[Cap. 2] Conociendo mi ciudad: Barrio de Palacio (Centro) 2ª parte

Habíamos dejado el recorrido por el barrio de Palacio en la Iglesia de la Paloma, muy cerca de la Puerta de Toledo. Continuemos, por tanto, la andadura desde ese punto y adentrémonos ya en las viejas y castizas calles del Madrid de los Austrias: el auténtico corazón de Madrid.

Siguiendo por la calle de la Paloma hacia el norte me encontré con la calle de Calatrava, giré hacia la izquierda por la misma hasta llegar a la siguiente calle, que es la calle del Águila. Tomé esta calle en dirección norte hasta llegar a un lugar en el que confluye esta calle con la calle del Ángel y la calle de las Aguas y donde termina (o comienza, según el sentido en el que uno camina) la calle de Tabernillas, que conduce hasta la desaparecida Puerta de Moros, junto a la actual Plaza de los Carros. Toda esta zona tiene una fuerte presencia en Fortunata y Jacinta, quizá la mejor novela de Benito Pérez Galdós.

Mi camino, no obstante, no fue por la calle de Tabernillas, sino por la calle de las Aguas y cruzando la Carrera de San Francisco hasta la calle de Don Pedro, donde uno se topa con la Real Academia de Ingeniería. A diferencia de lo que uno puede imaginarse por el edificio y por la zona en la que está situada, la Real Academia de Ingeniería es una institución muy joven, creada por real decreto en 1994 siguiendo la tradición de las Reales Academias ya existentes. El edificio en el que está es el Palacio del Marqués de Villafranca y Medina Sidonia, quien fue su primer morador.

Girando a la derecha por la calle de Don Pedro, en dirección al este, se llega a la Plaza de los Carros, la más grande y la más reconocible de cinco plazas que se encuentran muy cercanas: las otras cuatro son la Plaza de San Andrés, donde está el Museo de San Isidro; la Plaza del Humilladero, el lugar al que desembocan las dos Cavas, la ya mencionada Plaza de la Puerta de Moros; y finalmente la Plaza de la Cebada, donde se ubica el celebérrimo mercado del mismo nombre.

Plaza de los Carros – ©JMPhotographia

La Plaza de los Carros recibe su nombre por haber sido, casi hasta principios del siglo XX, un conocido punto de reunión del transporte en carretas y carros. En la plaza destaca la cúpula de la Real Iglesia de San Andrés Apostol, también llamada Capilla de San Isidro. Antes de esta magnífica iglesia se levantaba en el mismo lugar otra iglesia mucho más modesta donde acudían frecuentemente San Isidro y su mujer, Santa María de la Cabeza, y donde más tarde reposarían los restos del patrón de Madrid; y antes de ello, quizá, ocupara el lugar una mezquita.

En la Plaza de San Andrés está el moderno Museo de San Isidro, llamado también Museo de los Orígenes, donde se halla el pozo en el que, según la leyenda, San Isidro salvó a su propio hijo haciendo subir las aguas. El museo está dedicado a la historia de Madrid desde la prehistoria hasta el establecimiento de la corte en la ciudad.

Museo de San Isidro o de los Orígenes – ©JMPhotographia

La Plaza de la Cebada es poco reconocible, ya que en el plano de las calles de Madrid no es más que una calle, puesto que el espacio que realmente es la plaza no parece una plaza. De hecho, ese espacio está ocupado por el  mercado y por el llamado “Campo de la Cebada”. La plaza recibió ese nombre por ser el lugar en el que se separaban dos clases de cebada, por un lado la destinada para el consumo de los caballos del rey y, por otro, la que serviría de sustento a los regimientos de caballería. En la plaza se encuentra lo que fue en su tiempo uno de los mercados de abastos más grandes de la ciudad. En realidad, es el segundo mercado construido allí, ya que el primero, que era realmente un mercado “central”, se construyó en 1870, pero fue derribado por problemas higiénicos en 1956. El mercado actual data de dos años más tarde.

La Cava Alta – ©JMPhotographia

Subiendo por la calle de Toledo en dirección norte aparece la Cava Alta, que queda a nuestra izquierda. La Cava Alta es una calle en forma de L -más o menos-, que tras hacer el giro de 90 grados a la izquierda nos devuelve a la Plaza del Humilladero, lugar desde el que tomé en dirección opuesta la otra Cava, la Cava Baja, que conduce hacia el norte a la Plaza de Puerta Cerrada. Las dos Cavas reciben ese curioso nombre por ser antiguos túneles o pasadizos que transgredían los antiguos límites de la muralla cristiana comunicando la villa con los arrabales. En ella está un restaurante con mucha historia, Casa Lucio, y solía estar una espartería muy característica del Madrid antiguo que ha sido trasladada a la calle del Mediodía Grande.

La Cava Baja – ©JMPhotographia

La Plaza de Puerta Cerrada, como su nombre indica, era el emplazamiento de una de las puertas de la muralla cristiana. En ella confluye la calle de Segovia con muchas otras, a saber: la Cava Baja, la calle del Nuncio, la calle de San Justo, la calle de la Pasa, la calle de Gómez de Mora y con las calles de Latoneros y de Cuchilleros. La plaza tiene una forma inusual, tanto que podría pensarse que hay dos plazas en lugar de una sola, y está caracterizada por la gran cruz de piedra que preside la parte oriental. El nombre de la plaza proviene de que la puerta que se hallaba en ese lugar tuvo que ser cerrada y permaneció así mucho tiempo debido a los numerosos robos que se producían y a la inseguridad del lugar.

En uno de los edificios de la plaza hay un trampantojo que simula una enredadera y justo en el edificio colindante está escrito el lema de la ciudad de Madrid: “Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son”, que indica que Madrid fue fundada por los musulmanes en un terreno con muchos arroyos y que sus murallas, hechas de pedernal por ser la piedra más abundante en la zona, soltaban chispas cuando algo las golpeaba, de manera que parecían expeler fuego.

La calle de Segovia (al fondo) desde la Plaza de Puerta Cerrada – ©JMPhotographia

En la parte occidental de la plaza y en dirección sur está la calle del Nuncio, calle que pronto hace un giro hacia el suroeste. Siguiendo por esa calle está el Arzobispado Castrense de Madrid y un poquito más adelante la Iglesia de San Pedro el Viejo, que fue llamada primeramente San Pedro el Real.

Iglesia de San Pedro el Viejo – ©JMPhotographia

Lo más destacado de esta iglesia, además de su antigüedad, -no en vano es una de las iglesias más antiguas de Madrid-, es su impresionante torre mudéjar.

La iglesia mudéjar data del siglo XIV, -antes hubo otro edificio con el mismo nombre-, pero su aspecto quedó bastante modificado tras una reforma que se produjo tres siglos más tarde.

Curiosamente tiene cierta relación con la Iglesia de la Paloma, ya que perdió en favor de aquella su antigua condición de parroquia. Pero no terminan aquí las relaciones entre las dos iglesias, ya que la Iglesia de la Paloma le robó a esta también el nombre, pues pasó a llamarse Iglesia de San Pedro el Real, y para evitar confusiones -algo que nunca sucedería, ya que la Iglesia de la Paloma iba a ser conocida por este nombre y no por el oficial-, esta antigua iglesia de Madrid recibió el nombre por el que hoy es conocida: Iglesia de San Pedro el Viejo.

Para los que sois devotos de las imágenes, hay que decir que en San Pedro el Viejo se guarda la imagen de Jesús el Pobre, famosa talla que se saca en procesión el Jueves Santo.

Girando a la izquierda está la Costanilla de San Pedro y en esa dirección es una cuesta hacia arriba que conduce, otra vez, hacia la Plaza de San Andrés y la Plaza de los Carros. Cruzando esta última plaza y girando a la derecha por la esquina de la Real Iglesia de San Andrés Apostol o Capilla de San Isidro nos encontramos con otra Costanilla, en este caso la de San Andrés, que nos mete de lleno en otra plaza, la Plaza de la Paja. Antes de llegar a la plaza a nuestra izquierda encontramos la calle de los Mancebos, donde podemos ver uno de los pocos restos que quedan de la muralla cristiana.

La famosa Plaza de la Paja fue, en los siglos XIII y XIV la plaza mayor de Madrid, ya que se convirtió en un mercado principal de la ciudad en torno a la cual los familias más nobles de Madrid constriyeron sus mansiones y palacios, para muestra de los cuales todavía queda en pie el Palacio de los Vargas. Su característica principal podría ser que es una plaza de forma irregular, pero en realidad, lo más característico del lugar es que está en declive y aunque la inclinación no es muy fuerte, tuvo que adoptarse la solución de usar bordillos de granito y usar tierra prensada en lugar de losas o piedra.

Plaza de la Paja: Capilla del Obispo al frente y Palacio de los Vargas a la izquierda – ©JMPhotographia

Los edificios más importantes que podemos ver hoy son el ya mencionado Palacio de los Vargas y la llamada Capilla del Obispo. Esta capilla se llama oficialmente Capilla de Nuestra Señora y San Juan de Letrán, y forma parte de la colindante Real Iglesia de San Andrés Apostol, lugar donde reposan los restos de San Isidro. El Palacio de los Vargas, por su parte, tiene una fachada idéntica a la de la Capilla del Obispo desde que el edificio fue reformado en 1921. La familia Vargas fue una familia importante en los primeros años de la ciudad, y también es conocida por haber trabajado el propio San Isidro para uno de sus miembros.

Siguiendo adelante por la plaza se llega al Jardín del Príncipe de Anglona, un raro ejemplo de un jardín de una casa noble del siglo XVIII. Este jardín está adosado al lateral del palacio que lleva el mismo nombre y actualmente está gestionado por el Ayuntamiento de Madrid, que lo adecentó a finales del siglo XX tras décadas de incuria y abandono.

Plaza del Alamillo – ©JMPhotographia

Enfrente de este jardín se encuentran las calles del Toro y del Alamillo que conducen a la Plaza del Alamillo, introduciéndonos en pleno barrio de la Morería. Según una leyenda, en esta plaza el Cid alanceó un toro para celebrar la conquista de la ciudad de Toledo -curiosa celebración, por cierto- y es por este hecho que la calle por la que accedí a esta plaza recibe el nombre de calle del Toro. La sensación que siempre tengo al visitar esta plaza es la de estar en un lugar aíslado, lejos de todo bullicio y tránsito de vehículos.

En ese momento volví hacia el Jardín del Príncipe de Anglona por la calle del Alamillo y girando a la izquierda y cruzando la calle de Segovia llegué a la Plaza de la Cruz Verde. Hoy en día ya no está presente la gran cruz pintada de verde que presidía el lugar, debido a que allí la Inquisición hacía sus cosas.

Plaza de la Cruz Verde – ©JMPhotographia

De la plaza sale la serpenteante calle de la Villa que franquea por un lado el Consejo de Estado y por el otro la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas y desde este último punto la calle Sacramento y su continuación, la calle de San Justo, vuelven a la Plaza de Puerta Cerrada. En la calle Sacramento, en dirección al sureste nos encontramos en la izquierda con la calle Madrid que da acceso mediante un arco a la Plaza de la Villa y en la derecha con la Plaza del Cordón. Al principio de la calle de San Justo tenemos la Basílica de San Miguel y al lado de la basílica está el Pasadizo del Panecillo, aunque está cerrado con una verja.

Desde la basílica me dirigí al norte por la calle de Puñonrostro, pasando la Plaza del Conde de Miranda y prosiguiendo por la famosa calle del Codo hasta la Plaza de la Villa.

Plaza de la Villa desde la Calle Mayor (a la izquierda la Casa y Torre de los Lujanes, a la derecha la Casa de la Villa, al fondo la Casa de Cisneros – ©JMPhotographia

A esta plaza, que antes recibía el nombre de San Salvador, dan las fachadas de tres palacios muy relevantes que datan de diferentes siglos:

  • La fachada meridional corresponde a la Casa de Cisneros, del siglo XVI, que curiosamente no fue en primera instancia su fachada principal, sino la fachada contraria que da cara a la calle Sacramento.
  • La fachada occidental corresponde a la Casa y Torre de los Lujanes, del siglo XV, -aunque torre y casa fueron construidas en diferentes momentos de aquel siglo-, y es un conjunto arquitectónico famoso por un hecho que quizá no llegó a producirse, pero que según algunos autores se produjo: estamos hablando del cautiverio de Francisco I, rey de Francia, hecho prisionero en la batalla de Pavía. La torre fue también utilizada para instalar el telégrafo óptico, un breve sistema de comunicación que se vio traspasado enseguida por el telégrafo eléctrico.
  • La fachada oriental corresponde a la Casa de la Villa que, como su nombre indica, fue la sede del ayuntamiento de la ciudad desde 1693 hasta 2007, año en que fue trasladada al Palacio de Comunicaciones de la Plaza de Cibeles, momento desde el cual este edificio quedó destinado para ser sede del Pleno Municipal y para la realización de recepciones y otros actos solemnes.

En el centro -o casi- de la plaza se sitúa la estatua a don Álvaro de Bazán, obra de Mariano Benlluire.

Dejando la Plaza de la Villa por la Calle Mayor en dirección al este o Puerta del Sol encontramos la Farmacia de la Reina Madre, el comercio más antiguo de Madrid, fundado en 1578 por un alquimista veneciano. En época de Felipe V se convirtió en la suministradora oficial de medicinas de la familia real por el recelo a los medicamentos del Alcazar de Madrid: cosas de complots y conspiraciones palaciegas.

Pasada la farmacia, a la derecha aparece la Plaza de San Miguel y al fondo el Mercado de San Miguel. Este mercado conserva su prístina estructura de hierro de principios del siglo XX. Muchos años antes de ser un mercado cerrado, el lugar estuvo ocupado por un mercado al aire libre y antes de eso por una iglesia, la de San Miguel, que fue derribada para construir la plaza por un personaje de la historia de España y de la ciudad del que hablaré un poco después.

Interior del Mercado de San Miguel – ©JMPhotographia

En la actualidad es un lugar gastronómico que, personalmente, me recordó a otro mercado situado a muchos kilómetros -o millas- de allí: el Reading Terminal Market de Filadelfia, aunque aquí en Madrid no creo que se pueda degustar un delicioso Philly Cheesesteak tan fácilmente como allí.

Saliendo del Mercado y frente a la plaza está la calle de los Milaneses, una calle corta que lleva a la calle de Santiago a la izquierda y a la Costanilla de Santiago a la derecha. Atravesando la primera se llega primero a la Plaza de Santiago y después a la Plaza de Ramales. Sin embargo, antes de visitar esta última, era visita obligada conocer la iglesia que muchos consideran la más antigua de la ciudad, la Iglesia de San Nicolás, probablemente del siglo XII; y la cercana Plaza del Biombo.

La Plaza de Ramales es conocida, sobre todo, por ser el lugar donde se enterró al pintor Diego de Velázquez, obviamente antes de que sus restos se perdieran, y concretamente en una iglesia que fue derribada para configurar la propia plaza. Debe su nombre a una batalla de las Guerras Carlistas producida en el pueblo cántabro de Ramales de la Victoria en 1839. Antes de recibir ese nombre se llamaba Plaza de San Juan por la Iglesia de San Juan que allí se erigió en el siglo XII y que fue derribada para configurar la plaza tan como la conocemos hoy en día.

Plaza de Ramales – ©JMPhotographia

La plaza tiene su origen en época de José Bonaparte, “el rey plazuelas” o “Pepe Plazuelas”, quien obtuvo ese nombre por la cantidad de derribos de edificios que llevó a término en su corto reinado para la construcción, por ejemplo, de plazas como la de Santa Ana, del Carmen, del Rey, de los Mostenses, de San Ildefonso y de San Martín. José Bonaparte, un rey vilipendiado por el pueblo español desde el primer momento, es más conocido por el sobrenombre de “Pepe Botella”, si bien en la realidad parece que era abstemio y que su gran pasión no era el liquido de Baco sino los montes de Venus.

Continué mi camino por la calle de la Amnistia hacia el este y después giré a la izquierda por la calle de la Independencia que va a caer directamente a la fachada de Teatro Real y a la Plaza de Isabel II, que es el nombre oficial de la plaza que todos los madrileños conocen como la Plaza de Ópera.

La plaza, tal como la conocemos ahora, data del siglo XIX, siendo antes un lugar destinado a formar parte de las defensas de la ciudad por estar aledaño a un barranco junto al límite de la muralla cristiana. En el espacio estaban los llamados “Caños del Peral“, un conjunto de manaderos o lavaderos que desaparecieron con la reforma de la plaza en el siglo XIX. La reforma consistió en el relleno de la hondonada para aplanar el lugar y la construcción del  Teatro Real, construido en 1850. La obra se coronó con la colocación de una estatua de Isabel II en el centro de la plaza, la cual ha recibido diversos nombres a los largo de la historia: Caños del Peral, Fuente del Arrabal, Plaza de Prim, Plaza del Barranco y el actual nombre de Plaza de Isabel II, aunque poca gente usa este nombre en beneficio del de Plaza de Ópera.


 

En la tercera y última parte visitaré la Plaza de Oriente y todo lo que hay al norte de ésta, incluyendo el Monasterio de la Encarnación, la Plaza de la Marina Española y el Senado, y terminaré visitando el Palacio Real y la Catedral de la Almudena.

Todas las fotografias -son unas cuantas- de la segunda parte del recorrido por el barrio de Palacio:

Real Academia de Ingeniería - ©JMPhotographia

 

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