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Probando mi nuevo teleobjetivo desde el Cerro del Tío Pío

Desde que me metí en el mundo de la fotografía siempre había pensado en adquirir un teleobjetivo con la idea de que era necesario cubrir una distancia focal mayor que lograra darme otra perspectiva a la hora de captar las cosas. Si esto es cierto también lo es que, tras unos primeros pasos en los que se aprende mucho, no sólo de fotografía en sí sino también de algo tan importante como eso: es decir, aprendes el tipo de fotografía que produces.

En cierto modo ese período de aprendizaje y primera toma de contacto con una cámara fotográfica determina qué clase de fotografías vamos a producir, no hablo de géneros fotográficos, sino del tipo de fotos que vamos a hacer preferentemente. Me di cuenta de que el teleobjetivo podía esperar, prefería tener ópticas más luninosas con un rango focal más estándar.

Así sucedió que la primera alternativa que me di al objetivo de kit fue un Yongnuo 50mm F1.8. Era todo lo barato que me podía permitir, menos de 100 euros. Este objetivo me permitió desenfocar más y mejorar el aspecto de los retratos. No es el mejor objetivo 50mm que hay en el mercado, pero si cruzamos la calidad con el precio es perfectamente el mejor. El siguiente objetivo que compré tampoco fue un teleobjetivo, sino que decidí completar mi colección Yongnuo con el 35mm F2, que me permitió hacer fotos más angulares con la misma capacidad de obtener luz.

Comprar dos objetivos de focal fija fue una buena idea, según creo. Todo el mundo dice que son mucho más didácticos que los zoom, ya que te obligan a moverte para buscar la foto, a diferencia de los zoom que te permiten encuadrar sin cambiar de posición. Respecto a esto, hay fotógrafos que aman las focales fijas y otros que prefieren los objetivos zoom. Yo, a título particular, creo que las dos filosofías son complementarias y que cada una sirve bien para algo.

Podría pensarse que teniendo un 18-55, un 35 y un 50 lo siguiente que vendría necesariamente sería un teleobjetivo, pero no. Decidí substituir el objetivo de kit por algo más contundente. Me fijé en un 17-50 de Sigma con una apertura de F2.8 en toda la focal. Este es un objetivo muy diferente al de kit tanto en peso como en tamaño, y me refiero al diámetro (58mm frente a 77mm). El Sigma pesa muchísimo más, pero hace parecer mi cámara más grande, y eso para un hombre, quiero decir para un fotógrafo, lo es todo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si, llegó el momento de comprar un teleobjetivo. Ya estaba preparado. Sin embargo, un teleobjetivo de cierta calidad nuevo se me escapaba totalmente del presupuesto por lo que tuve que mirar alternativas. Sin ninguna experiencia me metí en las subastas de Ebay y estuve indagando bastante sobre diferentes teleobjetivos. Me gustó el Tanrom SP 70-300 Di VC USD F4-5.6, me metí en una subasta y después 6 días esperando el final de dicha subasta mis estrategias surgieron efecto y conseguí ganar la puja por un sólo euro de diferencia. Ya tenía mi teleobjetivo de segunda mano, nuevo me hubiera costado casi 500 euros, en la subasta lo conseguí por menos de 200. Y funciona fenomenal, siempre que lo veo y lo uso no recuerdo que no es nuevo, porque está en perfecto estado.

En cuanto lo tuve en casa me puse como un loco a plasmar mundos lejanos. Fue una sensación extraña, previsible pero extraña de todas modos. Las focales que venía usando no acercaban la realidad más allá de lo que ven mis propios ojos, lo que tenía a mi disposición ahora era poder: el poder de acercar la realidad hasta mis ojos.

Empecé a trastear con él y a conocerlo. Y en 10 minutos ya estaba contento de no haber tirado por lo barato y haberme comprado un 55-200 de Nikon, por muy nuevo que fuera. Ahora tengo un teleobjetivo que cuando lo pongo en mi cámara parece que ésta se ha tomado anabolizantes. Me encantan las fotos que puedo conseguir con él. Hay que entrenarse un poco, es cierto, porque puedes hacer fotos a 1/500 y que te salgan un poco movidas si no te concentras y te estabilizas bien. La práctica hace al monje, ¿era así, no?

Tengo un teleobjetivo. Y con él no capto únicamente las cosas que quedan lejos, también hago retratos espectaculares que me encantan. Ha tardado pero ya está aquí.

 



 

[Cap. 3] Conociendo mi ciudad: Barrio de Palacio (Centro) 3ª parte

Habíamos terminado la segunda parte del recorrido por el barrio de Palacio en la Plaza de Isabel II: vamos a comenzar esta tércera y última parte justo desde ese punto y desplazándonos sin más esperar hasta la Plaza de Oriente a través de la calle de Felipe V, por la parte norte del Teatro Real.

Yo no sé a vosotros, pero a mí, desde pequeño, la forma del Teatro Real siempre me ha paracido una especie de ataúd.

Calle de Felipe V y fachada norte del Teatro Real. Al fondo el Palacio Real y a caballo el rey Felipe IV en su monumento – ©JMPhotographia

Como dijimos en la publicación anterior, el Teatro Real fue inaugurado en 1850. En realidad, justo en el mismo lugar, estuvo ubicando otro teatro anterior llamado Teatro de los Caños del Peral, inaugurado en 1738, reinando Felipe V. Además de teatro, aquella construcción tuvo otro uso importante, al menos histórica y políticamente: acogió sesiones de las Cortes Constituyentes de Cádiz en enero de 1814.

El actual teatro tuvo muchas vicisitudes en su construcción, pues esta duró nada más y nada menos que 33 años, desde 1818 en que comenzó por impulso de Fernando VII, -quien quería un teatro de ópera que pudiera compararse con los principales teatros líricos europeos-, hasta 1850, año en que por fin pudo inaugurarse, ya bajo el reinado de Isabel II. Antes de esa fecha, volvió a convertirse en un espacio político, ya que fue sede parlamentaria del Congreso de los Diputados en 1841.

Años después, en 1925, debido a un derrumbe y a la posterior Guerra Civil, el teatro estuvo en fase de remodelación durante 41 años. El teatro se reabrió en 1966 como un auditorio, y no fue hasta al final del siglo XX que se pudo reabrir como teatro de ópera en 1991, tras otros 7 años de remodelación.

La Plaza de Oriente se inauguró unos años antes que el Teatro Real, concretamente en 1841, si buen la idea de hacerl una plaza junto al Palacio Real siempre estuvo en la mente de los monarcas anteriores. Ya conocemos al artífice de la Plaza: El Rey Plazuelas. Efectivamente, fue José Bonaparte el que realizó el proyecto, haciendo lo que más le gustaba hacer, o casi lo que más: derribar edificios.

Fachada del Teatro Real a la Plaza de Oriente – ©JMPhotographia

Su nombre no proviene del hecho de hallarse en el este de la ciudad, ya que en realidad está en la parte occidental; tampoco proviene del hecho de estar decorada al estilo oriental; el realidad, su nombre le viene por su situación respecto al Palacio Real.

En el centro de la plaza está el Monumento a Felipe IV. La escultura que corona el monumento está considerada la primera estatua ecuestre que representa a un caballo asentado únicamente sobre sus dos patas traseras. Los jardines que rodean este monumento han sido dispuestos de varias maneras, ya que, en un primer momento, tuvieron un diseño circular que, desde 1941, fue cambiado a un diseño en cuadrícula. Otra gran reforma en la plaza se realizó durante la alcaldía de José María Álvarez del Manzano, y consistió en la soterración de la calle Bailén además de la construcción de un aparcamiento subterráneo y de la peatonalización de la parte aledaña al propio Palacio.

Las estatuas de reyes hispánicos que hay en la plaza estaban en un principio destinadas a ocupar un lugar en las cornisas del Palacio Real, si bien nunca ocuparon ese emplazamiento por temor a que los techos no aguantaran el peso. Acerca de este hecho corre una leyenda sobre un sueño que tuvo la reina Bárbara de Braganza. Finalmente estas estatuas, muy numerosas, se repartieron por diferentes puntos de la plaza, de la ciudad y de España.

Uno de los paseos con estatuas de reyes hspánicos de la Plaza de Oriente – ©JMPhotographia

En las partes norte y sur de la plaza hay sendos jardines con nombre propio: los Jardines del Cabo Noval en la parte norte; y los Jardines de Lepanto en la parte sur. Estos jardines se distinguen claramente de los jardines centrales por contener plátanos y árboles de mayor tamaño además de monumentos escultóricos a personalidades militares.

Monasterio de la Encarnación – ©JMPhotographia

Dejando la Plaza de Oriente por el norte se llega de manera inmediata al Monasterio de la Encarnación. Este monasterio de monjas agustinas recoletas se edificó en el siglo XVII por orden de Margarita de Austria, esposa de Felipe III. El edificio se puede visitar parcialmente y en él pueden verse obras de Ribera, obras hechas en bronce, marfil y coral y tallas de Juan de Mena y Salzillo. Sin embargo, lo más famoso que hay dentro del monasterio es la reliquia de la sangre de San Pantaleón que, según dicen los más creyentes, se licúa todos los años el 27 de julio.

Un siglo más tarde el edificio fue reformado tras un incendio que lo dañó sobre todo en el interior. Ventura Rodriguez participó en esta reforma, encargándose de la decoración junto a otros artistas neoclásicos. El resultado fue un importante acervo de obras pictóricas y escultóricas.

Siguiendo en dirección noreste por la calle de la Bola está el restaurante La Bola, en la esquina con la calle de Guillermo Rolland. Este restaurante es famoso por despachar el mejor cocido madrileño de la ciudad y, por ende, del mundo entero. Muchos lo han probado y han tenido esa sensación.

Se fundó como botellería a principios del siglo XIX, y no fue hasta 1870 que se transformó en restaurante, aunque con otro nombre distinto al actual. Dada su historia como botellería, La Bola tiene la particularidad de servir el cocido en pucheros de cocción de barrio individuales. Parece ser que ellos inventaron esta forma de hacerlo y todos los demás que lo sirven así lo hicieron después.

Siguiendo por la mencionada calle de Guillermo Rolland se llega rápido a la Plaza de la Marina Española, el lugar donde está el Senado y el Palacio del Marqués de Grimaldi, diseñado por Francisco Sabatini y famoso por haber sido el lugar de residencia de Manuel Godoy durante unos años. En la actualdad el palacio alberga la sede del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Plaza de la Marina Española, sede del Senado – ©JMPhotographia

El edificio del Senado, también llamado Palacio del Senado, fue construido en el siglo XVI como edificio destinado a ser el Colegio de la Encarnación, espacio anexo al Monasterio de la Encarnación del que ya hemos tenido la ocasión de hablar. A principios del siglo XIX ya tuvo un uso político siendo sede de las Cortes Unicamerales en 1814, y años más tarde también, entre 1820 y 1823. Es la sede del Senado como tal sólo desde la restitución de la democracia y después de la redacción de la actual Constitución de 1978. Entre estos años el edificio fue usado para diferentes usos políticos durante la Segunda República y el régimen de Franco.

La superficie semicircular que puede verse desde la calle Bailén es un anexo que se construyó para el Senado a finales del siglo XX.

Edificio semicircular del Senado en la calle Bailén, junto a la Plaza de España – ©JMPhotographia

Cruzando la calle Bailén están los famosos Jardines de Sabatini, espacio anexo al Palacio Real al que se accede bajando por unas escaleras. Cerca de allí había un simpático mimo con un reloj colgado del cuello, integrado con el paisaje casi como si perteneciera por completo a él. Los Jardines de Sabatini, a pesar de su nombre, no tienen nada que ver con Sabatini… bueno, una cosa sí, fueron construidos en el lugar -frente a la fachada norte- donde Sabatini construyó las caballerizas del Palacio Real.

Se trata de unos jardines clasicistas que cuentan con un estanque y un puñado de estatuas que estaban destinadas a ocupar lugares en las cornisas del palacio pero que tuvieron que ser repartidas por diversos puntos para aligerar de peso los techos.

La obra data de tiempos de la Segunda República, a principios de los años 30, y terminó de ser construida tras finalizar la Guerra Civil. Las escaleras de acceso, por su parte, son posteriores, de principios de los años 70, substituyendo a otras anteriores que eran menos “monumentales”.

Jardines de Sabatini – ©JMPhotographia

De nuevo en la calle Bailén y pasando el espacio ocupado por el propio Palacio Real llegamos a la Plaza de la Armería, un espacio entre el Palacio Real y la Catedral de la Almudena que siempre está muy concurrido por turistas.

Plaza de la Armería – ©JMPhotographia

Esta plaza fue diseñada por Narciso Pascual y Colomer, el mismo arquitecto de los Jardines del Campo del Moro y de la Plaza de Oriente, y -ya lo veremos más adelante-, del Congreso de los Diputados. Su construcción se llevó a término a finales del siglo XIX. La plaza substituyó a otra plaza anterior llamada Plaza de Palacio y después, -tras construirse un arco en dicho lugar-, Plaza del Arco de Palacio.

El Palacio Real, como ya hemos tenido ocasión de decir, substituyó al antiguo Real Alzácar que se quemó en 1734. Aquel Real Alcázar tuvo su origen en una fortaleza musulmana del siglo IX que fue paulatinamente ampliándose y mejorándose a lo largo de los siglos. Durante todo ese tiempo albergó multitud de obras de arte que, desgraciadamente, no pudieron ser salvadas en muchos casos.

De los objetos voluminosos, -que fueron los últimos que se intentaron salvar-, destaca la suerte de Las Meninas de Velázquez: el cuadro pudo ser salvado al ser arrojado por una ventana.

Sobre las ruinas del Real Alcázar se construyó el actual Palacio Real. El edificio comenzó a construirse tan sólo cuatro años después del incendio del Real Alcázar y su construcción se demoró más de tres decenios. El palacio, como tal, es el más grande de Europa Occidental y uno de los más grandes del mundo, casi doblando en extensión a los palacios de Buckingham y de Versalles.

Actualmente ningún rey vive en el Palacio Real, -el último en hacerlo fue Alfonso XII-, por lo que está destinado para actos solemnes y recepciones oficiales de Estado. También reúne, como fue el caso del Real Alcázar, un valioso patrimonio histórico-artístico de obras pictóricas, escultóricas, de tapicería y de instrumentos musicales. Dentro del palacio está la Real Biblioteca o Biblioteca de Palacio, un lugar en el que he tenido el privilegio de trabajar -como investigador-, para mi tesis doctoral.

El siguiente y último punto de mi recorrido por el barrio de Palacio es la Catedral de la Almudena, llamada oficialmente Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Santa María la Real de la Almudena. Fue consagrada en 1993 por el papa Juan Pablo II.

A pesar de su exterior neoclásico, su interior reúne objetos decorativos modernos y de colores llamativos, aunque vinculados al neogótico, estilo en cierto modo opuesto al neoclásico del exterior.

La Catedral de la Almudena – ©JMPhotographia

La Catedral de la Almudena comenzó a ser construida en 1883, por lo que se tardó en terminar de construir más de un siglo. Su orientación es peculiar, ya que no es este-oeste como la inmensa mayoría de las catedrales, sino norte-sur. Esto se debe a que quiso ser integrada en el conjunto monumental que incluye a la propia catedral y al Palacio Real.

Se puede visitar la cúpula y el Museo con una misma entrada combinada. La subida a la cúpula, según dicen, no ofrece vistas magníficas, si bien otros afirman lo contrario, -supongo que será cuestión de gustos-; el museo expone objetos de valor histórico y religioso de la Diócesis de Madrid.

A la cripta se accede por la calle Mayor, está situada debajo de la catedral con las mismas dimensiones de su planta y es una visita menos habitual pero no por ello menos imprescindible. Si vas a visitar la catedral, aunque seas total y completamente ateo como yo, en la cripta descubrirás algunas cosas. La cripta presenta un tercer estilo arquitectónico dentro del conjunto catedralicio, ya que si es exterior es neoclásico y el interior neogótico, aquí tenemos un estilo neorrománico muy diferente al resto, principalmente por las 400 columnas y 20 capillas que podremos contemplar. Encontrarás muchísimas tumbas, unas de gente rica que está en los suelos y que pisarás aún no queriendo, y otras de gente muy rica que están escoradas en las capillas, que no podrás pisar ni aunque quieras.

 


 

Y asi terminamos el recorrido fotográfico por el barrio de Palacio. Ha resultado ser toda una aventura y he aprendido muchísimo sobre mi ciudad. Este barrio se ha convertido en mi parte preferida de Madrid, pero no voy a pararme aquí. El siguiente recorrido fotográfico me llevará al barrio de Embajadores, la parte sur del distrito de Centro, con el Rastro, la zona de Lavapiés, la plaza de Tirso de Molina y un icono de la modernidad: el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Si hay alguna información errónea, por favor, comentádmelo. Asímismo, sería para mí un placer que comentarais qué os gusta más del barrio de Palacio, qué zona preferís para pasear, etc. También sería muy bienvenida cualquier información que no haya aparecido en estas tres entradas y que consideréis que merece atención por su relevancia o belleza. ¡Gracias!



Todas las fotografías de este tercera y última parte del recorrido por el barrio de Palacio:

Calle Felipe V rumbo a la Plaza de Oriente - ©JMPhotographia

 

[Cap. 2] Conociendo mi ciudad: Barrio de Palacio (Centro) 2ª parte

Habíamos dejado el recorrido por el barrio de Palacio en la Iglesia de la Paloma, muy cerca de la Puerta de Toledo. Continuemos, por tanto, la andadura desde ese punto y adentrémonos ya en las viejas y castizas calles del Madrid de los Austrias: el auténtico corazón de Madrid.

Siguiendo por la calle de la Paloma hacia el norte me encontré con la calle de Calatrava, giré hacia la izquierda por la misma hasta llegar a la siguiente calle, que es la calle del Águila. Tomé esta calle en dirección norte hasta llegar a un lugar en el que confluye esta calle con la calle del Ángel y la calle de las Aguas y donde termina (o comienza, según el sentido en el que uno camina) la calle de Tabernillas, que conduce hasta la desaparecida Puerta de Moros, junto a la actual Plaza de los Carros. Toda esta zona tiene una fuerte presencia en Fortunata y Jacinta, quizá la mejor novela de Benito Pérez Galdós.

Mi camino, no obstante, no fue por la calle de Tabernillas, sino por la calle de las Aguas y cruzando la Carrera de San Francisco hasta la calle de Don Pedro, donde uno se topa con la Real Academia de Ingeniería. A diferencia de lo que uno puede imaginarse por el edificio y por la zona en la que está situada, la Real Academia de Ingeniería es una institución muy joven, creada por real decreto en 1994 siguiendo la tradición de las Reales Academias ya existentes. El edificio en el que está es el Palacio del Marqués de Villafranca y Medina Sidonia, quien fue su primer morador.

Girando a la derecha por la calle de Don Pedro, en dirección al este, se llega a la Plaza de los Carros, la más grande y la más reconocible de cinco plazas que se encuentran muy cercanas: las otras cuatro son la Plaza de San Andrés, donde está el Museo de San Isidro; la Plaza del Humilladero, el lugar al que desembocan las dos Cavas, la ya mencionada Plaza de la Puerta de Moros; y finalmente la Plaza de la Cebada, donde se ubica el celebérrimo mercado del mismo nombre.

Plaza de los Carros – ©JMPhotographia

La Plaza de los Carros recibe su nombre por haber sido, casi hasta principios del siglo XX, un conocido punto de reunión del transporte en carretas y carros. En la plaza destaca la cúpula de la Real Iglesia de San Andrés Apostol, también llamada Capilla de San Isidro. Antes de esta magnífica iglesia se levantaba en el mismo lugar otra iglesia mucho más modesta donde acudían frecuentemente San Isidro y su mujer, Santa María de la Cabeza, y donde más tarde reposarían los restos del patrón de Madrid; y antes de ello, quizá, ocupara el lugar una mezquita.

En la Plaza de San Andrés está el moderno Museo de San Isidro, llamado también Museo de los Orígenes, donde se halla el pozo en el que, según la leyenda, San Isidro salvó a su propio hijo haciendo subir las aguas. El museo está dedicado a la historia de Madrid desde la prehistoria hasta el establecimiento de la corte en la ciudad.

Museo de San Isidro o de los Orígenes – ©JMPhotographia

La Plaza de la Cebada es poco reconocible, ya que en el plano de las calles de Madrid no es más que una calle, puesto que el espacio que realmente es la plaza no parece una plaza. De hecho, ese espacio está ocupado por el  mercado y por el llamado “Campo de la Cebada”. La plaza recibió ese nombre por ser el lugar en el que se separaban dos clases de cebada, por un lado la destinada para el consumo de los caballos del rey y, por otro, la que serviría de sustento a los regimientos de caballería. En la plaza se encuentra lo que fue en su tiempo uno de los mercados de abastos más grandes de la ciudad. En realidad, es el segundo mercado construido allí, ya que el primero, que era realmente un mercado “central”, se construyó en 1870, pero fue derribado por problemas higiénicos en 1956. El mercado actual data de dos años más tarde.

La Cava Alta – ©JMPhotographia

Subiendo por la calle de Toledo en dirección norte aparece la Cava Alta, que queda a nuestra izquierda. La Cava Alta es una calle en forma de L -más o menos-, que tras hacer el giro de 90 grados a la izquierda nos devuelve a la Plaza del Humilladero, lugar desde el que tomé en dirección opuesta la otra Cava, la Cava Baja, que conduce hacia el norte a la Plaza de Puerta Cerrada. Las dos Cavas reciben ese curioso nombre por ser antiguos túneles o pasadizos que transgredían los antiguos límites de la muralla cristiana comunicando la villa con los arrabales. En ella está un restaurante con mucha historia, Casa Lucio, y solía estar una espartería muy característica del Madrid antiguo que ha sido trasladada a la calle del Mediodía Grande.

La Cava Baja – ©JMPhotographia

La Plaza de Puerta Cerrada, como su nombre indica, era el emplazamiento de una de las puertas de la muralla cristiana. En ella confluye la calle de Segovia con muchas otras, a saber: la Cava Baja, la calle del Nuncio, la calle de San Justo, la calle de la Pasa, la calle de Gómez de Mora y con las calles de Latoneros y de Cuchilleros. La plaza tiene una forma inusual, tanto que podría pensarse que hay dos plazas en lugar de una sola, y está caracterizada por la gran cruz de piedra que preside la parte oriental. El nombre de la plaza proviene de que la puerta que se hallaba en ese lugar tuvo que ser cerrada y permaneció así mucho tiempo debido a los numerosos robos que se producían y a la inseguridad del lugar.

En uno de los edificios de la plaza hay un trampantojo que simula una enredadera y justo en el edificio colindante está escrito el lema de la ciudad de Madrid: “Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son”, que indica que Madrid fue fundada por los musulmanes en un terreno con muchos arroyos y que sus murallas, hechas de pedernal por ser la piedra más abundante en la zona, soltaban chispas cuando algo las golpeaba, de manera que parecían expeler fuego.

La calle de Segovia (al fondo) desde la Plaza de Puerta Cerrada – ©JMPhotographia

En la parte occidental de la plaza y en dirección sur está la calle del Nuncio, calle que pronto hace un giro hacia el suroeste. Siguiendo por esa calle está el Arzobispado Castrense de Madrid y un poquito más adelante la Iglesia de San Pedro el Viejo, que fue llamada primeramente San Pedro el Real.

Iglesia de San Pedro el Viejo – ©JMPhotographia

Lo más destacado de esta iglesia, además de su antigüedad, -no en vano es una de las iglesias más antiguas de Madrid-, es su impresionante torre mudéjar.

La iglesia mudéjar data del siglo XIV, -antes hubo otro edificio con el mismo nombre-, pero su aspecto quedó bastante modificado tras una reforma que se produjo tres siglos más tarde.

Curiosamente tiene cierta relación con la Iglesia de la Paloma, ya que perdió en favor de aquella su antigua condición de parroquia. Pero no terminan aquí las relaciones entre las dos iglesias, ya que la Iglesia de la Paloma le robó a esta también el nombre, pues pasó a llamarse Iglesia de San Pedro el Real, y para evitar confusiones -algo que nunca sucedería, ya que la Iglesia de la Paloma iba a ser conocida por este nombre y no por el oficial-, esta antigua iglesia de Madrid recibió el nombre por el que hoy es conocida: Iglesia de San Pedro el Viejo.

Para los que sois devotos de las imágenes, hay que decir que en San Pedro el Viejo se guarda la imagen de Jesús el Pobre, famosa talla que se saca en procesión el Jueves Santo.

Girando a la izquierda está la Costanilla de San Pedro y en esa dirección es una cuesta hacia arriba que conduce, otra vez, hacia la Plaza de San Andrés y la Plaza de los Carros. Cruzando esta última plaza y girando a la derecha por la esquina de la Real Iglesia de San Andrés Apostol o Capilla de San Isidro nos encontramos con otra Costanilla, en este caso la de San Andrés, que nos mete de lleno en otra plaza, la Plaza de la Paja. Antes de llegar a la plaza a nuestra izquierda encontramos la calle de los Mancebos, donde podemos ver uno de los pocos restos que quedan de la muralla cristiana.

La famosa Plaza de la Paja fue, en los siglos XIII y XIV la plaza mayor de Madrid, ya que se convirtió en un mercado principal de la ciudad en torno a la cual los familias más nobles de Madrid constriyeron sus mansiones y palacios, para muestra de los cuales todavía queda en pie el Palacio de los Vargas. Su característica principal podría ser que es una plaza de forma irregular, pero en realidad, lo más característico del lugar es que está en declive y aunque la inclinación no es muy fuerte, tuvo que adoptarse la solución de usar bordillos de granito y usar tierra prensada en lugar de losas o piedra.

Plaza de la Paja: Capilla del Obispo al frente y Palacio de los Vargas a la izquierda – ©JMPhotographia

Los edificios más importantes que podemos ver hoy son el ya mencionado Palacio de los Vargas y la llamada Capilla del Obispo. Esta capilla se llama oficialmente Capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán, y forma parte de la colindante Real Iglesia de San Andrés Apostol, lugar donde reposan los restos de San Isidro. El Palacio de los Vargas, por su parte, tiene una fachada idéntica a la de la Capilla del Obispo desde que el edificio fue reformado en 1921. La familia Vargas fue una familia importante en los primeros años de la ciudad, y también es conocida por haber trabajado el propio San Isidro para uno de sus miembros.

Siguiendo adelante por la plaza se llega al Jardín del Príncipe de Anglona, un raro ejemplo de un jardín de una casa noble del siglo XVIII. Este jardín está adosado al lateral del palacio que lleva el mismo nombre y actualmente está gestionado por el Ayuntamiento de Madrid, que lo adecentó a finales del siglo XX tras décadas de incuria y abandono.

Plaza del Alamillo – ©JMPhotographia

Enfrente de este jardín se encuentran las calles del Toro y del Alamillo que conducen a la Plaza del Alamillo, introduciéndonos en pleno barrio de la Morería. Según una leyenda, en esta plaza el Cid alanceó un toro para celebrar la conquista de la ciudad de Toledo -curiosa celebración, por cierto- y es por este hecho que la calle por la que accedí a esta plaza recibe el nombre de calle del Toro. La sensación que siempre tengo al visitar esta plaza es la de estar en un lugar aíslado, lejos de todo bullicio y tránsito de vehículos.

En ese momento volví hacia el Jardín del Príncipe de Anglona por la calle del Alamillo y girando a la izquierda y cruzando la calle de Segovia llegué a la Plaza de la Cruz Verde. Hoy en día ya no está presente la gran cruz pintada de verde que presidía el lugar, debido a que allí la Inquisición hacía sus cosas.

Plaza de la Cruz Verde – ©JMPhotographia

De la plaza sale la serpenteante calle de la Villa que franquea por un lado el Consejo de Estado y por el otro la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas y desde este último punto la calle Sacramento y su continuación, la calle de San Justo, vuelven a la Plaza de Puerta Cerrada. En la calle Sacramento, en dirección al sureste nos encontramos en la izquierda con la calle Madrid que da acceso mediante un arco a la Plaza de la Villa y en la derecha con la Plaza del Cordón. Al principio de la calle de San Justo tenemos la Basílica de San Miguel y al lado de la basílica está el Pasadizo del Panecillo, aunque está cerrado con una verja.

Desde la basílica me dirigí al norte por la calle de Puñonrostro, pasando la Plaza del Conde de Miranda y prosiguiendo por la famosa calle del Codo hasta la Plaza de la Villa.

Plaza de la Villa desde la Calle Mayor (a la izquierda la Casa y Torre de los Lujanes, a la derecha la Casa de la Villa, al fondo la Casa de Cisneros – ©JMPhotographia

A esta plaza, que antes recibía el nombre de San Salvador, dan las fachadas de tres palacios muy relevantes que datan de diferentes siglos:

  • La fachada meridional corresponde a la Casa de Cisneros, del siglo XVI, que curiosamente no fue en primera instancia su fachada principal, sino la fachada contraria que da cara a la calle Sacramento.
  • La fachada occidental corresponde a la Casa y Torre de los Lujanes, del siglo XV, -aunque torre y casa fueron construidas en diferentes momentos de aquel siglo-, y es un conjunto arquitectónico famoso por un hecho que quizá no llegó a producirse, pero que según algunos autores se produjo: estamos hablando del cautiverio de Francisco I, rey de Francia, hecho prisionero en la batalla de Pavía. La torre fue también utilizada para instalar el telégrafo óptico, un breve sistema de comunicación que se vio traspasado enseguida por el telégrafo eléctrico.
  • La fachada oriental corresponde a la Casa de la Villa que, como su nombre indica, fue la sede del ayuntamiento de la ciudad desde 1693 hasta 2007, año en que fue trasladada al Palacio de Comunicaciones de la Plaza de Cibeles, momento desde el cual este edificio quedó destinado para ser sede del Pleno Municipal y para la realización de recepciones y otros actos solemnes.

En el centro -o casi- de la plaza se sitúa la estatua a don Álvaro de Bazán, obra de Mariano Benlluire.

Dejando la Plaza de la Villa por la Calle Mayor en dirección al este o Puerta del Sol encontramos la Farmacia de la Reina Madre, el comercio más antiguo de Madrid, fundado en 1578 por un alquimista veneciano. En época de Felipe V se convirtió en la suministradora oficial de medicinas de la familia real por el recelo a los medicamentos del Alcazar de Madrid: cosas de complots y conspiraciones palaciegas.

Pasada la farmacia, a la derecha aparece la Plaza de San Miguel y al fondo el Mercado de San Miguel. Este mercado conserva su prístina estructura de hierro de principios del siglo XX. Muchos años antes de ser un mercado cerrado, el lugar estuvo ocupado por un mercado al aire libre y antes de eso por una iglesia, la de San Miguel, que fue derribada para construir la plaza por un personaje de la historia de España y de la ciudad del que hablaré un poco después.

Interior del Mercado de San Miguel – ©JMPhotographia

En la actualidad es un lugar gastronómico que, personalmente, me recordó a otro mercado situado a muchos kilómetros -o millas- de allí: el Reading Terminal Market de Filadelfia, aunque aquí en Madrid no creo que se pueda degustar un delicioso Philly Cheesesteak tan fácilmente como allí.

Saliendo del Mercado y frente a la plaza está la calle de los Milaneses, una calle corta que lleva a la calle de Santiago a la izquierda y a la Costanilla de Santiago a la derecha. Atravesando la primera se llega primero a la Plaza de Santiago y después a la Plaza de Ramales. Sin embargo, antes de visitar esta última, era visita obligada conocer la iglesia que muchos consideran la más antigua de la ciudad, la Iglesia de San Nicolás, probablemente del siglo XII; y la cercana Plaza del Biombo.

La Plaza de Ramales es conocida, sobre todo, por ser el lugar donde se enterró al pintor Diego de Velázquez, obviamente antes de que sus restos se perdieran, y concretamente en una iglesia que fue derribada para configurar la propia plaza. Debe su nombre a una batalla de las Guerras Carlistas producida en el pueblo cántabro de Ramales de la Victoria en 1839. Antes de recibir ese nombre se llamaba Plaza de San Juan por la Iglesia de San Juan que allí se erigió en el siglo XII y que fue derribada para configurar la plaza tan como la conocemos hoy en día.

Plaza de Ramales – ©JMPhotographia

La plaza tiene su origen en época de José Bonaparte, “el rey plazuelas” o “Pepe Plazuelas”, quien obtuvo ese nombre por la cantidad de derribos de edificios que llevó a término en su corto reinado para la construcción, por ejemplo, de plazas como la de Santa Ana, del Carmen, del Rey, de los Mostenses, de San Ildefonso y de San Martín. José Bonaparte, un rey vilipendiado por el pueblo español desde el primer momento, es más conocido por el sobrenombre de “Pepe Botella”, si bien en la realidad parece que era abstemio y que su gran pasión no era el liquido de Baco sino los montes de Venus.

Continué mi camino por la calle de la Amnistia hacia el este y después giré a la izquierda por la calle de la Independencia que va a caer directamente a la fachada de Teatro Real y a la Plaza de Isabel II, que es el nombre oficial de la plaza que todos los madrileños conocen como la Plaza de Ópera.

La plaza, tal como la conocemos ahora, data del siglo XIX, siendo antes un lugar destinado a formar parte de las defensas de la ciudad por estar aledaño a un barranco junto al límite de la muralla cristiana. En el espacio estaban los llamados “Caños del Peral“, un conjunto de manaderos o lavaderos que desaparecieron con la reforma de la plaza en el siglo XIX. La reforma consistió en el relleno de la hondonada para aplanar el lugar y la construcción del  Teatro Real, construido en 1850. La obra se coronó con la colocación de una estatua de Isabel II en el centro de la plaza, la cual ha recibido diversos nombres a los largo de la historia: Caños del Peral, Fuente del Arrabal, Plaza de Prim, Plaza del Barranco y el actual nombre de Plaza de Isabel II, aunque poca gente usa este nombre en beneficio del de Plaza de Ópera.


 

En la tercera y última parte visitaré la Plaza de Oriente y todo lo que hay al norte de ésta, incluyendo el Monasterio de la Encarnación, la Plaza de la Marina Española y el Senado, y terminaré visitando el Palacio Real y la Catedral de la Almudena.

Todas las fotografias -son unas cuantas- de la segunda parte del recorrido por el barrio de Palacio:

Real Academia de Ingeniería - ©JMPhotographia

 

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[Cap. 1] Conociendo mi ciudad: Barrio de Palacio (Centro) 1ª parte

Comienza aquí y ahora mismo el proyecto fotográfico “Conociendo mi ciudad” con el que iré recorriendo pacientemente todos y cada uno de los barrios de Madrid contenidos en todos y cada uno de los distritos de la ciudad empezando por el primero, el distrito de Centro; y terminando por el vigesimo primero, el distrito de Barajas.

El barrio de Palacio es el barrio más grande del distrito de Centro. Contiene unos 22 mil habitantes con una densidad de casi 155 habitantes por kilómetro cuadrado. Se trata de la parte más antigua de la ciudad, conocida como “El Madrid de los Austrias”. Contiene edificios emblemáticos como el Palacio Real o el Teatro Real, lugares castizos como las Cavas, la antigua Morería y la famosa Plaza de la Villa.

Comencé mi recorrido en metro, haciendo un viaje desde la estación de Chamartín hasta la estación de Príncipe Pío, curiosamente dos estaciones de metro inscritas en estaciones ferroviarias y muy relacionadas entre sí. La estación de Príncipe Pío pertenece barrio de Casa de Campo, en el distrito de Moncloa-Aravaca, por lo que hablaré sobre ella, -al igual que sobre la Glorieta de San Vicente-, en otro momento. En este caso sólo fue el punto de partida de mi andadura por el barrio de Palacio.

Vista del Palacio Real desde la entrada a los jardines

El primer punto marcado para la visita eran los Jardines del Campo del Moro. Se trata de un lugar de Madrid que nunca antes había visitado; es más, pensaba que era algo así como un lugar privado o que al menos costaba dinero su entrada. Nada más lejos de la realidad, la entrada a los Jardines del Campo del Moro es gratuita y sólo se puede hacer por la puerta del Paseo de la Virgen de Puerto.

El nombre de este lugar procede del siglo XIX, cuando los promotores de la obra recurrieron a un hecho histórico para nombrarla.

El “moro” en cuestión es Alí Ben Yusuf, caudillo moro que tras la muerte de Alfonso VI hizo un intento de reconquistar la ciudad y para tal fin, con el objetivo de tomar el antiguo Alcázar de Madrid, que ocupaba el sitio en el que hoy se alza el Palacio Real, acampó en los terrenos de los que estamos hablando. Corría el año 1109.

El campo que estaba entre el Real Alcázar y el río Manzanares siempre fue un terreno difícil, con un gran desnivel y siempre estuvo en los planes de los reyes su transformación o urbanización, pero varios proyectos no pudieron llevarse a cabo por estas dificultades y por la escasez de dinero. Felipe IV, que lo usaba como coto de caza, fue el primero que comenzó a cambiar su aspecto al ordenar la plantación de un buen número de olmos.

Pero fue el arquitecto Juan de Villanueva quien llevó a término un diseño que conectada por debajo el Real Alcazar con la la Casa de Campo con un pasadizo subterráneo sobre el cual se construyeron los jardines. Medio siglo más tarde el diseño de los jardines fue completado por Narciso Pascual y Colomer, arquitecto mayor de palacio. El nuevo diseño consistía en una avenida peatonal que unía la fachada oriental del ya construido Palacio Real con el Paseo del Puerto con dos fuentes, una traída de Boadilla del Monte y otra desde el Real Sitio de Aranjuez. Para salvar el enorme desnivel existente en esa zona se usaron los escombros procedentes de la remodelación de la Puerta del Sol.

Fuente de las Conchas, diseñada por Ventura Rodriguez – ©JMPhotographia.

En mi cabeza tenía la idea de que por allí se paseaban libremente los pavos reales del mismo modo que sucede en el Jardín del Príncipe de Aranjuez. La verdad es que los vi de casualidad, llevado por mi curiosidad sobre las cosas, cerca de lo que se llama el Chalé del Corcho, en unas jaulas edificadas para ellos, aunque algunos estaban placidamente acomodados encima de la propia jaula, en libertad.

En líneas generales, creo que los jardines del Campo del Moro no están precisamente en un período de mucho lustre. Se trata de unos jardines muy plácidos, poco concurridos y muy tranquilos y agradables para pasear, pero el Chalé del Corcho y el Chalecito de la Reina los encontré cerrados y en estado semi-ruinoso. Sin embargo, es obvio que es una visita obligada de Madrid y que he tardado demasiado tiempo en visitar, como tantos otros lugares de mi ciudad.

Restos de la muralla árabe junto a la Catedral de la Almudena – ©JMPhotographia.

Tras dejar atrás estos jardines, -usando la misma puerta por la que los conocí-, me dirigí por el Paseo de la Virgen del Puerto hasta la Ermita de la Virgen del Puerto. Desde allí continué por el paseo hasta llegar a la calle Segovia y al Puente de Segovia, y giré a la izquierda para atravesar el parque de Atenas y subir la Cuesta de la Vega en dirección a la calle Bailén y su viaducto.

Por allí están los restos de la muralla árabe de Madrid, en lo que hoy en día es el Parque Emir Mohamed.

El siguiente punto del recorrido, pasado el Viaducto, eran los Jardines de las Vistillas. Estos jardines son el realidad dos plazas bien diferenciadas -o una plaza en dos partes, si se prefiere-, situados en un entorno elevado sobre el antiguo cerro del Campo de las Vistillas. Su nombre, como se puede adivinar, indica la bonanza de las vistas sobre la parte oeste de la ciudad que ofrecen.

Las dos plazas reciben los nombres de Plaza de Gabriel Miró y Parque de la Cornisa, llamado así por estar al borde del barranco.

La calle de San Buenaventura une Las Vistillas con la Real Basílica de San Francisco el Grande. Este templo destaca por su cúpula, la tercera más grande de todas las iglesias cristianas, y también por su pinacoteca, que incluye pintores como Goya o Zurbarán. Fue edificado sobre un convento franciscano que, según una leyenda, fue fundado por San Francisco de Asís en el siglo XIII. En 1706 los franciscanos decidieron derribar la ermita para construir un templo más grande.  En 1836 los propios franciscanos fueron expulsados del templo por la Desamortización de Mendizábal, pasando el templo a titularidad del Estado.  Años más tarde se consideró convertirlo en lugar de descanso de personajes ilustres, llegando a llevarse allí los cuerpos de Calderón de la Barca, Quevedo, Garcilaso o de El Gran Capitán, aunque más tarde los cuerpos fueron devueltos a sus lugares de origen y se recuperó el culto religioso. En 1962 fue nombrada por el papa Juan XXIII basílica menor.

Real Basílica de San Francisco el Grande, la tercera cúpula en tamaño de la Cristiandad – ©JMPhotographia.

Bajando por la Gran Vía de San Francisco hacia el sur y girando a la derecha para llegar a la Ronda de Segovia llegué a la llamada Cerca de Felipe IV. Esta cerca, usada para usos administrativos y de control de entradas y salidas y no como construcción defensiva, substituyó a la más antigua Cerca de Felipe II que en tiempos de Felipe IV, nieto de éste, ya se había quedado pequeña. Como cerca que era, con toda lógica, rodeaba la ciudad, aunque hoy sólo puede verse un pequeño fragmento en la Ronda de Segovia, cerca (jajaja) de la Puerta de Toledo.

Puerta de Toledo – ©JMPhotographia.

La Puerta de Toledo formaba parte de la Cerca de Felipe IV, y curiosamente, la que hoy podemos ver, es la cuarta Puerta de Toledo que existe en Madrid, ya que hubo tres anteriores situadas en lugares más interiores sobre el antiguo camino que iba hasta Toledo. La actual data del siglo XIX, erigida en honor de Fernando VII a modo de arco triunfal para conmemorar la victoria final contra los franceses en la Guerra de la Independencia.

Iglesia de la Paloma – ©JMPhotographia

Para finalizar esta primera parte del recorrido sobre este barrio de Palacio, -tendrá 3-, tomé la calle de la Paloma hasta la Plaza de la Paloma, donde se sitúa la Iglesia de la Paloma.

Habría que comenzar por decir que la iglesia no se llama así, sino Iglesia de la Parroquia de San Pedro el Real. El nombre por el que es conocida esta iglesia es un nombre popular. Dentro de ella se encuentra el cuadro “Nuestra señora de la Soledad“, conocido como “Virgen de la Paloma”.

Según una tradición, el cuadro en cuestión fue hallado por unos niños que jugaban en un corral situado en la calle de la Paloma y entregado a una vecina, llamada Isabel Tintero, que lo limpió y decidió enmarcarlo y exhibirlo en el portal de su casa. A partir de ahí el cuadro comenzó a ser venerado por los vecinos de la zona y luego por toda la ciudad, incluidos miembros de la realeza.

La calle recibió el nombre de calle de la Paloma por otra leyenda que decía que una paloma se había críado allí mismo y que voló sobre la Virgen de las Maravillas cuando la trasladaron al convento de la calle de la Palma.

En 1796 se decidió erigir una pequeña capilla para albergar el cuadro, y esa pequeña capilla fue el germen de la actual iglesia, construida justo 100 años después, en 1896. La nueva iglesia es de estilo neomudéjar con elementos neogóticos, y curiosamente fue inaugurada el día de mi cumpleaños, concretamente el 23 de marzo de 1912.

 


En la segunda parte seguiré mi recorrido por el barrio de Palacio de Madrid. Subiremos hacia el norte para visitar lugares tan castizos como las plazas de los Carros y de la Paja, las Cavas Alta y Baja, el Mercado de San Miguel, las plazas de Puerta Cerrada y de la Cruz Verde, y también la Plaza de la Villa, donde se asentó durante tantos años el ayuntamiento de la ciudad; y terminaremos en la Plaza de Isabel II o de Ópera.


Todas las fotos de esta primera parte del recorrido del barrio de Palacio:

Jardines del Campo del Moro - ©JMPhotographia

Todos los días una nueva foto en color del proyecto en Instagram. JMPhotographia en las redes sociales:

 

 

Conociendo mi ciudad

Lo voy a decir sin tapujos: Tengo 38 años y no puedo decir que conozca mi ciudad, el lugar donde nací y donde he vivido toda mi vida. No es que no haya salido del barrio de Castilla, pero se puede decir que mi conocimiento de mi propia ciudad es bastante limitado.

Por suerte tengo una cámara y ganas de hacer que las cosas cambien. Voy a dedicar tiempo a hacer fotografías de Madrid. Preparando el proyecto me he dado cuenta de que Madrid es una ciudad inmensa. Entendedme bien, no es una ciudad inmensa sino una inmensa ciudad, no es una ciudad grande sino una gran ciudad, llena de cosas maravillosas, de historia, de rincones, de restaurantes, de arquitectura y de gente.

Y me apetece fotografiarla en blanco y negro, en detalle, visitando los sitios que todo el mundo conoce pero también los pequeños rincones poco transitados que permanecen semiocultos esperando que alguien los descubra, o quizá no.

Una de las naves del Matadero – ©JMPhotographia

Y voy a empezar fuerte: Distrito Centro, Barrio de Palacio; y después seguiré con determinación con los otros cuatro barrios del distrito Centro: Embajadores, Cortes, Justicia, Universidad y Sol. Luego pasaré al distrito de Arganzuela, barrio a barrio, y posteriormente al distrito número 3, que fotografíaré barrio a barrio también. Así hasta los 21 distritos con sus consiguientes barrios que tiene la ciudad de Madrid.

No tengo ni idea de cuándo terminaré este proyecto, pero lo que si sé es que cuando lo haga no seré el mismo fotógrafo. Eso es seguro. Seré mejor fotógrafo, sabré más de mi ciudad, y habré pasado mi tiempo haciendo las tres cosas que más me gustan: fotografiar, aprender y caminar.

Una barca cualquiera en el Entanque del Retiro – ©JMPhotographia

Después ya pensaré qué siguiente aventura acometer. Pero mientras tanto voy a intentar divertirme y aprender. Y coger mucho el Metro y el Cercanías. Y si llevo trípode tendré que esconderlo de la policía, porque si, en Madrid si llevas trípode puedes ser multado. No todo puede ser perfecto.

Madrid tiene 21 distritos, y esos 21 distritos contienen 128 barrios. Visitaré lugares atestados de gente y páramos desolados, bajaré a las catacumbas y subiré a los cielos y en el camino me iré haciendo mejor. Los fines de semana, siempre que pueda, voy a andar mucho.

Zona de AZCA – ©JMPhotographia

Deseadme suerte, pero deseadme mejor constancia y paciencia, por si alguna vez me flaquean las fuerzas o me resisto a levantarme después de sonar el despertador. Bueno… el caso es que… allá vamos.

1.Distrito Centro; 11.Barrio de Palacio

¡¡Feliz Año 2018 a todos!!

Un paseo por el centro de Madrid

Me gusta el centro de Madrid, pero no me gusta el tráfico y coincidir con tanta gente. Este martes tuve la oportunidad de bajar al centro -yo vivo en el norte- con mi padre en autobús para hacer unas compras navideñas. Cogimos el 147 en Plaza de Castilla y nos bajamos en Jacometrezo, al final del trayecto, junto a la plaza de Callao.

Calle Preciados – ©JMPhotographia

Callao estaba repleta, no de gente pasando por allí, sino de gente congregada por algún motivo -luego supimos que había un acto de la alcaldesa- frente a los Cines Callao. La plaza de Callao es el Times Square madrileño, no llega a tanto, pero es lo más parecido que tenemos en Madrid a un sitio donde el neón, el led y el capitalismo van de la mano en pro del consumismo.

La calle Preciados nos conduciría a Sol. No estaba operativa la famosa y muy actual unidireccionalidad de la calle, ya que esa controvertida medida se activa únicamente sábados y domingos, según tengo entendido.

Como siempre, en esta calle, a uno le asalta una legión de jovencitos papel y boli en mano para que firmes y dones dinero a alguna causa benéfica. Siempre hay gente merodeando los escaparates y yendo de un lado para otro -repito que no pude experimentar eso de ir todos en la misma dirección, pero a buen seguro que es algo cómodo y satisfactorio-, aglomeraciones en la puerta de El Corte Inglés y gente al fondo, ya en la Puerta del Sol.

Allí teníamos la misión de comprar lotería de Navidad y, como era previsible, nos encontramos con colas en todos los puestos de venta oficiales. Hay que decir que no era algo excesivo, al contrario de lo que habíamos podido ver en Preciados al pasar a la altura de Doña Manolita: una auténtica locura que sólo he visto igual en alguna famosa pizzería de Napoles.

Árbol de Navidad de Sol – ©JMPhotographia

La Puerta del Sol también es un poco Times Square, o eso al menos diría mi hermano Patxi al ver la cada vez mayor cantidad de personas vestidas de superhéroes, de soldados de asalto imperiales de la Guerra de las Galaxias o de personajes de los Simpsons. Tras superar la cola y comprar los décimos de lotería, pusimos rumbo a la calle Mayor, concretamente a una tienda de carteras, cinturones y maletas donde mi padre quería comprar precisamente unas carteras de Protección Civil, especialmente preparadas para el carnet y la placa y todo lo que se necesita.

La tienda se llama Mayorpiel, tiene dos plantas y un personal que te atiende presta y exquisitamente, y perfectamente uniformado. Los productos de cuero de buena calidad son caros, pero merecen la pena. Los productos chinos sólo superan a los buenos productos en el precio de adquisición.

Calle Mayor, calle Esparteros y calle de Postas – ©JMPhotographia

Tras dejar la tienda nos dirigimos a la Plaza Mayor en busca de una tienda de sombreros. Si, mi padre quiere un sombrero para la cabeza, muy original su uso. Cruzamos la calle Mayor y tomamos la calle de Postas hasta llegar a la calle de la Sal, donde se abre uno de los famosos arcos que van a dar a la Plaza Mayor.

La tienda de sombreros se encontraba precisamente en la esquina que estaba más cerca de nuestro punto de entrada a la plaza. La tienda resultó ser carísima, con sombreros que iban desde los 80 hasta los 150 euros -entre los que vi, no descarto que los hubiera otros todavía más caros- y también tenía varios pisos y personal especialmente preparado para el trato con el cliente.

En un principio yo me dirigí cámara en mano a reconocer la plaza y sus famosos puestos navideños. Lo primero que advertí fue que había una abundante presencia policial, algunos de estos policías portaban voluminosas armas de repetición. Este año no vi la decoración de cubos de años anteriores, y no reparé en la instalación de ningún tiovivo, aunque no puedo asegurar que no estuviera allí, ya que mis movimientos por la plaza fueron algo limitados.

Arco de entrada a la Plaza Mayor en la calle de la Sal – ©JMPhotographia

Tras mi pequeño paseo reconocí la tienda de sombreros y no pude encontrar a mi padre en ninguna de las dos plantas que tuve a bien revisar. Salí a la puerta de la tienda y allí me encontré enseguida con él. Evidentemente, con esos precios, llevaría la cabeza despejada, y yo pensé inmediatamente en la nave industrial que tienen los chinos en Rivas, allí habrá algún sombrero de invierno que le guste.

Volvimos a la calle Mayor en busca de tiendas donde vendieran material del ejército o similar, ya que buscábamos una insignia de Protección Civil para una de las carteras afines que habíamos comprado. Tampoco tuvimos éxito en esta tarea, por lo que decidimos dirigirnos de nuevo rumbo a la puerta del Sol para subir por la calle Montera, por si allí pudiéramos encontrar sombreros o insignias.

Fundación Telefónica – ©JMPhotographia

Ni una cosa ni otra. Llegamos a la Gran Vía y nos topamos, como es normal siguiendo esa ruta, con el edificio de la Fundación Telefónica.

Nuestra siguiente parada era exactamente eso: la parada del autobús. Volvimos por Gran Vía hasta Callao y la calle Jacometrezo. Allí nos esperaba el 147. Llegamos, como casi siempre en estos casos, con una premisa: si hay sitios para sentarse lo cogemos; si está lleno nos esperamos al siguiente.

Había sitios.

Y así terminó nuestro breve viaje relámpago por el centro de Madrid. Aquí os dejo alguna foto más que no he podido incluir en el texto. Madrid siempre se disfruta, de una forma o de otra. Por lo menos esta vez ningún travestí me ha ofrecido sus servicios sexuales. Supongo que eso debe ser costumbre más de por la noche.

Edificio Carrión con el famoso neón de Schweppes – ©JMPhotographia
Galería norte de la Plaza Mayor, junto a Casa Yustas, la tienda de sombreros – ©JMPhotographia
Fachada del edificio situado en la esquina de las calle Postas y San Cristobal – ©JMPhotographia
Farola-banco de la Plaza Mayor, trufada de candados siguiendo modas italianas – ©JMPhotographia