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Feliz cumpleaños, amigo

Feliz cumpleaños, amigo. Coincidimos poco, pero vivimos grandes momentos. Algunas de las mejores noches de mi vida las pasé contigo. Ciertamente que no fueron muchas, pero seguro que suficientes.

El día que te conocí fue en la barrio de Salamanca, de noche, en un bar. Todavía estabas en ese momento. Recuerdo cristalinamente que me dijiste que yo sufría habituales dolores de espalda. Acertaste a medias. Me quedé extrañado, pero también me quedé hipnotizado. Recuerdo que aquella noche no la pasé muy bien. Carlos y tú no me hablabais, os pasasteis la noche cantando, me aburristeis muchísimo, hasta tal punto de sentirme solo. No entré en vuestro juego de vida, no entré en ese mundo especial. Y hoy seguro que lo haría, pero esa noche era demasiado pronto para mí: acababa de conocerte.

La segunda vez que te vi fue en la calle Alcalá, a la salida de un concierto de Enrique Bunbury en Las Ventas. Fui a buscaros a ti y a mi hermano al Rincón de Jaén. Recuerdo que allí hiciste una de las tuyas. Todavía estabas en ese momento.

La tercera vez que te vi fue una de las mejores noches de mi vida. Me sucedieron varias cosas. Lo primero que recuerdo al llegar a Fuenlabrada fue darme cuenta de que eras humano. Recuerdo como si fuera ayer cómo fue verte desde lejos, metido en el coche mientras intentaba aparcar. Eran las fiestas de Fuenlabrada y tuve que irme lejísimos para poder dejar el coche. Y descubrí que eras humano: aquel día te vi por primera vez la barriga que con tanta maestría escondías. Iba a ser una noche muy especial. Ibas a cantar con mi hermano. También estaba por ahí La Frontera, Tennessie y Amistades Peligrosas entre otros. Pero te vetaron, Manolo; no quisieron que cantaras con ellos. Te pagaron por no cantar. Nos dieron toda clase de razones peregrinas y justificaciones estrafalarias. Incluso nos rogaron que te sacáramos de ahí. Estabas bien, pero todavía estabas en ese momento

Así que fuimos a donde estaba mi coche y nos fuimos de Fuenlabrada. Nos echaron, Manolo, nos echaron. Nos invitaron a abandonar Fuenlabrada, como el sheriff a John Rambo cuando volvió de Vietnam, Manolo. Nos fuimos.

Carlos, tú y yo estuvimos cantando en mi coche todo el trayecto desde Fuenlabrada hasta Madrid. Cantamos, Manolo, cantamos juntos. Nos desgallitamos los tres dentro de mi coche mientras llegábamos a Madrid. Aquel momento me enseñó que no hace falta alcohol ni otra substancia para embriagarse. Nos emborrachamos de cantar, Manolo. Y creo que de vivir.

No terminamos ahí de vivir ni de cantar. Canté contigo a Antonio Vega sobre un escenario, ¡maldita sea¡ De nieve, huracán y abismos…

La cuarta vez que te vi tenías sueño. Fue de nuevo en un bar, y tú y yo tuvimos que mediar en una cuasi-pelea entre un hombre pequeñito llamado Tomi y mi hermano. Todavía estabas en ese momento.

La quinta y última vez que te vi era por la tarde. Creo que por aquel entonces ya empezabas a querer cambiar el chip. Si, creo que ya empezabas a rehuir a aquellos que te llevaban a los bares y a la noche. Creo que nos tomamos un café en el centro de la calle Juan Bravo.

Después de eso no volví a verte, Manolo. Escuché mucho de ti; a veces muy poco. La siguiente vez que me acerqué a ti ya no estabas entre nosotros, pero si vivo, completamente vivo. Cuando moriste me hiciste pensar mucho sobre la vida y la muerte. Me hiciste pensar mucho sobre el lugar en el que estarías exactamente. Me alegré al comprobar que no moriste solo, que se te quiso en vida, tras la vida… y que se te reconoció.

Hoy es tu cumpleaños. Todavía vives. Y seguirás viviendo cuando ninguno de nosotros lo haga. Me hubiera gustado mucho haber tenido la oportunidad de haberte conocido más, mejor y durante más tiempo… pero cambiaste tu momento. Apostaste por ti. No pude hacerte ninguna foto, yo tampoco estaba en ese momento.

Aquí hay muchos que te echamos de menos.

¡Feliz cumpleaños, Manolo!