza el recorrido nada más salir de la boca de metro con el Teatro Monumental.

El Teatro Monumental de Madrid, -así es su nombre completo-, es uno de los más notables emblemas del llamado “Racionalismo madrileño”. Se abrió como cine en 1923. Tenía tres pisos y capacidad para 4.200 butacas, quizá de ahí su nombre. Fue diseñado por Teodoro Anasagasti con la idea de hacer un diseño ambivalente de cine y de teatro. Es la sede de la Orquesta de RTVE desde 1970 y actualmente está cerrado por reformas, hecho que ha obligado a la orquesta a trasladar su sede de forma temporal a la localidad madrileña de San Lorenzo de El Escorial.

Tomando la calle del León en dirección norte y justo antes de la intersección con la calle de las Huertas se levanta el edificio de la Real Academia de Historia. Esta institución se encarga del estudio de la historia de España abarcada desde múltiples puntos de vista: política, militar, científica y artística, etc. Sus origenes se remontan al año de 1735 en forma de reuniones de amigos eruditos en la casa de Julián Hermosilla. Posteriormente estos amigos pidieron el auspicio y la protección del rey Felipe V, que se la dio, fundando oficialmente la Real Academia de Historia tres años después. La sede de esta institución ha estado en la Real Biblioteca del Palacio Real, en la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor y finalmente en esta sede de la calle del León, antigua posesión de monjes jerónimos del Monasterio de El Escorial que fueron desposeídos de ella en la desamortización de Mendizábal, si bien no se realizaron actos de la Real Academia hasta varios años más tarde, concretamente en 1874.

Girando a la izquierda por la calle de Huertas se llega en segundos a la Plaza de Matute. Curiosamente, nadie pone en duda la categoría de plaza de este lugar, si bien realmente es un pequeño ensanchamiento de la calle que lleva el mismo nombre. Se trata de una plaza diminuta en cuanto a espacio pero abrumadoramente grande si lo que miramos es la histora y los moradores de los que pudo disfrutar. Allí vivieron literatos como Cervantes, Gustavo Adolfo Bécquer o Zorrilla, y tuvo su imprenta el periódico “El Imparcial” y más tarde la revista “La ilustración de Madrid”, ambas publicaciones fundadas por el abuelo de José Ortega y Gasset; de la segunda publicación fue director el propio Gustavo Adolfo Bécquer.

La plaza de Matute (la casa de Pérez Villaamil al fondo)- ©JMPhotographia

Por si esto fuera poco para tan parvo espacio, en la plaza también hay un ejemplo de edificio de arquitectura modernista: la casa de Pérez Villaamil.

Por la plaza y calle de Matute volvemos a la calle de Atocha y giramos a la derecha en dirección noroeste hasta llegar al número 93 donde se levanta la Iglesia de San Sebastián.

Esta iglesia es conocida por tener en su interior los restos mortales de Lope de Vega, aunque no se sabe exactamente cuál es su ubicación. La iglesia fue construida entre 1554 y 1575 aunque se realizaron añadidos, como la torre, muchos años después. En noviembre de 1936 quedó prácticamente destruida al caer sobre ella una bomba de la aviación del bando nacional. Tras la Guerra Civil fue reconstruida por completo y también fue cambiada su orientación, motivo por el cual se perdió la ubicación exacta de los restos de Lope de Vega.

Bordeando la iglesia y tomando la calle que lleva el mismo nombre accedemos a la Plaza de Ángel, otra nueva plaza de forma triangular en la ciudad de Madrid. Esta plaza está contigua o pegada a otra plaza muy famosa de la capital, la de Santa Ana, a la que nos acercaremos un poco después. La Plaza del Ángel debe su nombre a la pintura del Santo Ángel de la Guardia que se encontraba en el antiguo Monasterio de San Felipe Neri. Este es, por tanto, uno de esos casos en los que aquello que da el nombre desaparece de la historia quedando únicamente el nombre.

Plaza del Ángel (con camiones, furgonetas y camiones y furgonetas de reparto) – ©JMPhotographia

A pesar de su estrombótica forma y de su aparecente encajonamiento, en esta plaza vienen a dar calles de muy importante nombre, como la propia calle de las Huerta o la de Espoz y Mina. Cuando yo llegué, aquello estaba tomado por furgonetas y camiones de reparto, por lo que cualquier fotografía estaba condenada por aquel hecho. Sin embargo, ningún objeto podía tapar la belleza de la torre del Hotel Reina Victoria con su blanca figura. En el lugar que ocupa este hotel estuvo antes el Palacio de los Condes de Montijo y posteriormente el Casino Militar.

Monumento al barrendero madrileño – ©JMPhotographia

Si atravesamos la plaza desde el espacio más abierto hasta el más cerrado daremos con un lugar ya visitado recientemente: la Plaza de Jacinto Benavente.

A esta plaza va a dar la fachada del Teatro Calderón como ya contamos en la publicación anterior. Se trata de un espacio creado en 1922 tras el derribo de varios edificios y el ensanchamiento de varias plazuelas más pequeñas, la de la Leña y la de la Aduana Vieja.

Allí se encontraba un edificio perteneciente a la asociación de los Cinco Gremios Mayores que fue comprado  por el Banco de Isabel II, hecho que tras la compra del Banco de San Carlos dio origen a la primera sede del Banco de España (actualmente la Dirección General del Tesoro).

En el centro de la plaza hay una estatua con la que uno que no vaya muy atento puede tener un buen percance. Se trata del Monumento al barrendero madrileño, una escultura inaugurada hace no mucho, en tiempos de Álvarez del Manzano (2001), como homenaje a este colectivo que ha hecho y hace tanto por la ciudad. El barrendero en cuestión tiene un traje clásico con gorra usado en la década de los 60.

Tras despedirnos de tan simpática estatua, tomamos la calle de la Cruz en dirección norte sólo hasta girar a la derecha por la primera calle que encontramos, que no es otra que la calle de Álvarez Gato, una calle que la historia ha denominado “callejón”. Estamos hablando del famosísimo “Callejón el Gato”, inmortalizado por la obra Luces de Bohemia de Ramón María del Valle-Inclán, muy conocido por la existencia histórica en ese lugar de unos espejos deformantes, uno cóncavo y otro convexo, que reflejaban una imagen distorsionada de aquel que los miraba. Los espejos que podemos ver hoy son una reproducción módica de los que antaño allí se situaban y, la verdad, a mí no me hicieron mucha gracia ni lograron transmitirme ningún sentimiento de estar delante de algo que pudiera catalogarse en algún caso de objeto histórico.

Cruzar en callejon del gato nos pone en la calle de Nuñez de Arce y muy cerca de la Plaza de Santa Ana. Aquí tenemos que volver a hablar inexorablemente de nuestro buen amigo José Bonaparte, “El Rey Plazuelas”, ya que la plaza fue creada por él en 1810 y por su gusto por la demolición de casas en hilera.

La Plaza de Santa Ana y el hotel Reina Victoria (y un pájaro volando a sus anchas) – ©JMPhotographia

La plaza está caracterizada por la presencia de dos edificios notables que además están enfrentados, uno a cada lado de la plaza: por un lado el Teatro Español y por otro el Hotel Reina Victoria, del que hemos hablando hace un momento. Tampoco faltan locales de restauración antiguos y llenos de historia como el tablao flamenco Villa Rosa, la Cervecería Alemana, históricamente frecuentada por el personal de la embajada de los Estados Unidos; o  la cafetería La Suiza o estatuas dedicadas a literatos españoles como Pedro Calderón de la Barca y Federico García Lorca.

Fachada del Teatro Español – ©JMPhotographia

El Teatro Español, previamente llamado Teatro del Príncipe, -por la calle en la que está situado-, es visible desde cualquier lugar de la plaza gracias a una remodelación llevada a término en 1950 que consistió en la demolición de unas casas que se encontraban justo enfrente y que impedían la visión del teatro desde la plaza. La historia del teatro se remonta a tiempos tan antiguos como el siglo XVI, cuando Felipe II estableció la Cofradía de la Sagrada Pasión para la representación de comedias. Aquel edificio allí levantado se llamó Corral del Príncipe y perduró unos años, concretamente hasta 1735, fecha en la que el ayuntamiento, ya dueño del inmueble tras venderlo la Cofradía, levantó otro edificio que fue llamado ya Teatro del Príncipe.

Salí de la plaza por la calle del Príncipe en dirección sur y en seguida dí con la calle de las Huertas, que tomé girando a la izquierda en dirección este hacia el Paseo del Prado.

La calle de las Huertas es como el corazón del barrio. Siempre hay gente paseando, siempre hay algo que ver y, desde luego, siempre hay algo que leer. Hay versos y palabras por todos los sitios, en las paredes y en los suelos, letras doradas para un siglo dorado. La calle está llena de tabernas y bares de tapeo listos para cazar autóctonos y turistas. Según parece, antes estaba llena de otras cosas, concretamente prostitutas, como se comprueba del antiguo dicho:

Calle de las Huertas, más putas que puertas“.

Esquina de la Cuesta de las Trinitarias y de la calle de Lope de Vega.

Justo al norte de la calle de las Huertas están, por este orden, la calle de Lope de Vega y la calle de Cervantes. En la primera está el Convento de las Trinitarias Descalzas, en la segunda la Casa Museo de Lope de Vega.

Accedí al Convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso por la Cuesta de las Trinitarias, calle cortita que deja a nuestra izquierda el convento. Como curiosidad, y es algo que ya nos ha pasado con otros edificios, el nombre más conocido es el nombre antiguo, ya que su nombre actual es el de Monasterio de San Ildefonso y de San Juan de Mata.

Se trata de un conjunto arquitectónico barroco de iglesia y convento. Tiene su origen en 1609, y es famoso por ser el lugar donde fue enterrado y reposan los restos de Miguel de Cervantes. El conjunto estuvo a punto de ser derribado en 1868, pero fue “salvado” por la Real Academia, conocedora del valor histórico y artístico que tenían los edificios.

En el año 2015, -ayer como quien dice-, tras años de investigaciones, se dio a conocer que los restos de Cervantes eran efectivamente del escritor, y se levantó un monumento para albergarlos.

La calle de Quevedo nos conduce a la calle de Cervantes y desde la bocacalle vemos a nuestra derecha la Casa Museo de Lope de Vega. Esta casa es un paradigma muy válido de casa madrileña de gente con posibles del siglo XVII. Aquí vivió el dramaturgo durante los últimos 25 años de su vida (1610-1635) hasta su muerte. Como es lógico, ha sufrido muchas restauraciones en busca de recuperar la esencia de las entancias tal como eran en la época en la que vivió Lope. Tras su muerte, la casa pasó a ser propiedad de sus herederos, pero estos, posteriormente, la vendieron a una actriz. A partir de ahí la casa sufrió multitud de cambios que la hicieron prácticamente irreconocible. Sin embargo, gracias a la tenacidad de algunos historiadores, la casa ha podido recuperar su antigua esencia y hoy podemos verla tal cual debió ser cuando Lope la habitó.

Aunque yo no entré más que al huerto, de libre acceso, la casa se puede visitar, aunque únicamente en forma de visita guiada y acompañado por un técnico de la institución. Es imprescindible hacer una reserva previa, y creo que la visita es gratuita y para grupos no superiores a 15 personas.

Patio de la Casa Museo de Lope de Vega – ©JMPhotographia

Tras dejar la Casa Museo de Lope de Vega, tomé la calle de Cervantes en dirección oeste hasta volver de nuevo a la calle del León, que tomé a la derecha para llegar a la calle del Prado, donde, al llegar a la bocacalle, ya se divisa en Ateneo de Madrid. Se trata de una institución privada muy antigua y muy prestigiosa, creada en 1835. Su nombre primigenio fue Ateneo Científico y Literario, aunque antes fue llamado Ateneo Español. Por el Ateneo han pasado todos los premios nobel españoles y varios presidentes del gobierno.

Debemos buscar los orígenes del Ateneo Español en las ideologías liberales e ilustradas que penetraron en España en los primeros años del siglo XIX y el ambiente que trajo a España la invasión napoleónica y el posterior reinado de José Bonaparte (“El Rey Plazuelas”). El Ateneo Español surge tras la marcha del hermano de Napoleón y tuvo una actividad muy discontinuada con el reinado del absolutista Fernando VII, en dos periodos interrumpidos por el trienio liberal (1820-1823). En el reinado de Isabel II su actividad se recuperó hasta la dictadura de Primo de Rivera. Tras la Guerra Civil el Franquismo uso sus actividades para resaltar valores católicos y conservadores del Régimen.

Detalle de la fachada del Ateneo de Madrid – ©JMPhotographia

Aunque no entré, el edificio por dentro es magnífico, -y grande-, con espléndidos salones de lectura, de conferencias y de actos.

Muy cerca del Ateneo hay un edificio curioso y que consigue dibujar una sonrisa a todo el que pasea por allí. Es la Iglesia de la Cienciología, pero en la fachada está escrito muy graciosamente “Iglesia de la Scientology España”. La web tampoco se queda atrás en este aspecto, ya que a la vez que una religión, la “Scientology” parace una academia de inglés.

Continuando por la calle del Prado hacia el noreste se llega a no mucho tardar a la Plaza de las Cortes que queda a nuestra izquierda, y justo al terminar la calle del Prado encontramos el Carillón de Mingote en el Edificio Plus Ultra. Se trata de un conjunto de campanas de diferentes timbres que tañen su música acompañadas por cinco figuras goyescas que salen de detrás de una ventana y hacen unos limitados movimientos. Su nombre proviene del hecho de que sus figuras fueron diseñadas por Antonio Mingote, y su carécter goyesco se debe a que las figuras representan personajes de la época del pintor de Fuendetodos, concretamente estos cinco personajes son el rey Carlos III, la duquesa de Alba con su perrito, el propio pintor Francisco de Goya, un torero y una maja madrileña de las que tantas veces inmortalizó Goya en sus cuadros.

Carillón de Mingote – ©JMPhotographia

Yo me planté bajo aquel balcón a las 12 de la mañana con la esperanza de verlo en funcionamiento, pero no ocurrió nada. No sé si actualmente está en funcionamiento. Os dejo un video para que podáis ver su funcionamiento, cosa que yo no pude presenciar:

Casi frente al Carillón de Mingote se encuentra la Plaza de las Cortes, presidida por una estatua de Miguel de Cervantes. En los primeros tiempos de la plaza estaban allí plantados dos grandes eucaliptos que fueron derribados por un ciclón en 1886. La estatua de Cervantes se movió al centro de la plaza en 2005 -anteriormente estaba escorada hacia la fachada del Hotel Villa Real- y en dicho proceso se descubrió en el basamento una cápsula del tiempo que contenía cuatro tomos del Quijote del siglo XIX, un libro sobre la vida de Cervantes y otras cosas.

En el entorno de la plaza están la Carrera de San Jerónimo, la calle del Prado y otras calles más, el hotel Villa Real, el Consejo Real de Colegios Oficiales de Médicos de España, el edificio Plus Ultra donde, el Hotel Palace y, cómo no, el Congreso de los Diputados, o simplemente el Congreso, como quieren llamar en estos tiempos a la Cámara Baja.

Plaza de las Cortes – ©JMPhotographia

Y es allí donde va a terminar esta primera parte del recorrido por el barrio de Cortes. Del edificio del Congreso de los Diputados, llamado Palacio de las Cortes, mucha gente sabe mucho, creo. No obstante, vamos a dar algunos datos. Fue construido durante el reinado de Isabel II e inaugurado el mismo año que el Teatro Real, en 1850. El Palacio de las Cortes no es un único edificio, -lo fue al ser inaugurado-, sino cinco edificios (lo que comenzó con poco más de 12 mil metros cuadrados de espacio hoy tiene unos 73 mil) dedicados a las actividades de la Cámara Baja.

En el espacio que hoy ocupa en Congreso hubo en primer término casas propiedad del Marqués de Tavara. Este marqués cedió dichos terrenos a finales del siglo XVI para la construcción de un convento de clérigos menores. El espacio donado era insuficiente para construir un convento y una iglesia, por lo que se construyó únicamente el convento y hubo que esperar a que, años más tarde, la Marquesa del Valle aportara ciertos terrenos que tenía por la zona. Con estos, se pudo construir finalmente la iglesia y todo el conjunto se dedicó al Espíritu Santo.

Fachada del Congreso de los Diputados – ©JMPhotographia

La vida siguió muchos años como se supone que pasa en un convento hasta el año 1823 en el que se declaró un incendio que destruyó el edificio por completo. Ese incendio fue, en realidad, un atentado contra Luis Antonio de Francia, duque de Angulema, sobrino del rey Luis XVI de Francia, que había venido a España al frente de los Cien Mil Hijos de San Luis a socorrer al Fernando VII para reinstaurar la monarquía absolutista. El edificio quedó sin uso unos 11 años hasta que la regente María Cristina de Borbón promulgó el Estatuto Real por el que se fundaron los Estamentos de Procuradores y Próceres, antecedentes de lo que hoy conocemos como Cámara Baja y Cámara Alta. Con ese Estatuto Real, por tanto, se inicia en España el parlamentarismo bicameral.

Ninguno de estos dos estamentos tenía un lugar donde poder reunirse. El Estamento de Próceres lo hizo en primer lugar en la Casón del Buen Retiro hasta que más tarde pudo hacerlo en el Colegio de Doña María de Aragón, lugar que ocupaba el mismo lugar que hoy ocupa el Senado. El Estamento de Procuradores comenzó a reunirse en el complejo religioso de la Carrera de San Jerónimo, pero el edificio estaba en un estado tan deplorable que las reuniones eran cortísimas por el miedo colectivo a que los techos se les cayeran encima.

En la Constitución de 1837 se usan por primera vez los nombres de Congreso y Senado, por lo que cuando en 1842 se comenzó a construir el Congreso de los Diputados ya se usaba este nombre. En un primer lugar, se pensó construir la sede del Congreso donde hoy está la Bolsa de Madrid, pero finalmente se decidió utilizar el terreno de la Carrera de San Jerónimo.

La construcción duró 7 años y durante este tiempo los diputados tuvieron que reunirse en la parte edificada del Teatro Real, que también estaba en construcción, obviamente. La fachada del edificio resultante consistió en un pórtico neoclásico con seis imponentes columnas corintias y una puerta de bronce que por el interior es de madera y que sólo se abre cada cuatro años cuando se abren las Cortes tras las elecciones generales o cuando va el Rey de España o en las jornadas de puertas abiertas con motivo del día de la Constitución y también en ocasiones muy especiales como ocurrió con la capilla ardiente de Adolfo Suárez. El frontón clásico que hay sobre las columnas representa a España abrazando la Constitución acompañada por figuras femeninas que representan la Fortaleza, la Justicia, las Ciencias, la Armonía, las Bellas Artes, el Comercio, la Agricultura, los ríos y canales de navegación, la Abundancia y la Paz.

Detalle del frontón del Congreso – ©JMPhotographia

A pesar de todos estos detalles y de lo imponente del edificio, casi lo más comentado y famoso son los dos leones que guardan la entrada situados uno a cada lado de la escalinata de acceso y que dan nombre a la puerta principal del edificio. Estos leones fueron colocados 16 años después de la inauguración del Congreso y fueron hechos también por Ponciano Ponzano, escultor del frontón -su vida y su pobreza merecerían un capítulo aparte-, a partir del bronce de los cañones arrebatados al enemigo en la Primera Guerra de Marruecos en 1860, llamada también simplemente Guerra de África. Los leones recibieron los nombre de Daoiz y Velarde, aunque también se les llama Benavides y Malospelos.

Leones de las Cortes – ©JMPhotographia

El Congreso aumentó de tamaño en 1978 con una primera ampliación en la que se tomó el solar contiguo, donde se había levantado el Hospital de Italianos. Este solar aportó más de 15 mil metros cuadrados más para el complejo y se unió al edificio primitivo mediante una pasarela elevada sobre la antigua calle de Floridablanca. En 1994 se produce una nueva ampliación prolongando el nuevo edificio hasta la calle de Cedaceros con los terrenos del Banco de Valencia. Finalmente, en 2006, el Congreso se amplió con las antiguas sedes del Banco Exterior de España y del Banco de Crédito Industrial, ambas situadas en la acera contraria de la Carrera de San Jerónimo. Ambos lados están unidos con un túnel subterráneo. Por último, hay otro edificio más que en su día ocuparon los grupos parlamentarios y que hoy no tiene uso en la Plaza de las Cortes número 7.

Dentro del recinto destaca el Salón de los Pasos Perdidos que es una sala de conferencias usada para actos solemnes y para encuentros con la prensa con decoración isabelina y una mesa central regalada por el zar de Rusia a la reina Isabel II. Todo el salón -y las salas contiguas-, está cubierto por una grandísima alfombra de la Real Fábrica de Tapices que se usa de octubre a mayo y se envía a la Real Fábrica cada año tras este mes para su limpieza y restauración. Dentro hay tantas esculturas y pinturas que si las comentáramos no acabaríamos nunca esta entrada de blog, y ya va haciéndose un poco larga.

 


 

En la segunda parte del recorrido por el barrio de Cortes visitaremos monumentales edificios en las calles de Alcalá y Gran Vía y las no menos monumentales fuentes de Cibeles y Neptuno, también subiremos al mirador del Palacio de Comunicaciones, entre otras cosas.

¿A vosotros os gusta Madrid tanto como a mí? Siempre que uno va a pie, ¡eh!

 


 

 


 

Todas las fotos de la primera parte del recorrido por el barrio de Cortes:

Teatro Monumental - ©JMPhotographia

 

Todos los días una nueva foto en color del proyecto en Instagram. JMPhotographia en las redes sociales:

 

 

Reportaje: Homenaje a Enrique Urquijo

Este pasado jueves 15 de febrero, coincidiendo con el que hubiera sido su quincuagésimo octavo cumpleaños, se celebró en la sala Clamores de Madrid un concierto homenaje a Enrique Urquijo. Este homenaje se enmarca dentro de una serie de homenajes musicales programados por Bolo Hipólito García Fernández en la sala Clamores de Madrid que ya han visto ediciones dedicadas a Antonio Vega, Andrés Calamaro y Los Rodríguez etc. y que parece que será de largo recorrido.

Cartel del Homenaje a Enrique Urquijo

Carlos Moraleda, a la sazón mi hermano y fundador de El Jardín de María, quiso estar en el evento -en el que participaron más de 20 grupos y solistas- y para ello contó con la colaboración más que especial del reconocido guitarrista extremeño Ángel de Venancio, un trotamundos de la música que ha acompañado en sus giras a músicos del calibre de Manolo Tena.

Carlos y yo habíamos quedado en la boca de metro de la Glorieta de Bilbao que da a los números impares de la calle de Luchana. Yo venía desde Chamartín y él desde Rivas-Vaciamadrid. Como siempre que se queda con alguien, pasa algo, alguno se retrasa o se pierde, y a veces uno se pierde y se retrasa. El caso es que Carlos vino en bus desde Rivas hasta Conde de Casal y allí tenía que coger el metro (Linea 6) hasta Pacífico para luego coger otra linea hasta Bilbao, sin embargo, el hábito adquirido de dirigirse a su despacho le llevó a tomar la línea circular en sentido contrario. Por fortuna, sólo fue una única estación, se dio cuenta de su error y pudo remediarlo pronto, y yo pude llamarle torpe con razón.

Ello me hizo esperarle más de la cuenta, pero no impidió que se produjera otra situación curiosa. Cuando uno se apea en la estación de Metro de Bilbao puede hacerlo a dos alturas. Si vienes desde la linea 10 la salida a los números impares de la calle de Luchana se produce en la glorieta, justo donde empieza la calle de Luchana, pero si viene por la Linea 1, la salida que da a los impares de la calle de Luchana va a dar a la calle pero unos 100 o 120 metros más lejos de la glorieta. No hace falta decir lo que pasó, porque ya os lo estáis imaginando.

Tras por fin reunirnos, nos dirigimos a la sala Clamores a esperar a Ángel y a su séquito: su chica, María; su compañero y amigo, Guny, exbajista de Asfalto, por cierto; y cómo no, su guitarra, en este caso española. Esperando en la puerta vimos a un hombre con lo que parecía un bajo o una guitarra y un ramillete de flores en la mano. Bolo había pedido que cada grupo o solista trajera una flor, -la que fuera-, para dejarla en el escenario según subían a cantar, algo que no se cumplió del todo según estaba planeado, -todo hay que decirlo-, así que al verle despistado, buscando con la cabeza los nombres de las calles o algún destello de luz en que pudiera leerse “Clamores”, le dimos una voz. Era evidente adónde se dirigía.

El hombre en cuestión se llamaba Salvador, y nos dijo que era el médico personal de Enrique Urquijo. Como podéis imaginar corrieron las anécdotas sobre Enrique -nosotros también tenemos alguna-, y tras preguntar qué canción iba a cantar Carlos y decirle que era Agárrate a mí, María, nos hablo sobre la hija de Enrique, sobre María, y una curiosa anécdota sobre el proceso creativo de la canción, concretamente acerca del proceso de pulir una letra que tenía demasiadas rimas consonantes terminadas en -ado. Salvador nos contó que tuvo que quitarle muchas, porque la canción estaba repleta de estas rimas.

Cuando llegó Ángel nos metimos dentro de la sala y pasó otra cosa curiosa. Carlos me presentó a un señor diciéndome algo así como “A este hombre le tienes que conocer“. Yo, la verdad, no caía en la cuenta para nada por mucho que lo miraba. En un momento dado, por alguna inferencia de algo, algún artículo en El País de hace algún tiempo que había leído por la mañana en internet, estuve casi tentado y a punto de aventurar que era Moncho Alpuente, pero no pude equivocarme tan rotundamente al darme mi hermano una gran pista: “Toca la batería“, dijo. Si, eso fue determinante y suficiente; ante mí estaba Ñete, batería de Nacha Pop, La Frontera y de algún que otro grupo importante de la época. Fui incapaz de reconocerle, y lo hubiera seguido siendo siempre si no Carlos hubiera dado esa pequeña pero gran pista.

Ñete, ahora guitarrista, con su grupo Hard Rain, en la prueba de sonido – ©JMPhotographia

Entre las 7 y las 9 se producían las pruebas de sonido. Siempre es un proceso caótico probar sonido cuando hay involucrada tanta gente en espacios tan pequeños de tiempo. Carlos y Ángel pudieron hacerla sin terminar la canción: un dúo con guitarra y voz, armónica y coros siempre es más fácil. De vuelta al camerino, un último repasito a las dudas y una pequeña charla con los miembros de la banda de Ñete, Hard Rain. Allí también nos encontramos con un amigo, si bien en forma de cartel: Jose María Guzmán, al cual Carlos invitó, aunque no pudo asistir por encontrarse en Alicante.

Carlos y Ángel se encontraron con un viejo amigo en los camerinos -©JMPhotographia

Finalizada la prueba de sonido vino uno de los momentos que más gustan, ir a beber algo y tomar tortilla española. Tomamos dos, una deconstruida y otra más tradicional que, tengo que decirlo, estaba muy buena. En los bares, a pesar de que algunas veces están más llenos de lo que a nuestra comodidad le gusta, se habla, se ríe y se pasa el tiempo volando, y más con gente con tantas anécdotas y tan simpática y buena en casi todo.

Cosas de artistas y camerinos – ©JMPhotographia

A las 22.45 volvimos a Clamores y no pasó mucho tiempo hasta que llegó el momento de la actuación. Me tocó trabajar mínimamente antes de ponerme a hacer lo mío de forma simultánea a hacer ellos lo suyo: había que colocar atril, luz y letra, por si acaso vienen los olvidos. La canción quedó fenomenal, sonó muy bien y fue muy aplaudida por el público allí asistente, que no era poco, por cierto. Agárrate a mí, María es una canción especial por muchas cosas.

 

Tras terminar la actuación nos quedamos solos Carlos y yo en el camerino hasta que surgió otro momento curioso de la noche. Entró una muchacha con aspecto de Cindy Lauper, a mí particularmente me gustó mucho su estilo, pelirroja, irradiando cultura y con un guante de cuero en una de sus manos. Se llamaba Pilar, y era actriz, cantante y no por ello dejaba de lado otras facetas artísticas añadidas.

La chica estaba un poco apesadumbrada y azorada por varias cosas, -la vida no le daba, y no había podido estudiar por culpa de preparar este homenaje -había cantado Aunque tú no lo sepas, si no recuerdo mal- y la chica no estaba contenta con la actuación, que había sido la primera (no de su carrera, sino del homenaje). En su propio criterio había desafinado, y por eso también estaba compungida y triste. Pilar tenía o parecía tener multitud de problemas.

Carlos y Pilar – ©JMPhotographia

Aparecieron Ángel y Guny y poco a poco fuimos saliendo hacia la sala para retirarnos a otro bar, obvio. Sin embargo, allí se quedó Guny. Cuando fui a buscarle para decirle que nos íbamos al bar, me lo encontré con Pilar y otra chica tomándose fotos casi como adolescentes, ya sin compungimiento alguno. Guny tiene un atractivo innato con las mujeres, como ya nos demostró un par de horas antes cuando una desconocida quiso que tocara con su grupo. ¡Impresionante!

Y tras volver a los bares y a la Plaza de Olavide terminó la noche. No estuvo mal: música, amigos, risas, anécdotas, chicas… lo que viene siendo todo lo que mola de la vida. Y encima, por la parte emotiva, recordando a Enrique Urquijo, un pedazo muy grande de la historia de la música española del siglo XX y un emblema para muchos de nosotros.

Carlos y yo nos dirigimos al metro para volver a Chamartín y posteriormente coger el coche para ir a Rivas. Tal como era la noche continuó siéndolo: nos encontramos esperando al convoy a nuestro amigo Bolo Hipólito y pudimos charlar durante unos cuantos minutos con él. Carlos quiso regarlarle el disco de El Jardín de María (podéis comprar el disco en la web) y él lo partió en dos al más puro estilo Salomón: él se quedó con todo menos con el librito con la promesa de que la próxima vez que Carlos lo viera se lo devolvería debidamente firmado y dedicado.

El mundo de los artistas es así, no hay que darle más vueltas.

 

Hipólito García (De Clayskull – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=28469653)
Chapa conmemorativa del evento – ©JMPhotographia

 

[Cap. 5] Conociendo mi ciudad: Barrio de Embajadores (Centro) 2ª parte

Habíamos terminado la primera parte de este recorrido por el barrio de Embajadores en la Plaza de Tirso de Molina. Proseguimos, por tanto, desde ese punto dirigiéndonos en esta ocasión al norte por la calle del Doctor Cortezo en dirrección a la plaza de Jacinto Benavente. Esta plaza está, o al menos así lo he considerado yo, en el barrio de Cortes, por lo que trataremos sobre ella próximamente, y dentro de muy poco, debo añadir.

Sin embargo, en ella o muy cerca de ella, hay dos lugares que deben reclamar nuestra atención. El primero es el Cine Ideal, que está todavía en la calle del Doctor Cortezo, y el segundo es el Teatro Calderón, que está en la Plaza de Jacinto Benavente propiamente dicha.

Del Cine Ideal hay que destacar su antigüedad, ya que es uno de los cines más antiguos de Madrid si miramos entre los edificios que fueron construidos desde el principio con la finalidad de ser cines. Fue inaugurado en 1916 en un terreno que antes habia ocupado un convento, -un año antes que el vecino Teatro Calderón-, y a lo largo de su historia ha sido adaptado para hacer las veces de teatro. En la actualidad es un cine propiedad de Yelmo Cines, empresa que lo adquirió en 1990 e impulsó una importante reforma. Tiene 9 minisalas y está especializado en películas en versión original, si bien anteriormente se especializó en el género de terror. El edificio conserva sus vidrieras originales, una composición “inquietante” en la que un hombre mira a través del cristal, como observando a las personas que están en la sala, y todo ello redeado de pavos reales y otros adornos.

Fachada del Teatro Calderón – ©JMPhotographia

El Teatro Calderón está más propiamente en la calle de Atocha, pero enfrente de la Plaza de Jacinto Benavente. Se inauguró en junio de 1917 y desde esa época era conocido como Teatro del Centro. Diez años después cambió de dueño y también de nombre, ya que desde esa año recibió el nombre actual. Es uno de los edificios más hermosos del centro, tanto por su acabado exterior como por su decoración interior, donde cuenta con bonitas vidrieras y lujosas pinturas. Tiene capacidad para unas mil personas y en su escenario se han exhibido representaciones históricas, siendo muy usado para obras de teatro lírico, sobre todo zarzuelas. En 1999 se desprendió una pieza de la cornisa y cayó sobre un coche que estaba parado esperando que se abriera un semáforo. A consecuencia de ello un joven perdió la vida y el teatro tuvo que ser cerrado durante un tiempo.

Bajando hacia el sur por la calle de los Relatores volvemos de nuevo a la Plaza de Tirso de Molina y nos encontramos otro teatro -este recorrido está lleno de teatros y cines-: el Teatro Nuevo Apolo. Este teatro tiene ya más de 80 años de vida, puesto que fue inaugurado en 1932. Su nombre proviene del hecho de que los empresarios que lo construyeron habían cerrado tres años antes un teatro llamado “Apolo” en la calle de Alcalá; sin embargo, este nombre no se lo dieron esos mismos empresarios, -ellos lo llamaron Teatro Progreso por el entonces nombre de la plaza-, sino que no fue hasta 1987 que se decidió llamarlo así.

Justo a la izquierda del Teatro Nuevo Apolo, desde nuestro punto de vista -recordad que nos dirigimos hacia el sur-, empieza la calle de Lavapiés, que baja hacia el sur hasta la plaza del mismo nombre. La primera calle de cruza es la calle de la Cabeza. El nombre de esta calle, -como el de muchas otras de la zona-, tiene su origen en una leyenda, una historia que si le quitáramos la parte “sobrenatural”, podríamos conceder que fuera real. La historia está en muchos sitios y no creo que adelantemos nada volviendo a relatarla aquí, por lo que si queréis enteraros de lo que hay con esta famosa calle, podéis visitar el enlace que os he dejado sobre el nombre de la calle.

Calle de la Cabeza – ©JMPhotographia

Desde la calle de Lavapiés giré a mi izquierda para coger la calle de la Cabeza y volví a girar en dirección norte por la siguiente calle que aparece. El objetivo es volver a la calle de arriba, la de la Magdalena, para visitar la fachada y entrada de la Filmoteca Española. Esta entidad tiene varias sedes, la de la calle Magdalena es su sede administrativa. El edificio en el que se halla es el Palacio del Marqués de Perales, una antigua mansión nobiliaria construida en el siglo XVIII por Pedro de Ribera por encargo, obviamente, del Marqués de Perales del Río. En el edificio destaca, muy por encima del resto, su portada barroca. El otro edficio importante de la Filmoteca es el Cine Doré, del que hablaremos unas líneas más abajo.

Muy cerca de allí, volviendo sobre nuestros pasos y tomando la primera calle hacia el norte nos encontramos con Casa Patas, uno de los locales de flamenco en vivo más famosos de la ciudad. Se trata de una taberna-restaurante y de un tablao flamenco, claro está, en el que se vive un ambiente realmente especial, y muy disfrutable, añadiría, si te gusta el arte flamenco.

Monumento homenaje a los abogados de Atocha – @JMPhotographia

Volviendo hacia el sur y tomando la calle de la Magdalena en dirección este llegamos a la Plaza de Antón Martín. Este espacio carece de numeración propia, hecho que para algunos no justifica que se use el nombre de “plaza”, pues debido a este hecho puede considerarse un mero ensanchamiento de la calle de Atocha. Más alla de eso, en esta plaza o plazuela -tampoco hay consenso en eso- hay varias cosas que debemos mencionar.

La más grande es el Teatro Monumental, pero sintiéndolo mucho, todo lo que hay al otro lado de la calle de Atocha pertenece al barrio de Cortes, por lo que trataremos de este teatro en otro momento.

La que vendría después sería el Monumento en homenaje a los abodagos de Atocha. Este grupo escultórico es un trasunto conceptual de un cuadro titulado “El Abrazo” de Juan Genovés. Conmemora el asesinato de 5 abogados -realmente fueron tres abogados, un administrativo y un estudiante en prácticas- que murieron tiroteados en un ataque terrorista perpetrado por miembros de la Exterma Derecha.

Este monumento es un raro ejemplo de hito que recuerda y condena la violencia del Estado, ya que en aquellos tiempos en los que sucedió este lamentable atentado la política y las fuerzas de seguridad del Estado estaban todavía ligados a la dictadura y era contrarios a la libertad y a la democracia. El monumento está en Antón Martín desde 2003.

En la plaza también hay una curiosa farmacia, llamada “del globo“. Este edificio destaca, además de por su notoria antigüedad -no en vano data de 1869- por un llamativo farol en forma de globo situado en su fachada. Posteriormente ese farol fue substituido por un globo Montgolfier, que es el que podemos ver hoy.

Antón Martín fue un religioso nacido en Cuenca que fundó en la plaza que lleva su nombre un hospital llamado Hospital de San Juan de Dios en 1552. Este hospital acabó dejando de serlo y pasó a convertirse en 1858 en la Parroquia de San Salvador y San Nicolas, en la parte sur del “espacio”. Para finalizar con Antón Martín y como curiosidad acerca de este lugar, podemos decir que aquí comenzó el llamado Motín de Esquilache en 1766.

El “espacio” de Antón Martín – ©JMPhotographia

Cerca, muy cerca, bajando por la calle de Santa Isabel está el Cine Doré. Este cine está lleno de historia, pues su inauguración se remonta a 1912, si bien la fachada actual es un pelín más tardía, de 1923. Esta sala de proyección supo atravesar la depresión que sufrió la zona de Antón Martín durante el siglo XX reconvirtiéndose en sala de reestrenos y cuando casi vio apagarse su luz fue rescatado por el Ministerios de Cultura que comenzó a usarla para sus proyectos. Es sede de la Filmoteca Española desde 1989. Sobre su nombre hay varias hipótesis, sin embargo, yo me inclino por aquella que argumenta que son las dos primeras notas musicales DO RE las que dieron nombre a este tan emblemático lugar.

Fachada del Cine Doré – ©JMPhotographia

Justo al lado del Cine Doré está el Mercado de Antón Martín. Este mercado tradicional fue inaugurado en 1941 y cuenta con dos plantas -hay una tercera para usos privados- que albergan unos 80 puestos comerciales en los que se puede comprar casi toda clase de alimentos así como productos no alimentarios, e incluso hay una escuela de danza. El mercado ofrece también una amplísima oferta de comida para llevar. Es un sitio fantástico donde puedes desayunar al mismo tiempo que esperas a que te preparen el queso, el chorizo o la carne o mientras te cortan el pescado. Como le ha ocurrido a otros mercados tradicionales de los que hemos hablado, el Mercado de Antón Martín también ha sabido reponerse de tiempos de abandono y cierre de establecimientos, convirtiéndose en un mercado moderno, como los que he tenido la oportunidad de ver en Londres, Nueva York o Filadelfia, donde se fusiona el concepto de compra de alimentos con el de bar, taberna y restaurante.

Mercado de Antón Martín – ©JMPhotographia

Entre el Cine Doré y el Mercado de Antón Martín hay una paqueña calle peatonal que recibe el nombre de Pasaje Doré en la que van a dar los mostradores de algunos de los establecimientos del mercado.

Calle de Zurita – ©JMPhotographia

La parte final de este recorrido por el barrio de Embajadores consiste en seguir hacia el sureste la calle de Santa Isabel hasta llegar al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

En dicho trayecto aparecen en la parte derecha varias calles muy interesantes desde el punto de vista paisajistico. Una de las calles se llama “calle de Buenavista”, con eso lo digo todo.

Sin embargo, me llamaron más la atención las buenas vistas de la calle de Zurita y la de la calle de San Cosme y San Damián.

En la primera se puede ser todo Madrid hacia el suroeste y parte de lo que ya no es Madrid, y todo ello en el espacio que delimitan las fachadas enfrentadas de una calle más o menos estrecha y en la que los camiones de basura tienen que circular con la mitad de sus ruedas sobre la acera.

En la segunda se puede ver la cúpula de la Parroquia de San Lorenzo, quedando a la izquierda la fachada de la enorme manzana en la que destaca el Real Colegio de la Asunción.

El Real Colegio Santa Isabel-La Asunción ya existía en 1592 siendo un orfanato en el reinado de Felipe II, posteriormente fue gestionado por las Agustinas.

Muy cerca de allí, pero en la acera de la izquierda, está la sede del Ilustre Colegio de Médicos de Madrid. Todos los médicos que ejerzan su profesión en la Comunidad de Madrid deben estar registrados en este colegio, que fue fundado a finales del siglo XIX. Los edificios tanto de este Ilustre Colegio de Médicos de Madrid, como del Real Observatorio Superior de Música -que colinda con el anterior-, como del Museo Reina Sofia ocupan hoy el solar donde se levantaba otrora el Hospital de San Carlos, posteriormente llamado Hospital General de Madrid u Hospital de Atocha. El Ilustre Colegio de Médicos de Madrid se trasladó a esta sede en 1970, habiendo estado antes en diversos lugares de la ciudad.

Pasado este edificio se llega inexorablemente a una plaza bien delimitada que, sin embargo, a todos los efectos no es una plaza, sino dos calles con un espacio peatonal entre ellas: la continuación de la calle de Santa Isabel que va a desembocar en Atocha por un lado; y la calle de Sánchez Bustillo por el otro.

Fachada clásica del Reina Sofía – ©JMPhotographia

A esa “plaza” da una de las fachadas del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia. El museo está dedicado al arte contemporáneo y del siglo XX, y ocupa parte del espacio del antiguo Hospital de San Carlos, como hemos tenido la ocasión de decir hace un momento. El museo consta de dos edificios, uno antiguo que pertenecía al antiguo hospital y otro nuevo llamado “Edificio Nouvel”, inaugurado en 2005. Dada su condición de museo de arte del siglo XX en su colección permanente se encuentran obras de Picasso, Dalí y Miró, si bien hay obras de multitud de artista de menos renombre pero igual genialidad.

Altualmente, el Reina Sofía es el museo más visitado de España por encima del Museo del Prado e incluso del MoMA de Nueva York, ocupando el puesto décimo primero entre los museos de arte de todo el mundo.

Otra fachada que da a ese espacio que no se llama “plaza” es la del Real Conservatorio Superior de Música. Estamos ante la institución pública de enseñanza de música más antigua de España, obviamente. Esta institución fue fundada en 1830 como un centro a la imagen de los conservatorios italianos con alumnos internos y externos y alumnos que recibían clases de forma gratuita y otros clases pagadas.

Real Conservatorio Superior de Música (aparentemente tomado por la Polícía) – ©JMPhotographia

El edificio es sede del Real Conservatorio Superior de Música desde 1990. Antes de estar aquí, el conservatorio estuvo ubicado en la Plaza de los Mostenses, cerde de la Gran Vía, asi como dos veces en el Teatro Real y en otros lugares.

 


 

Con esto terminamos el segundo de los 128 barrios de Madrid. Parece que nos queda bastante tarea por delante, ¿verdad? Espero que estéis aprendiendo cosas (o recordándolas) tal como las aprendo y recuerdo yo. Nuestro siguiente objetivo es el barrio de Cortes donde visitaremos lugares tan conocidos como el Congreso de los Diputados, las plazas del Ángel, de Santa Ana y de Jacinto Benavente, las calles donde vivieron y murieron Lope de Vega y Cervantes, edificios muy emblemáticos de la Gran Vía y muchos otros lugares más.

Como siempre, si os apetece o veis un error en algún sitio, dejad un comentario aquí mismo. Me gustan vuestros comentarios.

 


 

 


 

Todas las fotos de esta segunda parte del recorrido del barrio de Embajadores:

Teatro Calderón - ©JMPhotographia

 

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[Cap. 4] Conociendo mi ciudad: Barrio de Embajadores (Centro) 1ª parte

Ha sido realmente divertido y provechoso tanto anímica como físicamente recorrer el barrio de Palacio y obtener conocimientos y experiencias que, como madrileño, debía tener desde hace, francamente, bastante tiempo. Ahora vamos a cambiar de barrio y acercarnos a las cosas y a la gente que puede ofrecernos el barrio de Embajadores, para ello sólo tenemos que cruzar la calle de Toledo.

El barrio de Embajadores es el segundo barrio más grande del distrito de Centro, justo por detrás del barrio de Palacio. Se trata de un barrio de muy fácil delimitación, ya que sólo seis calles lo encierran: la calle de Toledo, las rondas de Toledo, Valencia y Atocha, la calle Atocha y la calle de Concepción Jerónima. Contiene casi 48 mil habitantes y destaca por contener calles más o menos rectas que extienden Madrid hacia el sur, donde se ubican las “rondas” que cierran el barrio. Se trata de un barrio fuertemente cosmopolita, donde se hablan muchísimos idiomas y se pueden ver gentes de todo tipo de raza y religión. Dentro de este barrio está la zona de Lavapiés, que podemos considerar casi un barrio en sí mismo.

El recorrido comenzó, como siempre, en la estación de Metro de Chamartín. Tomando la Línea 10 hasta la estación de Alonso Martínez y haciendo trasbordo allí a la Línea 5 que tomé hasta la estación de destino: La Latina. Hay que ir por la calle de Toledo hacia el norte para llegar, enseguida, a la Colegiata de San Isidro y al vecino instituto I.E.S. San Isidro, antiguo Colegio Imperial.

La Colegiata de San Isidro fue, hasta 1993 en que se consagró La Almudena, la antigua Catedral de Madrid. La iglesia fue construida en el siglo XVII como iglesia anexa al Colegio Imperial de la Compañía de Jesús. Pasada la mitad del siglo XVIII la iglesia fue expropiada tras la expulsión de los jesuitas y se vio convertida en colegiata. Carlos III decidió, porque es lo que hacían los reyes, que la nueva colegiata estuviera dedicada a San Isidro y mandó traer los restos mortales de éste desde San Andrés (juraría que aquellos dicen que el santo está allí) y los de su mujer, Santa María de la Cabeza. Después vino el sempiterno Ventura Rodríguez a arreglar los interiores. Al comenzar la Guerra Civil sufrió un incendio y un derrumbe parcial de la cúpula encamonada que allí se levantaba.

Colegiata de San Isidro – ©JMPhotographia

El Colegio Imperial de Madrid fue fundado por Felipe IV en 1625. Como ya hemos mencionado, estuvo gestionado por la Compañía de Jesús, orden religiosa que gozó del favor de la corte en aquella época. Su primer nombre fue el de Estudios Reales de San Isidro, pero más tarde pasó a llamarse Colegio Imperial por el favor de la emperatriz María de Austria, hijo de Carlos I y esposa de Maximiliano II del Sacro Imperio Romano, ambos emperadores. Su historia está vinculada a la de la Colegiata de San Isidro y por tanto, corrió la misma suerte que aquella: expulsión de los jesuitas, -aunque estos retomaron su gestión por un breve tiempo en el siglo XVIII-, hasta que finalmente se convirtió en un colegio laico en 1835. Aquí estudieron Lope de Vega, Quevedo y Calderón de la Barca, entre otros.

Caminando en dirección sur, desde allí, por la calle de los Estudios se llega a la Plaza de Cascorro, y si es domingo, habrá Rastro y todo el espacio estará dominado por tenderetes que venderán cualquier cosa que uno pueda imaginar y necesitar y por gentes dispuestas a pasear, remirar y comprar cualquier cosa que alguien pueda vender. Se trata de un espacio que puede llegar a cansar y a intimidar, pero que hay que vivir y visitar.

El Rastro y la estatua de Eloy Gonzalo – ©JMPhotographia

Lo primero que aparece ante nuestros ojos, pasados los primeros tenderetes vendiendo esto y aquello es la mencionada Plaza de Cascorro y su famosa estatua de Eloy Gonzalo. No voy a extenderme mucho sobre esta figura, muy conocida. Se trata de un héroe de la Guerra de Cuba que se destacó por una acción militar de valentía. Se le pinta con un fusil, una cuerda, una antorcha y un bidón de gasolina.

En la zona hay tres restaurantes dignos de mención por la calidad de platos que sirven y por su antigüedad: la Casa Amadeo de los Caracoles, el Malacatín y el Bar Santurce.

Plaza del General Vara del Rey – ©JMPhotographia

Éste último se halla muy cerca de la Plaza del General Vara del Rey, un espacio que podríamos considerar el corazón de El Rastro. Se accede a ella girando a la derecha en la Ribera de los Curtidores, por la calle de las Amazonas. Allí se hallaban algunos mataderos en el siglo XVI que dieron origen a la palabra “Rastro”, pues esta palabra se refiere al rastro de sangre que procedía del traslado a rastras de los animales degollados hasta las curtidurías que se hallaban cerca del Manzanares. Hay que notar el nombre de algunas calles de esta zona como Ribera de Curtidores, calle del Carnero o calle de Cabestreros que recuerdan el tipo de industria que ocupaba antiguamente toda aquella zona.

Cruzando la plaza y girando a la izquierda entramos en la calle de Carlos Arniches, y sin mucho andar nos encontramos con el Museo de Artes y Tradiciones Populares. Se trata de un museo situado en el Centro Cultural La Corrala y que se formó gracias a la donación de Guadalupe González-Hontoria a la Universidad Autónoma de Madrid. Las piezas que guarda son cosas de la vida cotidiana de las gentes españolas, incluyendo la esfera doméstica, la agrícola y ganadera, los oficios artesanales y la religiosidad popular.

Callejeando en dirección suroeste se llega a la Puerta de Toledo, y a su lado, pero en el barrio de Embajadores, no en el de Palacio, está la Biblioteca Pedro Salinas, inserta en una especie de plaza o parque del o de la que no he sido hasta la fecha de hoy capaz de averiguar si tiene un nombre.

Teatro Pavón – ©JMPhotographia

Volviendo por nuestros pasos y pasando por la calle del Carnero, me dirigí hacia la calle de Embajadores, atravesando el gentío de la Ribera de los Curtidores. Subiendo unos metros hacia el norte está el Teatro Pavón, hoy llamado por razones de patrocinio El Pavón Teatro Kamikaze. El teatro fue construido a finales del primer cuarto del siglo XX enteramente en estilo Art Decó. El edificio fue reformado en los años 50 y se transformó en cine, perdiendo toda su esencia original, pero tras varias vicisitudes, fue de nuevo reformado para recuperar su forma original de principios de este siglo.

Tras la visita al Teatro Pavón, y girando 180 grados para dirigirnos al sur por la calle de Embajadores, pasamos primero por delante de la Parroquia de San Millán y San Cayetano, un ejemplo del barroco madrileño con bastante historia, y después llegamos al Mercado de San Fernando, un mercado que tras décadas de deterioro y olvido se ha rehabilitado en los últimos años gracias al empuje de unos jóvenes que han reabierto hasta 20 puestos de venta.

Bajando todavía un poco más por la calle Embajadores y antes de llegar a la glorieta del mismo nombre, encontramos un pedazo de historia de Madrid: la antigua fábrica de tabacos o Tabacalera.

Se trata de un edificio del que, enseguida, vemos su vestustez y el signo del paso del tiempo sobre su fachada y sus ventanas. Lo cierto es que parece un edificio antiguo abandonado, pero no lo está: hoy en día es un centro de arte llamado Tabalacera. Aquí trabajaron durante más de un siglo muchas mujeres elaborando cigarros, las célebres cigarreras. El edificio se levantó a finales del siglo XVIII para albergar y producir los productos “estancados” del monopolio del Estado -la palabra “estanco” proviene de la circunstancia de que ciertos productos como el tabaco, el aguardiente o las barajas de naipes no podían venderse libremente sino bajo las restricciones impuestas por el Estado-, pero muy pronto quedó en exclusiva para la dedicación al tabaco. Sirvió para regularizar la situación de muchas mujeres que elaboraban cigarros en el barrio de manera clandestina. A finales del siglo XIX trabajaron en este edificio más de 6 mil mujeres en una ciudad que contaba con poco más de 300 mil habitantes.

Andando un poco más hacia el sur nos topamos con la Glorieta de Embajadores. A nuestra derecha emerge la Ronda de Toledo y a nuestra izquierda la breve Ronda de Valencia, que luego pasa a llamarse Ronda de Atocha hasta llegar a la Plaza de Carlos V, más conocida por el nombre que tuvo hasta 1941: Glorieta de Atocha.

Glorieta de Embajadores – ©JMPhotographia

Si recordáis la primera parte del recorrido por el barrio de Palacio, la cerca de Felipe IV que pasaba por donde está la Puerta de Toledo también lo hacía por la actual Glorieta de Embajadores, donde se ubicaba el llamado Portillo de Embajadores, un postigo menor de la cerca que fue derribado en 1868. En esta glorieta destaca la presencia de una antigua casa de baños, que todavía está allí, después de algún tiempo en el que no estuvo abierta al público.

Continuamos el paseo tomando la Ronda de Valencia el dirección al este, hacia Atocha. Justo antes de llegar a la calle de Valencia se levanta La Casa Encendida. Éste es un centro socio-cultural perteneciente a la Fundación Montemadrid. Se trata de un espacio de apoyo a los jóvenes artístas. Entre sus actividades están el teatro, conciertos, exposiciones, talleres de diversas artes, laboratorio de creación, centro de formación, espacio de reflexión, etc. El edificio data de 1911 y estuvo vinculado durante mucho tiempo a CajaMadrid.

La Casa Encendida – ©JMPhotographia

Tomando la calle de Valencia hacia la izquierda, en dirección norte, llegamos a la inmediaciones de la Plaza de Lavapiés, donde se alza el Teatro Valle-Inclán. Este teatro ocupa el lugar del antiguo Cine Olimpia, reacondicionado en 1993. Desde 2005, año en el que fue inaugurado, es la segunda sede, -tras el Teatro María Guerrero-, del Centro Dramático Nacional.

Andando unos pasos hacia el norte entramos en el triángulo de la Plaza de Lavapiés. Allí desemboca la calle de Argumosa, cuyo otro extremo final está en la Ronda de Atocha. Al lado de la sede de la UNED que allí hay se erigió hace no mucho una placa que conmemora la figura de Manolo Tena, nuestro querido y recordado amigo, con el lema “Lo difícil no es volar sino aterrizar”.

La plaza es el centro neurálgico del antiguo barrio de Lavapiés, en el arrabal de la ciudad, y lugar donde se asentaron gran parte de los judíos -judioconversos más bien- que permanecieron en España en época de Felipe II. Según se cuenta, en el centro de la plaza se situaba una fuente que dispensaba agua del cercano arroyo Abroñigal y que daría nombre finalmente a todo el barrio. Con el paso del tiempo y hasta el siglo XIX la zona se convirtió en un centro de actividad industrial, teniendo presencia allí una fábrica de coches, una fábrica de cervezas y la Tabacalera, de la que ya hemos hablado, que originariamente fue una fábrica de tabacos. A partir del siglo XX y hasta la actualidad, Lavapiés ha pasado por una reconversión que ha convertido el barrio en un lugar multiétnico y cosmopolita.

Plaza de Lavapiés – ©JMPhotographia

Tras bordear la Plaza de Lavapiés y tomar la calle del Tribulete en su totalidad hasta volver a la calle de Embajadores, entré de nuevo en el Mercado de San Fernando. Saliendo del mercado por la puerta norte llegué a la Plaza de Arturo Barea, lugar donde se levantan las Escuelas Pías de San Fernando. Estamos hablando de unos edificios en ruinas declarados “buenes de interés cultural” en 1996. Tuvieron su origen en el Colegio de San Fernando, construido en 1729. Se trataba de un colegio que acogía y se encargaba de la educación de gran multitud de niños pobres del barrio de forma gratuita gracias a numerosas e importantes donaciones de la ciudad y de la Monarquía. La cúpula que puede verse hoy en día y que destaca enormemente dentro del conjunto fue una iglesia levantada a finales del siglo XVIII.

Su estado ruinoso data de la Guerra Civil, ya que nada más comenzar la contienda, -concretamente un día después-, las Escuelas Pías fueron quemadas por mienbros de la C. N. T. aduciendo que dentro se escontraban falangistas que habían disparado a los transeúntes. Los edificios no fueron reconstruidos tras la guerra, a diferencia de muchos otros, y se quedaron tal cual hasta la actualidad, si bien a principios del siglo XXI se produjo una pequeña rehabitación para instalar alli una sede de la UNED.

Escuelas Pías – ©JMPhotographia

Justo al lado de las Escuelas Pías, en la calle del Sobrerete está la Corrala que lleva el mismo nombre. Se trata, quizá, de la corrala más grande y mejor conservada de Madrid. Fue construida en 1839 y reformada más tarde a finales del siglo XIX y a finales del siglo XX, momento en el que casi llegaron a desaparecer. Las corralas fueron un tipo de viviendas muy populares en Madrid porque podían dar cobijo a los muchos inmigrantes que recibió la ciudad en el siglo XIX y en los primeros años del siglo XX. Y la Corrala del Sombrerete sigue allí, en pie desde hace más de 130 años, soportándolo todo, derrumbes, guerras, intentos de deshaucios, etc. no precisamente por su condición de Monumento Nacional, sino por la solidaridad de sus vecinos, un hecho que no data de tiempos cercanos, sino de muy lejos.

La corrala que podemos ver ahora es la parte interior de la otra parte del edificio, ya que la otra parte que debería estar delante fue derribada, permitiendo, por tanto, que el otrora patio interior al que daban los corredores quedara expuesto y que lo que era fachada interior se convirtiera en fachada exterior. La parte donde se levantaba la fachada que fue derribada fue ocupada por un parque desde el que se admira la construccion.

Corrala del Sombrerete – ©JMPhotographia

Siguiendo la calle Sombrerete hacia el este la primera calle que cruza es la calle del Amparo. Es esta una de las calles más largas del barrio y tiene una considerable pendiente en algunos puntos. Tomándola en dirección norte llegué a la Plaza de Nelson Mandela,  desde allí, atravesándola, seguí en dirección norte por la calle de Mesón de Paredes.

La Plaza de Nelson Mandela es, -como su nombre indica-, moderna. Ocupa el espacio de un antiguo convento dedicado a Santa Catalina que fue derribado y que se hallaba contiguo a la Plaza de los Cabestreros. En esta plaza se situó otra fuente que tomaba sus aguas del mismo arroyo Abroñigal del que tomaba sus aguas la fuente que estaba en la Plaza de Lavapiés.

La calle de Mesón de Paredes es paralela a la calle del Amparo y también larga y rectilínea. Llega hasta la Ronda de Valencia por el sur y hasta la Plaza de Tirso de Molina por el norte, que es el final de esta primera parte del recorrido por el barrio de Embajadores. No obstante, antes de llegar a esa plaza hay que visitar una de las tabernas más antiguas de Madrid, si no la que más: la Taberna de Antonio Sánchez. Se trata de una taberna que ha vivido tres siglos de historia, hecho por el que también es conocida como Taberna de los Tres Siglos. Conserva su azulejería original, así como su instalación de gas y la caja registradora, que tiene nada más y nada menos que 120 años. Siempre ha estado vinculada al mundo de la tauromaquia, por lo que su decoración, a los que no nos gustan los toros asesinados, no nos parecerá bonita ni acertada ni de buen gusto.

Taberna de Antonio Sánchez – ©JMPhotographia

Un poco más al norte la calle desemboca en la Plaza de Tirso de Molina, otra plaza de forma triangular que anteriormente recibía el nombre de Plaza del Progreso. La plaza tiene su origen en 1840 cuando se procedió al derribo del antiguo Convento de la Merced que ocupaba el lugar. En la actualidad hay un mercado floral, y varias estatuas -entre las que destaca la dedicada al propio Tirso de Molina- y fuentes, además de un parque infantil.

 


En la segunda y última parte del recorrido por el barrio de Embajadores nos moveremos esencialmete hacia el suroeste, desde la Plaza de Tirso de Molina hasta el Reina Sofía. Pasaremos por teatros, cines, mercados, calles con vistas y terminaremos en un gran museo de arte moderno.


Todas las fotos de esta primera parte del recorrido por el barrio de Embajadores:

Colegiata de San Isidro - ©JMPhotographia

 

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[Cap. 3] Conociendo mi ciudad: Barrio de Palacio (Centro) 3ª parte

Habíamos terminado la segunda parte del recorrido por el barrio de Palacio en la Plaza de Isabel II: vamos a comenzar esta tércera y última parte justo desde ese punto y desplazándonos sin más esperar hasta la Plaza de Oriente a través de la calle de Felipe V, por la parte norte del Teatro Real.

Yo no sé a vosotros, pero a mí, desde pequeño, la forma del Teatro Real siempre me ha paracido una especie de ataúd.

Calle de Felipe V y fachada norte del Teatro Real. Al fondo el Palacio Real y a caballo el rey Felipe IV en su monumento – ©JMPhotographia

Como dijimos en la publicación anterior, el Teatro Real fue inaugurado en 1850. En realidad, justo en el mismo lugar, estuvo ubicando otro teatro anterior llamado Teatro de los Caños del Peral, inaugurado en 1738, reinando Felipe V. Además de teatro, aquella construcción tuvo otro uso importante, al menos histórica y políticamente: acogió sesiones de las Cortes Constituyentes de Cádiz en enero de 1814.

El actual teatro tuvo muchas vicisitudes en su construcción, pues esta duró nada más y nada menos que 33 años, desde 1818 en que comenzó por impulso de Fernando VII, -quien quería un teatro de ópera que pudiera compararse con los principales teatros líricos europeos-, hasta 1850, año en que por fin pudo inaugurarse, ya bajo el reinado de Isabel II. Antes de esa fecha, volvió a convertirse en un espacio político, ya que fue sede parlamentaria del Congreso de los Diputados en 1841.

Años después, en 1925, debido a un derrumbe y a la posterior Guerra Civil, el teatro estuvo en fase de remodelación durante 41 años. El teatro se reabrió en 1966 como un auditorio, y no fue hasta al final del siglo XX que se pudo reabrir como teatro de ópera en 1991, tras otros 7 años de remodelación.

La Plaza de Oriente se inauguró unos años antes que el Teatro Real, concretamente en 1841, si buen la idea de hacerl una plaza junto al Palacio Real siempre estuvo en la mente de los monarcas anteriores. Ya conocemos al artífice de la Plaza: El Rey Plazuelas. Efectivamente, fue José Bonaparte el que realizó el proyecto, haciendo lo que más le gustaba hacer, o casi lo que más: derribar edificios.

Fachada del Teatro Real a la Plaza de Oriente – ©JMPhotographia

Su nombre no proviene del hecho de hallarse en el este de la ciudad, ya que en realidad está en la parte occidental; tampoco proviene del hecho de estar decorada al estilo oriental; el realidad, su nombre le viene por su situación respecto al Palacio Real.

En el centro de la plaza está el Monumento a Felipe IV. La escultura que corona el monumento está considerada la primera estatua ecuestre que representa a un caballo asentado únicamente sobre sus dos patas traseras. Los jardines que rodean este monumento han sido dispuestos de varias maneras, ya que, en un primer momento, tuvieron un diseño circular que, desde 1941, fue cambiado a un diseño en cuadrícula. Otra gran reforma en la plaza se realizó durante la alcaldía de José María Álvarez del Manzano, y consistió en la soterración de la calle Bailén además de la construcción de un aparcamiento subterráneo y de la peatonalización de la parte aledaña al propio Palacio.

Las estatuas de reyes hispánicos que hay en la plaza estaban en un principio destinadas a ocupar un lugar en las cornisas del Palacio Real, si bien nunca ocuparon ese emplazamiento por temor a que los techos no aguantaran el peso. Acerca de este hecho corre una leyenda sobre un sueño que tuvo la reina Bárbara de Braganza. Finalmente estas estatuas, muy numerosas, se repartieron por diferentes puntos de la plaza, de la ciudad y de España.

Uno de los paseos con estatuas de reyes hspánicos de la Plaza de Oriente – ©JMPhotographia

En las partes norte y sur de la plaza hay sendos jardines con nombre propio: los Jardines del Cabo Noval en la parte norte; y los Jardines de Lepanto en la parte sur. Estos jardines se distinguen claramente de los jardines centrales por contener plátanos y árboles de mayor tamaño además de monumentos escultóricos a personalidades militares.

Monasterio de la Encarnación – ©JMPhotographia

Dejando la Plaza de Oriente por el norte se llega de manera inmediata al Monasterio de la Encarnación. Este monasterio de monjas agustinas recoletas se edificó en el siglo XVII por orden de Margarita de Austria, esposa de Felipe III. El edificio se puede visitar parcialmente y en él pueden verse obras de Ribera, obras hechas en bronce, marfil y coral y tallas de Juan de Mena y Salzillo. Sin embargo, lo más famoso que hay dentro del monasterio es la reliquia de la sangre de San Pantaleón que, según dicen los más creyentes, se licúa todos los años el 27 de julio.

Un siglo más tarde el edificio fue reformado tras un incendio que lo dañó sobre todo en el interior. Ventura Rodriguez participó en esta reforma, encargándose de la decoración junto a otros artistas neoclásicos. El resultado fue un importante acervo de obras pictóricas y escultóricas.

Siguiendo en dirección noreste por la calle de la Bola está el restaurante La Bola, en la esquina con la calle de Guillermo Rolland. Este restaurante es famoso por despachar el mejor cocido madrileño de la ciudad y, por ende, del mundo entero. Muchos lo han probado y han tenido esa sensación.

Se fundó como botellería a principios del siglo XIX, y no fue hasta 1870 que se transformó en restaurante, aunque con otro nombre distinto al actual. Dada su historia como botellería, La Bola tiene la particularidad de servir el cocido en pucheros de cocción de barrio individuales. Parece ser que ellos inventaron esta forma de hacerlo y todos los demás que lo sirven así lo hicieron después.

Siguiendo por la mencionada calle de Guillermo Rolland se llega rápido a la Plaza de la Marina Española, el lugar donde está el Senado y el Palacio del Marqués de Grimaldi, diseñado por Francisco Sabatini y famoso por haber sido el lugar de residencia de Manuel Godoy durante unos años. En la actualdad el palacio alberga la sede del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Plaza de la Marina Española, sede del Senado – ©JMPhotographia

El edificio del Senado, también llamado Palacio del Senado, fue construido en el siglo XVI como edificio destinado a ser el Colegio de la Encarnación, espacio anexo al Monasterio de la Encarnación del que ya hemos tenido la ocasión de hablar. A principios del siglo XIX ya tuvo un uso político siendo sede de las Cortes Unicamerales en 1814, y años más tarde también, entre 1820 y 1823. Es la sede del Senado como tal sólo desde la restitución de la democracia y después de la redacción de la actual Constitución de 1978. Entre estos años el edificio fue usado para diferentes usos políticos durante la Segunda República y el régimen de Franco.

La superficie semicircular que puede verse desde la calle Bailén es un anexo que se construyó para el Senado a finales del siglo XX.

Edificio semicircular del Senado en la calle Bailén, junto a la Plaza de España – ©JMPhotographia

Cruzando la calle Bailén están los famosos Jardines de Sabatini, espacio anexo al Palacio Real al que se accede bajando por unas escaleras. Cerca de allí había un simpático mimo con un reloj colgado del cuello, integrado con el paisaje casi como si perteneciera por completo a él. Los Jardines de Sabatini, a pesar de su nombre, no tienen nada que ver con Sabatini… bueno, una cosa sí, fueron construidos en el lugar -frente a la fachada norte- donde Sabatini construyó las caballerizas del Palacio Real.

Se trata de unos jardines clasicistas que cuentan con un estanque y un puñado de estatuas que estaban destinadas a ocupar lugares en las cornisas del palacio pero que tuvieron que ser repartidas por diversos puntos para aligerar de peso los techos.

La obra data de tiempos de la Segunda República, a principios de los años 30, y terminó de ser construida tras finalizar la Guerra Civil. Las escaleras de acceso, por su parte, son posteriores, de principios de los años 70, substituyendo a otras anteriores que eran menos “monumentales”.

Jardines de Sabatini – ©JMPhotographia

De nuevo en la calle Bailén y pasando el espacio ocupado por el propio Palacio Real llegamos a la Plaza de la Armería, un espacio entre el Palacio Real y la Catedral de la Almudena que siempre está muy concurrido por turistas.

Plaza de la Armería – ©JMPhotographia

Esta plaza fue diseñada por Narciso Pascual y Colomer, el mismo arquitecto de los Jardines del Campo del Moro y de la Plaza de Oriente, y -ya lo veremos más adelante-, del Congreso de los Diputados. Su construcción se llevó a término a finales del siglo XIX. La plaza substituyó a otra plaza anterior llamada Plaza de Palacio y después, -tras construirse un arco en dicho lugar-, Plaza del Arco de Palacio.

El Palacio Real, como ya hemos tenido ocasión de decir, substituyó al antiguo Real Alzácar que se quemó en 1734. Aquel Real Alcázar tuvo su origen en una fortaleza musulmana del siglo IX que fue paulatinamente ampliándose y mejorándose a lo largo de los siglos. Durante todo ese tiempo albergó multitud de obras de arte que, desgraciadamente, no pudieron ser salvadas en muchos casos.

De los objetos voluminosos, -que fueron los últimos que se intentaron salvar-, destaca la suerte de Las Meninas de Velázquez: el cuadro pudo ser salvado al ser arrojado por una ventana.

Sobre las ruinas del Real Alcázar se construyó el actual Palacio Real. El edificio comenzó a construirse tan sólo cuatro años después del incendio del Real Alcázar y su construcción se demoró más de tres decenios. El palacio, como tal, es el más grande de Europa Occidental y uno de los más grandes del mundo, casi doblando en extensión a los palacios de Buckingham y de Versalles.

Actualmente ningún rey vive en el Palacio Real, -el último en hacerlo fue Alfonso XII-, por lo que está destinado para actos solemnes y recepciones oficiales de Estado. También reúne, como fue el caso del Real Alcázar, un valioso patrimonio histórico-artístico de obras pictóricas, escultóricas, de tapicería y de instrumentos musicales. Dentro del palacio está la Real Biblioteca o Biblioteca de Palacio, un lugar en el que he tenido el privilegio de trabajar -como investigador-, para mi tesis doctoral.

El siguiente y último punto de mi recorrido por el barrio de Palacio es la Catedral de la Almudena, llamada oficialmente Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Santa María la Real de la Almudena. Fue consagrada en 1993 por el papa Juan Pablo II.

A pesar de su exterior neoclásico, su interior reúne objetos decorativos modernos y de colores llamativos, aunque vinculados al neogótico, estilo en cierto modo opuesto al neoclásico del exterior.

La Catedral de la Almudena – ©JMPhotographia

La Catedral de la Almudena comenzó a ser construida en 1883, por lo que se tardó en terminar de construir más de un siglo. Su orientación es peculiar, ya que no es este-oeste como la inmensa mayoría de las catedrales, sino norte-sur. Esto se debe a que quiso ser integrada en el conjunto monumental que incluye a la propia catedral y al Palacio Real.

Se puede visitar la cúpula y el Museo con una misma entrada combinada. La subida a la cúpula, según dicen, no ofrece vistas magníficas, si bien otros afirman lo contrario, -supongo que será cuestión de gustos-; el museo expone objetos de valor histórico y religioso de la Diócesis de Madrid.

A la cripta se accede por la calle Mayor, está situada debajo de la catedral con las mismas dimensiones de su planta y es una visita menos habitual pero no por ello menos imprescindible. Si vas a visitar la catedral, aunque seas total y completamente ateo como yo, en la cripta descubrirás algunas cosas. La cripta presenta un tercer estilo arquitectónico dentro del conjunto catedralicio, ya que si es exterior es neoclásico y el interior neogótico, aquí tenemos un estilo neorrománico muy diferente al resto, principalmente por las 400 columnas y 20 capillas que podremos contemplar. Encontrarás muchísimas tumbas, unas de gente rica que está en los suelos y que pisarás aún no queriendo, y otras de gente muy rica que están escoradas en las capillas, que no podrás pisar ni aunque quieras.

 


 

Y asi terminamos el recorrido fotográfico por el barrio de Palacio. Ha resultado ser toda una aventura y he aprendido muchísimo sobre mi ciudad. Este barrio se ha convertido en mi parte preferida de Madrid, pero no voy a pararme aquí. El siguiente recorrido fotográfico me llevará al barrio de Embajadores, la parte sur del distrito de Centro, con el Rastro, la zona de Lavapiés, la plaza de Tirso de Molina y un icono de la modernidad: el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Si hay alguna información errónea, por favor, comentádmelo. Asímismo, sería para mí un placer que comentarais qué os gusta más del barrio de Palacio, qué zona preferís para pasear, etc. También sería muy bienvenida cualquier información que no haya aparecido en estas tres entradas y que consideréis que merece atención por su relevancia o belleza. ¡Gracias!



Todas las fotografías de este tercera y última parte del recorrido por el barrio de Palacio:

Calle Felipe V rumbo a la Plaza de Oriente - ©JMPhotographia